Islas que aparecen, libros que asustan y recuerdos que permanecen

Escribir también consiste en detenerse. En mirar aquello que tantas veces pasa ante nuestros ojos sin que le prestemos atención y descubrir que detrás de un paisaje, de un recuerdo o incluso de un miedo puede encontrarse el comienzo de una historia.

En el Taller de Escritura El Norte, cada propuesta busca precisamente eso: ofrecer un punto de partida para que cada participante encuentre después su propio camino. No se trata de que todas las voces cuenten lo mismo, sino de comprobar cómo una misma palabra, una imagen o una idea pueden transformarse en relatos completamente distintos cuando pasan por la memoria, la imaginación y la sensibilidad de quien escribe.

En esta ocasión, algunas de las alumnas del taller se acercan a dos territorios especialmente sugerentes. Por un lado aparece San Borondón, esa isla imposible que forma parte del imaginario canario y que unas veces surge sobre el horizonte y otras termina convirtiéndose en una metáfora de aquello que buscamos dentro de nosotros mismos. Por otro, la propuesta «El libro que me da miedo leer» abre la puerta a otros temores: conocer, recordar, descubrir, enfrentarse a lo que somos o atrevernos a pasar la página.

Los textos que siguen hablan de infancia y madurez, de abuelos y enseñanzas, de atardeceres, de sueños, de decisiones y de esas páginas personales que no siempre resulta sencillo leer. Son diferentes miradas nacidas dentro de un mismo espacio de creación.

Porque un taller de escritura no pretende fabricar escritores iguales.

Pretende ayudar a que cada persona descubra su propia voz.

Y estas son algunas de ellas.


BEATRIZ SUÁREZ HERNÁNDEZ

Isla mágica I

Durante los veranos había una niña que, llegado cierto momento de la tarde, dejaba de hacer lo que estuviera haciendo y se quedaba quieta en el patio.

Vivía en una finca y se pasaba el día de aquí para allá, entretenida entre unas cosas y otras. Pero cuando el sol comenzaba a esconderse, algo la hacía detenerse.

En el horizonte, una isla parecía flotar sobre un mar de nubes.

El cielo se encendía de naranja, primero intenso, casi rojo, y después iba cambiando lentamente hacia el azul. A veces aparecían tonos rosados, violetas y otros que ni siquiera habría sabido nombrar.

En ocasiones, los rayos del sol se colaban entre las nubes y, durante unos instantes, parecía que el cielo se abría.

Ella sabía que era una isla de verdad, aunque la magia de aquella estampa le evocaba la historia de San Borondón, aquella isla que, según contaban, aparecía y desaparecía entre las brumas del Atlántico.

Por eso, algunas tardes, mientras contemplaba aquella isla suspendida sobre las nubes, se preguntaba si aquello sería parecido a lo que habían visto quienes vivieron allí muchos siglos antes.

Quizá algún aborigen había mirado hacia el horizonte y había pensado que aquella isla escondía algo. Quizá algún conquistador había sentido el mismo asombro.

Nunca supo calcular el tiempo que permanecía de pie mientras la vida continuaba alrededor. Todo seguía lleno de sonidos, de movimiento, de cosas que hacer. Pero ella parecía estar en otro sitio.

Nunca había dos atardeceres iguales.

El cielo cambiaba cada tarde, la luz dibujaba otros contornos y las nubes aparecían en lugares distintos. Todo se transformaba despacio y, sin embargo, cuando terminaba, ya no quedaba nada que pudiera repetirse.

La isla iba perdiendo sus colores, se hacía más oscura y terminaba por confundirse con la noche. Poco a poco desaparecía, aunque ella sabía que seguiría allí.

Al día siguiente volvería a verla.

Isla mágica II

Muchos años después, aquella niña se había convertido en una mujer.

A los dieciocho años había cruzado el mar hasta aquella isla. Quizá buscando su magia. Quizá huyendo de la que dejaba atrás.

Después llegaron los años, la maternidad, el trabajo, las obligaciones, las prisas. La vida fue llenándose de cosas que hacer y apenas quedó espacio para quedarse quieta mirando cómo terminaba un día.

Hasta que, una tarde cualquiera, muchos años después, volvió a suceder.

Estaba con unos amigos. Había música, conversaciones, risas. La reunión seguía su curso mientras, al otro lado, el sol comenzaba a esconderse detrás de la isla.

Ella lo miró de reojo.

El cielo volvía a incendiarse de naranja y la última luz dibujaba con precisión el contorno de la tierra.

La imagen era distinta.

Ya no estaba aquella cama de nubes sobre la que la isla parecía flotar. Desde donde se encontraba, las nubes quedaban por encima, suspendidas en otro lugar del cielo. La perspectiva había cambiado.

O quizá no solo la perspectiva.

Se levantó de su asiento y caminó unos pasos hasta encontrar el ángulo desde el que quería fotografiarlo.

Miró la pantalla.

Y durante un instante volvió a ver a aquella niña.

La recordó quieta en el patio, sin ninguna necesidad de guardar el atardecer, sin pensar en fotografiarlo, sin preguntarse cuánto tiempo llevaba allí.

Solo mirando.

Sintió un pequeño pellizco de nostalgia.

No por el atardecer, sino por aquella manera de mirar.

Hizo la fotografía y guardó el teléfono.

Después se quedó allí, de pie, mientras las conversaciones continuaban a unos metros de distancia.

Esta vez nadie la esperaba.

Nadie necesitaba nada de ella. Así que, durante unos minutos, volvió a quedarse quieta. A mirar de verdad.

El naranja se apagó lentamente. Las nubes perdieron sus bordes dorados. La isla fue entrando en la sombra hasta que apenas pudo distinguirse.

Y, como tantos años atrás, la noche terminó llevándose el paisaje.

Ella permaneció un poco más, disfrutando como antaño.

Sobre su cabeza comenzaron a aparecer las primeras estrellas. Al verlas, respiró hondo y sonrió al darse cuenta de que la magia no estaba en la isla ni en los colores, sino en el hecho de detenerse a disfrutarlos conscientemente.

Beatriz Suárez Hernández


El libro que me da miedo leer

Hay un libro que lleva tiempo delante de mí.

No sé exactamente cuándo empezó a interesarme. Quizá fue una frase. Quizá una mirada. Algún detalle pequeño que, sin saber muy bien por qué, se quedó dando vueltas en mi cabeza.

Desde entonces lo observo de vez en cuando.

Me gusta mucho su portada. También me gusta imaginar lo que puede haber dentro.

A veces pienso que algunas páginas deben estar llenas de cosas que me gustaría leer. Otras veces imagino capítulos oscuros, de esos que una prefiere saltarse. Seguro que hay páginas llenas de contradicciones, de cosas hermosas mezcladas con otras que quizá no lo sean tanto.

Pero no lo sé y precisamente por eso puedo imaginar.

Puedo rellenar los huecos. Convertir una frase en una historia, un gesto en una posibilidad, un silencio en algo que todavía no tiene nombre.

Mientras el libro permanezca cerrado, todo puede ser.

Puedo pensar que conozco algunas de sus páginas aunque nunca las haya leído, imaginar cómo continúa un capítulo después de haber leído apenas unas líneas.

Y eso me gusta, aunque también me da miedo.

Porque abrirlo significaría dejar de imaginar.

Quizá encuentre exactamente lo que esperaba. Quizá encuentre algo completamente distinto. Puede ser que haya páginas que quiera releer una y otra vez y otras que desee arrancar.

Tal vez algunas me hagan sonreír y otras me hagan cerrar el libro de golpe.

A veces lo cojo. Paso los dedos por la portada, despacio, casi como si pudiera reconocer a través de ella lo que hay dentro.

Hay algo de deseo en ese gesto, unas ganas difíciles de disimular. Las ganas crecen precisamente porque sé que no debería hacerlo.

Lo abro apenas un poco, lo suficiente para dejar que se cuele una rendija de luz entre las páginas.

Entonces me detengo.

No sé qué me asusta más: encontrar algo que no quería saber o descubrir que todo aquello que había imaginado no estaba escrito en ninguna parte.

Así que vuelvo a cerrarlo y lo dejo sobre la mesa.

Por ahora.

Beatriz Suárez Hernández


LALY AGUIAR MONZÓN

San Borondón

Él era un niño aventurero, siempre lleno de preguntas, curioso y muy observador. Le gustaba jugar con los gatos, pero lo que más le gustaba era sentarse junto a su abuelo.

Su abuelo era un hombre sabio y silencioso, de mirada noble, envuelta en una leve tristeza. La vida había golpeado su propia identidad y, tras la muerte de sus padres, parecía que también habían acabado con el niño que todavía habitaba dentro de él. Vivía alimentándose de fantasías y de ilusiones, tratando de ocultar su dolor detrás de aquella triste sonrisa que siempre mostraba a los demás.

Era una tarde de lluvia, llena de truenos y relámpagos. Los dos estaban sentados en el patio de la casa. Sobre ellos no había techo y las estrellas parecían ser las únicas testigos de las historias que compartían.

Su abuelo decía:

—Hay almas viejas llenas de historias. Almas que mantienen sus sueños, que imaginan, inventan y construyen más allá de la realidad, sin miedo al qué dirán y aceptando incluso el rechazo de los demás. Son personas que saben escuchar la voz de su corazón. Por eso tú, mi nieto amado, nunca debes olvidar la isla que habita dentro de ti. Aunque se parezca a la isla de San Borondón, que unos pueden ver y otros no, tan solo necesitas escuchar siempre la voz de tu interior.


Mi abuelo

Después de muchos años recuerdo con cariño a mi abuelo y aquellas historias que me contaba sobre la isla de San Borondón.

Hoy sé que fue él quien construyó en mí la esperanza y la curiosidad por buscar dentro de mí mismo. Me ayudó a descubrir mi propia isla interior y a aprender a amarme, aceptarme y valorarme como soy. También me enseñó a luchar por mis sueños y a no dejar nunca de pelear por ellos.

Las piedras encontradas en el camino de la vida fueron forjando mi interior, y cada una terminó ayudando a construir el hombre que hoy soy.

Cuando recuerdo a mi abuelo vuelvo a sentir aquella emoción que solamente él conseguía despertar en mí. Me hacía creer que realmente podía ser libre, tan libre como el vuelo de mi propia mente.

Continúo buscando dentro de mí esa isla de San Borondón, sabiendo ahora que saber no siempre significa comprender y que también podemos perdernos en nuestra propia isla, entre las brumas y los misterios de nuestros pensamientos.

Al final, mi abuelo tenía razón.

No todo el mundo tiene ojos para contemplar su propia isla interior y descubrir quién es realmente. Quizá solo desde ese lugar podamos comenzar a salir hacia fuera y mostrar a los demás lo mejor de nosotros: nuestro propio corazón.


El libro que da miedo leer

Hablar del libro que más miedo me da leer es, sin duda, hablar de la propia vida.

Es pasar las hojas del día a día y darte cuenta, con el paso de los años, de lo aterrador que puede resultar descubrir hacia dónde ha sido dirigida tu existencia. Por un lado están las circunstancias desfavorables que te rodean; por otro, aquellas oportunidades que pasaron delante de ti y que, ya fuera por miedo, inmadurez, falta de experiencia o de entendimiento, dejaste escapar.

Te das cuenta de que cada hoja del libro de tu vida puede dar verdadero miedo cuando miras en qué se está convirtiendo, página tras página, y te sientes incapaz de comenzar una nueva historia, una etapa diferente en la que las circunstancias puedan cambiar.

Sin embargo, no es necesario arrancar una sola hoja del libro de tu vida.

Poco a poco descubres que cada piedra, cada error y cada golpe han sido simplemente otra hoja escrita en el proceso mediante el que te has ido construyendo y reformando frente a todo aquello que alguna vez te produjo temor.

Porque, aunque el libro de tu vida pueda ser triste, cruel y jodidamente terrorífico, también es el mejor libro que tienes.

Aun con miedo, día tras día te esfuerzas por continuar escribiéndolo y por superar tus fantasmas simplemente siendo tú mismo, aceptando tus propias virtudes y también tus derrotas.

Existe la certeza de saber que entre tus manos sostienes quizá la historia más aterradora para ser leída y comprendida por los demás, pero también que son esos mismos miedos los que te empujan cada día a seguir escribiendo y venciendo.

Al final entiendes que solamente tú gobiernas el timón y diriges tu propio barco.

Laly Aguiar Monzón


YOHANA PÉREZ

San Borondón

Mis manos estaban llenas de caracolas diminutas que brillaban al unísono con los rayos del sol de aquel verano en casa de los abuelos.

La arena cubría la mayor parte de mis pies y la espuma jugaba sin temor alguno. Fue entonces cuando sentí una extraña sacudida a mi izquierda, como si algo me llamara desde lejos.

Miré por encima de las olas y allí, donde antes solamente había mar, apareció de repente una nube gigante llena de colores, cada uno más majestuoso que el anterior.

No pude dejar de observarla hasta que, en un abrir y cerrar de ojos, se esfumó.

Nunca pude dar crédito a aquello. Mi familia estaba de espaldas a esa realidad que solamente yo había vivido.

Un par de semanas después, aquella misma nube apareció en los periódicos ocupando una gran portada.

Entonces lo comprendí:

San Borondón es una isla de algodón.


San Borondón

Recuerdo aquel día como si fuera hoy. Durante muchos años no pude hablar de ello porque estaba segura de que nadie me habría creído.

Todo comenzó el día en que estuve en la zona del faro observando las aves como parte de mi trabajo.

Las pardelas volaban de una manera extraña y las nubes se habían adueñado literalmente del cielo. Tomé los prismáticos para clasificar las aves que ya tenían colocadas las anillas.

De repente, distinguí una sombra poco corriente a lo lejos, por encima de las pardelas. No era una zona de rocas y tampoco había barcos cerca.

Tomé otros prismáticos y les añadí una pieza especial para poder observar con mayor detalle.

Me quedé sin respiración.

Aquello no era una simple roca.

Había vegetación. Incluso podía distinguir animales alrededor de la costa.

Había escuchado muchas veces a mis abuelos hablar de San Borondón. Decían que algunas personas habían oído cantos procedentes de aquella isla.

Inmediatamente pensé en ella.

Pero aquella vez yo no escuché cantos.

Vi animales.

Me levanté rápidamente para buscar la cámara de fotos y preparé la mejor de las lentes.

Cuando volví a mirar, todo había desaparecido.

Ante mí solamente quedaban el mar en calma, un cielo que comenzaba a despejarse y el sonido de las pardelas cazando.

Yohana Pérez

La isla que veía mi abuelo

Mi abuelo decía que San Borondón no aparecía para todo el mundo.

Yo pensaba que lo decía porque los mayores tienen la costumbre de esconder las cosas importantes. Como cuando guardan los caramelos en el mueble más alto de la cocina o cuando empiezan a hablar bajito porque hay niños delante.

—La isla aparece cuando ella quiere —me decía.

Yo me sentaba a su lado y miraba el mar.

Desde allí el océano parecía no terminar nunca. Algunas tardes estaba azul y tranquilo; otras, el viento levantaba espuma y las nubes se quedaban agarradas a las montañas. Mi abuelo conocía todos aquellos cambios.

Decía que el mar hablaba.

Yo nunca conseguí escucharlo.

Hasta aquella tarde.

Habíamos ido a caminar cerca de la costa y él se sentó en una piedra porque las piernas ya le dolían. Yo seguí mirando hacia el horizonte.

Entonces la vi.

Primero pensé que era una nube.

Después me pareció una montaña.

Luego vi algo parecido a una costa.

—Abuelo.

No contestó.

—Abuelo, mira.

Le señalé el horizonte.

Allí estaba.

Una isla oscura flotando entre la bruma.

Mi abuelo sonrió.

No parecía sorprendido.

—¿Es San Borondón?

—¿Tú qué crees?

A mí me molestaban mucho las respuestas de los mayores cuando devolvían una pregunta con otra pregunta.

—Sí.

—Pues entonces será.

Me quedé mirándola.

Imaginé casas pequeñas, caminos de tierra, animales que no existían en ninguna otra isla y niños que nunca tenían que ir al colegio los lunes.

Pensé incluso que allí podrían vivir todos los perros que se habían perdido.

Y también las personas.

Porque yo todavía no entendía bien dónde iban quienes morían.

Quizá San Borondón era eso.

Una isla donde llegaban las personas que ya no podíamos encontrar.

—¿Tú has estado? —pregunté.

Mi abuelo negó con la cabeza.

—Nadie puede ir cuando quiere.

—Pues yo sí voy a ir.

—Seguro.

Me lo dijo sin reírse.

Y eso me gustó.

Durante unos minutos seguimos mirando aquella forma en mitad del mar.

Después apareció una nube.

Cuando volvió a despejarse, la isla había desaparecido.

—¡Abuelo!

Él seguía tranquilo.

—Te dije que ella decide cuándo marcharse.

Muchos años después aprendí palabras complicadas para explicar aquello.

Espejismo.

Refracción.

Fenómeno atmosférico.

Pero aquel día yo tenía ocho años.

Y ninguna de esas palabras existía todavía para mí.

Solo existían mi abuelo, el mar y una isla que había venido a saludarnos.

Y durante mucho tiempo estuve completamente seguro de una cosa:

San Borondón existía.

Porque yo la había visto.

Todo lo que aprendí después de dejar de verla

Han pasado más de cuarenta años desde aquella tarde y ahora sé explicar casi todo lo que entonces ocurrió.

Casi todo.

Sé que sobre el océano pueden producirse espejismos.

Sé que las condiciones atmosféricas deforman el horizonte.

Sé que una nube baja puede parecer una montaña y que determinadas combinaciones de luz, humedad y distancia engañan fácilmente a nuestros ojos.

También sé que durante siglos los mapas recogieron islas que nunca existieron.

Lo sé.

He aprendido muchas cosas.

La pregunta es por qué ninguna de ellas ha conseguido borrar aquella tarde.

Yo estaba con mi padre.

Nos habíamos detenido frente al mar.

Entonces apareció una isla en el horizonte.

Él la señaló.

—Mira.

Yo tenía nueve años.

—¿Es San Borondón?

Mi padre tardó unos segundos en responder.

—Puede ser.

Ahora entiendo aquella respuesta.

No quiso mentirme.

Tampoco quiso destruir algo que apenas empezaba a nacer.

Cuando somos niños creemos que los adultos tienen todas las respuestas.

Después crecemos y descubrimos que muchas veces improvisaban.

Mi padre murió hace años.

Desde entonces he vuelto muchas veces al mismo lugar.

A veces por casualidad.

Otras deliberadamente.

Siempre termino mirando al horizonte.

San Borondón nunca ha vuelto a aparecer.

O quizá sí.

Porque ahora comprendo que aquella isla dejó de estar solamente en el océano.

Durante años pensé que madurar significaba cambiar imaginación por conocimiento.

Aprender que los Reyes Magos tenían explicación.

Que los monstruos debajo de la cama nunca estuvieron allí.

Que las personas no regresan después de morir.

Que los sueños no siempre se cumplen.

Que algunas promesas tienen fecha de caducidad.

Creemos que crecer consiste en descubrir la verdad.

Pero nadie nos explica cuánto cuesta cada verdad que descubrimos.

Ahora sé que probablemente aquella isla que vi con mi padre no era San Borondón.

Y, sin embargo, daría cualquier cosa por volver a aquel instante.

No por la isla.

Por el niño que fui.

Por mi padre a mi lado.

Por aquella capacidad de mirar una sombra en el horizonte y pensar que el mundo todavía guardaba lugares secretos.

Tal vez San Borondón sea precisamente eso.

El nombre que los canarios hemos dado durante siglos a la posibilidad de que todavía exista algo más allá de aquello que conocemos.

Una isla.

Una esperanza.

Una ausencia.

Un recuerdo.

Ahora tengo suficientes conocimientos para demostrar que probablemente aquella isla nunca estuvo allí.

Pero también tengo suficientes años para saber otra cosa.

No todo lo verdadero necesita existir físicamente.

Hay lugares que solo aparecen cuando recordamos.

Y algunas tardes, cuando el sol empieza a caer sobre el Atlántico, vuelvo a mirar.

Por si acaso.
VIDAL BOLAÑOS 

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