
El Día de las Escritoras existe porque la historia de la literatura nos ha llegado incompleta. Durante siglos, muchas mujeres encontraron obstáculos para estudiar, publicar, firmar sus obras y conseguir que estas se conservaran y se leyeran. Otras conocieron el éxito y, aun así, fueron perdiendo espacio en los relatos que las generaciones siguientes recibieron como herencia. Recordarlas exige preguntarnos quién decidió qué nombres merecían permanecer.
La celebración nació en España en 2016, impulsada por la Biblioteca Nacional de España, FEDEPE y la asociación Clásicas y Modernas. Su propósito es recuperar el legado literario de las mujeres y dar visibilidad a sus aportaciones. Octubre remite a Teresa de Jesús, cuya festividad se celebra el día 15. Este año, la undécima edición se celebrará el 19 de octubre, rendirá homenaje al Lyceum Club Femenino y reivindicará la amistad entre mujeres como espacio de libertad.
Hay muchas maneras de dificultar que una mujer escriba. Algunas empiezan mucho antes de que alcance una editorial: impedirle formarse, hacer depender su subsistencia de otra persona o considerar que todo su tiempo pertenece a los demás. Cuando esas condiciones se repiten durante generaciones, la desigualdad acaba disfrazada de estadística y alguien pregunta, con aparente inocencia, dónde estaban las escritoras.
En el siglo XV, Teresa de Cartagena tuvo que defender su capacidad de escribir ante las dudas suscitadas por su obra. En el XVII, María de Zayas denunció la desigual educación que recibían hombres y mujeres. Sus textos permiten reconocer un problema que viene de lejos: privar a alguien de oportunidades y utilizar después esa privación como prueba de su supuesta inferioridad. Qué cómoda resulta la superioridad cuando una misma mano reparte los permisos y las calificaciones.
Al otro lado del Atlántico, sor Juana Inés de la Cruz defendió en su Respuesta a sor Filotea el derecho de las mujeres al conocimiento. Su inteligencia tuvo que argumentar, además, por qué merecía ejercerse. En la Inglaterra del siglo XIX, Charlotte, Emily y Anne Brontë publicaron bajo los nombres de Currer, Ellis y Acton Bell. La firma podía convertirse en una forma de protección frente a los prejuicios que aguardaban a una autora.
En España, ni el prestigio literario libró a Gertrudis Gómez de Avellaneda y a Emilia Pardo Bazán de la exclusión de la Real Academia Española por ser mujeres. Sus casos nos obligan a distinguir entre tener lectores y acceder al reconocimiento institucional. Una escritora podía vender, intervenir en los debates de su época y renovar la narrativa sin que eso le abriera determinadas puertas.
María Lejárraga muestra otra herida: la del nombre que desaparece detrás de una obra. Gran parte de la producción dramática atribuida a su marido, Gregorio Martínez Sierra, salió de su escritura. Y cuando pensamos en la cultura española del siglo XX, debemos devolver espacio a María Teresa León, Concha Méndez, Ernestina de Champourcín o Josefina de la Torre. Las creadoras reunidas hoy bajo la denominación de las Sinsombrero formaron parte de aquel mundo intelectual; estudiarlo sin ellas deforma nuestra comprensión de una época.
Por eso me importa visibilizar a las escritoras. Me importa que una niña encuentre autoras en sus libros de clase y pueda imaginarse ejerciendo ese oficio. Me importa que una biblioteca permita descubrirlas, que una editorial vuelva a poner sus obras en circulación y que la crítica se ocupe de lo que escribieron con atención y exigencia. También me importa, como autora canaria, que esa mirada alcance a quienes crean lejos de los grandes centros culturales. El lugar desde el que escribimos no debería determinar hasta dónde puede escucharse nuestra voz.
El homenaje al Lyceum Club Femenino, que cumple cien años desde su fundación, celebra las relaciones que dieron a tantas mujeres un espacio para conversar, aprender y desarrollar su trabajo intelectual. Me interesa esa amistad que lee un manuscrito con cuidado, recomienda un libro y comparte una oportunidad. Hay una forma muy concreta de acompañarnos: tomarnos en serio.
El 19 de octubre puede servir para empezar una lectura, revisar una estantería o preguntarnos qué autoras faltan en nuestra educación literaria. Pero el trabajo continúa cuando termina la efeméride. Cada libro recuperado nos permite conocer mejor lo que ocurrió y ensancha lo que otras mujeres podrán imaginar para sí mismas.
Recomendaciones literarias
Una habitación propia de Virginia Woolf
Un ensayo esencial para pensar en las condiciones materiales de la creación. Woolf examina cómo la falta de independencia económica y de un espacio propio limita la escritura de las mujeres. Lo propongo porque devuelve la conversación a una cuestión decisiva: el talento necesita tiempo y condiciones para desarrollarse.
Cómo acabar con la escritura de las mujeres de Joanna Russ
Su título es irónico. Russ analiza los mecanismos con los que se desacredita, aísla o borra la producción literaria femenina. Una lectura incisiva para aprender a reconocer los prejuicios incluso cuando se presentan vestidos de criterio cultural.
Las Sinsombrero de Tània Balló
Recupera las trayectorias de escritoras, artistas y pensadoras vinculadas a la generación del 27. Entre ellas aparecen María Teresa León, Concha Méndez y Josefina de la Torre. Lo recomiendo como puerta de entrada a sus vidas y, sobre todo, como invitación a buscar después sus obras.
Postre de piña con nata Ermol y bizcochos
Y para acompañar estas lecturas, les propongo un postre de piña con nata Ermol y bizcochos, una preparación popular en Canarias que se sirve bien fría y no necesita horno. También en las recetas que compartimos hay una memoria que merece conservarse.
Ingredientes
• 1 o 2 botes de nata Ermol, según el tamaño de la fuente y la cantidad de crema deseada.
• 1 lata pequeña de leche condensada.
• 1 lata de piña en su jugo, reservando el líquido.
• 1 o 2 paquetes de bizcochos de soletilla o bizcochitos de capa, según el tamaño de la fuente y el número de capas.
• Para decorar, de forma opcional: melocotón en almíbar, cerezas en almíbar y coco rallado.
Preparación
Batimos la nata Ermol con la leche condensada utilizando unas varillas eléctricas durante aproximadamente siete u ocho minutos, hasta obtener una crema homogénea. El tiempo puede variar según la potencia de la batidora; tomaremos como referencia la textura cremosa de la mezcla.
Escurrimos la piña y reservamos su jugo en un plato hondo. Cortamos las rodajas en trozos pequeños y apartamos algunos para la decoración. Si vamos a utilizar melocotón en almíbar, lo escurrimos y lo troceamos también.
Pasamos brevemente los bizcochos por el jugo de la piña, lo suficiente para humedecerlos sin que se deshagan. Cubrimos con ellos el fondo de una fuente, procurando formar una base uniforme.
Extendemos una capa de la crema de nata y leche condensada y repartimos por encima una parte de la piña troceada. Repetimos el montaje, alternando bizcochos humedecidos, crema y fruta, y terminamos con una capa de crema. Alisamos suavemente la superficie.
Decoramos con la piña reservada y, si lo deseamos, con melocotón, cerezas en almíbar o coco rallado. Cubrimos la fuente y la dejamos en la nevera durante varias horas, hasta que el postre esté bien frío y las capas se hayan asentado. Servimos frío.
Esta es una receta popular, pero para mí tiene un nombre propio: el de mi abuela materna, Jacinta Díaz Jiménez, que siempre la preparaba. Su sabor me evoca a ella. Al compartirla, quiero dejar escrito también su nombre, porque hay recuerdos que pasan de una generación a otra en una cucharada.
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