Tai Chang y su esposa Wan estaban felices con el nuevo nacimiento de su sucesor.Zhu Yu Hiau sería su nombre. Habían proyectado en él tantas metas y sueños porcumplir que sin conocerlo veían en él al futuro emperador de la dinastía Ming. Durante largas noches imaginaban su cuerpo robusto, la fuerza de su mirada, su temperamento, su valentía.

Pero aquel 31 de julio, casi a la luz de una luna nueva, la pequeña Xing salió del vientre materno algo tímida, sin fuerzas. De alguna manera intuía que no sería bien recibida. El parto se ha complicado, pero lo más importante, la heredera del imperio está viva― con estas palabras, la partera entregó a los brazos de Tai Chang a la niña recién nacida.

Cuenta la historia que el emperador, de inmediato inmerso en una profunda decepción, y antes de que su esposa Wan se enterase, mandó a desaparecer a su primogénita. No podía permitirse una hija, no tendría fuerzas ni valentía suficiente para gobernar su imperio que tanto le había costado mantener en pie. «La dinastía Ming no es cosa de mujeres», se decía, mientras, nervioso, entregaba a la niña a una de sus sirvientas de confianza. Esta la tomó en su regazo, dudaba cruzar su mirada con la de aquel ser, por si su alma se apiadaba de la niña. Pero la realidad es que no pudo contenerse. Descubrió la carita dentro de la tela que la envolvía y observó cómo dormía plácidamente, ajena a lo que iba a suceder. Su corazón se encogió, no podía deshacerse de aquella criatura. Esta no era culpable de los egos del ser humano. Así que decidió esconderla en el moral del jardín del palacio. Este era un lugar poco frecuentado por el emperador y su esposa.

Cuenta la historia que la joven Xing creció entre hojas de morera y gusanos de seda. Estos le fueron hilando una mantita con la que le dieron abrigo. No hubo una noche desde ese momento en el que la pequeña pasara frío.

Fueron pasando los años y la niña se hizo una mujer. De una manera misteriosa, de sus dulces y delicadas manos brotaban hilos de seda con los que dio arropo a muchas familias sedientas de amor. El emperador Tai Chang, al enterarse de la existencia de la joven y del don que tenía, mandó a su criada de confianza en su búsqueda.

 Xing, ajena a su pasado, se presentó de inmediato en palacio. El emperador estaba mayor y enfermo. No hubo ningún médico en el mundo que diera con la cura del dolor tan intenso que padecía. Solo uno le habló de la muchacha. Su esposa no se separaba de su lado y, cuenta la leyenda, que desde que enfermó su marido no paraba de llorar. Xing llegó a los pies de la cama donde yacía Tai Chang. Este la miró, algo lo estremeció, como si la hubiese reconocido. Habían pasado tantos años. Solo él y su criada sabían de su existencia.

Le pidió una manta de seda que calmara su dolor. La joven empezó a mover sus manos, pero curiosamente de ellas ya no brotaban hilos de seda. Lo intentó una, dos, tres y más veces, pero fue imposible. No brotaba ni el más fino filamento de seda. Al ver la incapacidad de la muchacha, el rey impotente cerró los ojos y comprendió su castigo.

La emperatriz, sin entender nada, abrazó a su marido.

 Y la joven Xing lloraba de frustración por no poder arropar a su emperador. De repente, de sus manos llenas de lágrimas empezaron a brotar hilos dorados de seda. Metros y metros de seda que envolvieron al emperador, a su mujer y hasta ella misma. Sorprendida, se dirigió a la criada y le preguntó: ― ¿Por qué mis manos tejen esta manta tan grande? ¿Por qué esta familia necesita tanto arropo? La criada respondió: ―Mi querida Xing, estás arropando a tu verdadera familia, aquella que por malas decisiones un día te abandonó, pero tu corazón es tan grande que sin darte cuenta le has concedido el perdón.

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