Otro de los momentos decisivos de principios de septiembre es el reparto de la carga horaria. A don Pedro le gusta bromear con su designación, debería llamarse la descarga horaria, el jefe de estudios y el señor director entregan a los jefes de departamentos, en un primer claustro el cómputo total de horas asignado a cada departamento.

Don Pedro recuerda aquellos inicios de curso en su condición de sustituto, en manos del azar, aguardando la sonrisa de la diosa Fortuna, incorporarse desde ya al centro que le correspondiese.

Al comienzo, en la prehistoria de los nombramientos para curso completo, poco o nada se atrevía a decir durante la reunión del departamento para la elección de horarios. Se sentía demasiado pequeño, insignificante frente a aquellos catedráticos, hombres de contrastados saberes. Esperaba en un extremo de la mesa, lo más distante posible de los popes que reclamaban, despiadados, sus prebendas. A lo sumo osaría soñar con que un curso prorrogaría nombramiento en un instituto, accedería a ser funcionario de carrera, con más tiempo con destino definitivo, incluso jefe de departamento... soñar dentro del más recatado silencio.

Y ese curso llegó, todo llega, lo habían nombrado por segunda vez consecutiva para aquel centro de la capital conejera. Ya don Pedro no ocuparía el último lugar a la hora del reparto, al menos podría balbucear, quizá susurrar.

En la práctica terminó con buena parte de los descartes, los grupos y niveles desechados por los intocables, ahora compartidos con la última compañera incorporada.

Cursos más tarde, a don Pedro se le cayó por completo la venda de los ojos, se había negado a aceptarlo repetidas veces, pero cuando se acercó el inspector a las inmediaciones de su academia para, en secreto secretísimo, inscribir a su hijo en la misma porque el profe de Lengua Castellana y Literatura del instituto era un “insigne” catedrático con el que no hacían más que enredar el tiempo en clase, necesitaba prepararse bien para la PAU. Entonces, con pruebas irrefutables, comprendió que no se debe vivir en el pasado ni a su costa, aunque nadie levantaba la voz para corregir esos desajustes profesionales, sociales.

Cuando don Pedro, como Lázaro de Tormes, creyó haber alcanzado la cumbre de su prosperidad profesional, pensaba que su capacidad de asombro se habría reducido considerablemente o erradicado. El día dos de septiembre de ese año, reunido el claustro por vez primera, se repite por enésima ocasión el protocolo: bullicio, sonrisas, bienvenida oficial, aclaraciones pertinentes sobre la “descarga” horaria, la promesa del compromiso del equipo directivo por buscar el beneficio general -no el interés particular-, pautas temporales para entregar a cualquier componente del equipo el resultado del reparto alcanzado en cada departamento;... entrega del documento a cada jefe de departamento, deseos de suerte...

Don Pedro, como la mayoría del profesorado, busca al cabeza visible, lo sigue hasta el lugar de reunión. Ya sobrevuelan los pasillos del instituto algunos rumores, tímidos comentarios de variados colores, ninguno mordaz o hiriente, la directiva cuenta con un nutrido séquito informador siempre en activo.

Ese curso se cambia el método papelitos recortados con el rótulo del grupo y nivel anotado (cada docente irá eligiendo los que quiera y pueda hasta llegar al consenso general, con intercambio de “cromos” si fuera necesario; el talante negociador marca el ritmo del reparto.), por el de escribir en la pizarra la relación completa de grupos, tutorías, horas de coordinación, horas para proyectos, descuentos, reducciones,... toda esa ristra de menudencias que suelen ir a parar a personas preseleccionadas. Se irá colocando el nombre del docente a cada una de las anotaciones.

Don Pedro conocía muy bien el orden para la elección horaria, los sindicatos se encargan de recordarlo cada septiembre, el señor director lo recalca, velando por el escrupuloso cumplimiento de la ley. Los entresijos, la letra minúscula quedaba para los directivos, armar, componer horarios con nombres y apellidos con antelación al reparto oficial por las necesidades docentes del centro.

Ese inicio de curso había preparado a conciencia el señor director dos horarios completos y otro al 70% de entrada. Don Pedro no daba crédito al silencio que había acompañado esa primera entrega, personal funcionario interino, en virtud de esta maniobra, había “elegido” inmediatamente después de los integrantes del equipo directivo del departamento. Don Pedro miró al colega Gonzalo, sorprendidos, boquiabiertos, maniatados desde la advertencia inicial de no modificar un ápice esos horarios fruto de una profunda reflexión. Nada se impone, todo se supedita al bien colectivo... y sobre todo, está dentro del marco legal -apostilló el señor director-.

Don Pedro había presenciado escenas crudas en cursos próximos, en el mismo instituto, durante reuniones del departamento en las que algún miembro se había atrevido a contradecir al señor director en su gestión del centro. Ahí emergía la figura gigantesca, inflexible, de voz atronadora... de un directivo desconocido, oculto bajo la capa de amabilidad, afable, sonriente, servicial, tono íntimo... con la que se mostraba en público. Por ello la prudencia como enseña, don Pedro se desahogaría con Gonzalo, siempre abierto a los intercambios, de hecho tuvo que cambiar de nivel académico a última hora para que cuadrase todo. Jamás, si te has fijado un poco, ninguno de los directivos modifica su elección primera, esperan que seamos los otros quienes lo hagamos... -comentaría Gonzalo más tarde-. Ese curso, como tantos otros, se abriría con sonrisas y lágrimas.

Comentarios

Anónimo
Comienzo de curso, se fijan las bases para la paciencia que has de tener, las tareas a elegir según el tipo de alumnado, qué escoger del libro de ejercicios con el que te obligan a trabajar... Nadie de fuera ve otra cosa que las 25 horas semanales que te encasquetan sus hijos.

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