«Convierto el silencio en algo que se pueda leer en voz alta sin que duela tanto»

Entre números, postits de colores, personajes que discuten en su cabeza y paisajes que miran hacia volcanes y barrancos, Ana Nayra Gorrín Navarro ha construido una voz literaria marcada por la constancia, la documentación y una manera muy personal de entender la escritura.

Su trayectoria nació robándole minutos al día a día, escribiendo mientras se calentaba la cena, terminaba una lavadora o su hijo hacía los deberes. Desde entonces, aquellas pequeñas parcelas de tiempo se han convertido en novelas, personajes, investigaciones históricas y finales felices capaces de hacer llorar incluso a su propia autora.

En esta nueva entrega de Trazos, dejamos a un lado las preguntas previsibles para entrar en su particular universo creativo: bloqueos con forma de cabra, personajes imposibles como compañeros de piso, novelas convertidas casi en tesis doctorales y una superheroína literaria llamada Nayra Atlante.

Tu caricatura exagera un poco algunos rasgos. ¿Cómo te ves en este retrato?

Me veo favorecida, la verdad, y con menos canas de las que tengo hoy. El dibujante me ha domado el pelo, me ha apoyado la barbilla sobre la mano como si estuviera resolviendo la trama perfecta y me ha puesto una mirada de intensidad que solo tengo, en la vida real, cuando falta una semana para cerrar la escaleta.

Reconozco los ojos entrecerrados, esa manía de calcular algo con la mirada, la misma con la que antes cuadraba balances y ahora cuadro las coartadas de mis personajes.

Reconozco también las ganas de parecer más ordenada de lo que soy: mi escritorio de verdad, el del balcón con vistas al pueblo, tiene los postits torcidos y el pelo sin domar por el alisio de la tarde.

Pero si la caricatura me regala, aunque sea por un rato, esa pose de escritora seria y segura de su próximo capítulo, no voy a ser yo quien la desmienta.

Si tu carrera fuera una historieta, ¿cuál sería el título del primer capítulo?

«La contable que le robaba minutos a la cocina y a la lavadora para escribir sobre otras vidas».

Porque así empezó todo, en 2016, con Es Zoe: en casa, después de mi jornada de trabajo, con el portátil abierto sobre la encimera mientras esperaba a que se calentara la cena, a que terminara la lavadora o a que mi hijo acabara los deberes.

Escribía una frase, la borraba, la volvía a escribir de otra manera… así mil veces si hacía falta. Cualquier minuto suelto era bueno para pelearme con un diálogo hasta dejarlo como quería.

Hablemos de tu día a día. ¿Cómo es una jornada típica en tu vida?

Empieza con números y termina con letras. De día, cuentas que cuadrar; de tarde, después de la jornada laboral, me siento en mi escritorio del salón, junto al balcón con vistas al pueblo, y ahí es donde de verdad vivo.

Si hay suerte, un paseo por el barranco antes de que caiga el sol. Y siempre, en algún momento del día, mi hijo recordándome que hay vida fuera de mis personajes.

Seguro que en tu camino has tenido momentos difíciles. ¿Alguna anécdota que te haya marcado y de la que aprendiste algo valioso?

En marzo de 2020, como tantos otros trabajadores de la hostelería, me vi metida en un ERTE. De un día para otro me sobraba el tiempo que siempre me había faltado, y me faltaba la certeza que siempre había tenido.

Podía haberme quedado mirando el techo. En vez de eso, abrí la escaleta que tenía guardada de Atardecer en Arrecife y, encerrada en casa, la terminé de escribir en cuarenta y siete días de confinamiento.

Lo que aprendí: hasta lo que te quita el suelo puede darte, si lo dejas, el empujón que necesitabas para escribir.

Para quienes te admiran o siguen tu trabajo, ¿qué consejo les darías?

Que no tengan miedo de que su historia tarde años en madurar.

Y que, si alguna vez sienten que la vida los ha dejado sin nada, se agarren a un libro, porque —como escribí una vez— «café, pan y libros solo necesito para exorcizar todos mis miedos».

¿Cuál es el hábito más extraño que has desarrollado como escritora?

Citar mis propias novelas a pie de página como si fueran tesis doctorales.

En Atardecer en Arrecife llegué a poner quince notas al final, con enlaces y todo, sobre poliandria prehispánica y técnicas vikingas de navegación.

Una amiga dice que soy la única persona que conoce capaz de convertir una novela romántica en un trabajo de fin de máster.

Si tuvieras que elegir un objeto doméstico que represente tu estilo narrativo, ¿cuál sería y por qué?

Unos postits de colores, pegados sin ningún orden aparente sobre una cartulina.

Los tengo siempre sobre mi escritorio, en el salón de casa, junto a un balcón con vistas al pueblo. Cada novela empieza ahí, en esos cuadraditos de papel que voy moviendo y cambiando de sitio hasta que encuentran su lugar exacto, mientras pierdo la mirada en la montaña que tengo enfrente o en el pueblo que se mueve más abajo, buscando el hilo que me lleve de vuelta a la historia.

Así escribo yo: un caos de colores que, tarde o temprano, se convierte en mapa.

Si tus bloqueos creativos tuvieran forma física, ¿qué aspecto tendrían?

Una cabra testaruda plantada en medio de un sendero de barranco, mirándome fijamente, negándose a moverse pase lo que pase.

Puedo rodearla.

Lo que no puedo es fingir que no está ahí.

¿Qué personaje literario famoso sería el peor compañero de piso para ti y por qué?

Jotadé, el policía gitano de la trilogía de Santiago Díaz Cortés.

Como personaje me fascina, pero convivir con él sería un suplicio de manías: sus rituales y supersticiones desperdigados por toda la casa, el salón convertido en una escena a medio resolver y un carácter tan de Tony Soprano que discutiríamos por cualquier tontería como si de ello dependiera el honor de la familia.

Lo admiro con devoción desde la distancia segura de la ficción. Compartir piso con él, jamás.

¿Cuál es la pregunta que siempre has querido que te hagan en una entrevista pero nadie se ha atrevido?

Si de verdad lloro escribiendo mis propios finales felices.

La respuesta es sí.

Cada vez.

¿Qué personaje histórico sería el peor crítico de tu obra y qué diría exactamente?

Un viejo mencey guanche, muy serio, con los brazos cruzados frente al fuego, mirando mis páginas con desconfianza absoluta:

«Demasiadas palabras, hija, para contar lo que un buen silencio junto al Teide ya explicaba mejor».

Y tendría razón, probablemente.

Pero yo seguiría escribiendo de todos modos.

Si tus personajes organizaran una fiesta sorpresa para ti, ¿cómo sería el desastre?

Zoe llegaría tarde por indecisión con el vestuario.

Hugo, de Poke pocketing, intentaría convencer a todos de que solo él sabe organizar algo «de nivel».

Pier Bruno se pondría sentimental y contaría toda su vida en el brindis.

Didier, de Atardecer en Arrecife, se liaría preguntando en qué siglo estamos.

Benazir organizaría un debate improvisado sobre si las velitas de la tarta son o no una apropiación cultural, y no habría manera de pararla.

Y Mariam se pasaría toda la fiesta contando, ilusionada, la última llamada que tuvo con su nuevo amor inglés, vaciando ella solita la bandeja entera de bombones que se suponía que era para todos.

Si tu proceso de escritura fuera un videojuego, ¿qué niveles tendría y cuál sería la prueba final?

Nivel uno: la escaleta, donde hay que sobrevivir a la propia ambición del argumento.

Nivel dos: la documentación histórica, llena de trampas con fuentes contradictorias.

Nivel tres: el primer borrador, oscuro y sin mapa.

La prueba final —el jefe final, el verdadero enemigo— es siempre el mismo: la página en blanco del capítulo que sé que va a doler escribir.

¿Qué habilidad completamente inútil has desarrollado gracias a tu carrera como escritora?

Detectar, en cualquier árbol genealógico de ficción o de la vida real, si las fechas cuadran.

Deformación de contable metida a novelista: no puedo leer una saga familiar sin hacer cuentas de edades en un margen.

¿Qué tres libros llevarías a una isla desierta si supieras que serán traducidos e interpretados por delfines?

Cualquier cosa de poesía canaria, para que aprendan a nombrar el mar desde dentro.

Un buen libro de historia sobre la conquista de las islas, para que entiendan de dónde vengo.

Y, con un poco de vergüenza, alguna de mis propias novelas, para ver si a un delfín también se le escapa una lágrima con mis finales.

Si tus correcciones y borradores pudieran hablar, ¿qué secretos vergonzosos revelarían sobre ti?

Que discuto en voz alta con mis personajes cuando algo no me convence del diálogo.

Y que, más de una vez, he tenido que aclararle a mi hijo, desde el otro cuarto, que no estoy hablando con él.

¿Qué capítulo de tu vida omitirías completamente si fueras la protagonista de una novela?

Ninguno.

Ese es el poema que ya escribí —lo titulé La muerte y su sombra, y está en mi poemario Cuarenta soles, un mar— y decidí no esconderlo, sino convertirlo en algo que otra persona pudiera leer una noche mala y sentirse un poco menos sola.

¿Qué consejo para escritores darías si tuvieras que hablar exclusivamente como un personaje de telenovela?

«¡Escuchen bien, porque solo lo diré una vez! La inspiración es una amante infiel que llega sin avisar… ¡así que ustedes siéntense a esperarla cada día, con la pluma en alto, aunque ella tarde años en aparecer!»

Si tus lectores formaran un culto basado en tus libros, ¿qué rituales absurdos realizarían y qué objetos venerarían?

Venerarían una taza de té árabe con hierbabuena, servida exactamente como la madre de Benazir la sirve en la cocina.

Se reunirían al atardecer, mirando hacia un volcán cualquiera, y se prometerían cosas imposibles como si tuvieran otra vez diecisiete años.

¿Qué trabajo o profesión alternativa ejercerían tus personajes principales si se quedaran sin empleo en la trama?

Zoe montaría una consultora de rituales de mala suerte.

Benazir sería abogada de derechos humanos, sin duda.

Paloma abriría el mejor puesto de poke de todo Madrid.

Y Pier Bruno… a ese ya lo dejé llevando la trattoria familiar, así que ese ya tiene trabajo.

Cierre con chispa: si fueras un personaje de una tira cómica, ¿cómo te llamarías y cuál sería tu superpoder?

Me llamaría Nayra Atlante, y mi superpoder sería convertir el silencio —el de una isla, el de una herida, el de una historia que nadie contó— en algo que se pueda leer en voz alta sin que duela tanto.

EL ÚLTIMO TRAZO

Quizá ahí esté precisamente una de las claves de Ana Nayra Gorrín Navarro: en esa capacidad para convertir lo cotidiano en territorio narrativo.

Una lavadora que termina su ciclo mientras nace una escena. Una ventana abierta hacia el pueblo. Un puñado de postits aparentemente desordenados. Una investigación histórica que se cuela en una novela romántica. Una página que duele. Un personaje que se niega a obedecer. Una historia escrita en medio de un tiempo incierto.

Su escritura parece surgir de esa convivencia constante entre el orden y el caos, entre los números que deben cuadrar y las emociones que no siempre lo hacen.

Y mientras exista algún silencio pendiente de ser contado, probablemente seguirá apareciendo Nayra Atlante, intentando transformarlo en palabras.

Ana Nayra Gorrín Navarro

Entrevista realizada el 11 de septiembre de 2026.

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