En la entrega anterior compartimos esa anécdota tan cotidiana de mi llamada con Yennimar, donde el reloj decía que estábamos en días distintos, pero la conciencia nos demostraba que habitábamos exactamente el mismo momento. Hoy quiero invitarte a dar un paso más en esta reflexión, con la sencillez de quien busca vivir en paz y menos prisa. 

A ese tiempo donde la mente conecta con la vida de forma plena y absoluta lo llamaremos Tiempo Coherente.

Mientras que el tiempo del reloj se basa en habituarnos al mundo físico para luego pensar, el tiempo coherente funciona al revés. Primero pensamos, primero creamos en el territorio de la mente, y luego habitamos (proyectar) el mundo material. El filósofo René Descartes decía: “Pienso, luego existo”. Pero me gusta profundizar un poco esa idea desde la humildad: pensar es existir, y solo después de existir, habitamos.

Casi todo lo que te rodea –la mesa donde comes, la ropa que llevas puesta o la decisión de preparar un café– nació primero como un pensamiento en la mente. Por eso, intentar medir el tiempo coherente con fórmulas matemáticas es imposible. Las matemáticas son acuerdos creados por nosotros para medir cosas físicas, pero no pueden medir la calidad de una emoción, una idea o la paz interior.

El tiempo del reloj sirve para calcular trayectos y velocidades, pero el tiempo coherente solo se siente en la calidad de nuestra presencia. En el tiempo coherente no hay llegadas tarde, no hay retrasos ni hay prisa. Todo sucede aquí y ahora, en la maravilla de este instante que estamos compartiendo.

Si miramos a nuestro alrededor con honestidad, nos daremos cuenta de que la mayor parte de la tristeza y la ansiedad de nuestra época nacen de buscar la plenitud en el lugar equivocado. Nos enseñaron a buscar la felicidad en el hacer y en el tener, en comprar cosas, en acumular logros, en correr sin parar. Nos convencieron de que seremos felices “cuando tengamos tal cosa” o “cuando llegue determinado día”. Y así, convertimos la alegría de vivir en una promesa futura que nunca termina de llegar.

El tiempo coherente nos devuelve los pies a la tierra. Nos recuerda de forma muy simple que no tenemos otro momento para estar verdaderamente vivos que este preciso ahora. Cuando dejamos de pelear con el reloj y nos dedicamos a estar presentes de verdad, la angustia se evapora. Las niñas, los niños y los adultos mayores lo saben intuir de forma natural. La vida no es la cantidad de horas que llenas en una agenda, sino el amor y la atención que le pones al instante que estás viviendo.

No se trata de romper el reloj ni de ignorar nuestras responsabilidades en el mundo. Necesitamos el tiempo relativo como una herramienta practica para organizar nuestro trabajo, quedar a una hora y convivir en sociedad. Pero no podemos permitir que el reloj se adueñe de nuestra alma. El reloj debe ser nuestro servidor para ordenar el día, nunca nuestro dueño.

Al final, la enseñanza es maravillosamente sencilla: no somos víctimas del tiempo que pasa; somos la vida misma experimentándose en cada segundo. Cuando soltamos la prisa y nos regalamos la oportunidad de respirar y mirar al otro con empatía, descubrimos que la verdad ya estaba dentro de nosotros. Y habitar esa verdad, sencillamente aquí y ahora, es la forma más pura de ser libres.    

P. D.: Si te ha gustado este breve contenido, te invito a leer mi anterior manifiesto para que vayas creando una idea precisa en tu imaginación:

VII Manifiesto: El tiempo coherente (parte I). 

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