El sol de la tarde comenzaba a teñir de ámbar las hojas del viejo drago que custodiaba el jardín. Sentado a su sombra, Leugim releía los apuntes de su libreta, un laberinto de preguntas que llevaba días rodándole la cabeza: ¿Podemos amar el amor? ¿Qué significa amarlo? ¿Es igual enamorarse que amarse?
A sus setenta años, pensaba que ya lo sabía todo sobre los latidos del corazón, pero el papel seguía en blanco. Justo cuando iba a cerrar el cuaderno, el crujido de la hojarasca anunció la llegada de Lali , su compañera del
Instituto y vecina, una botánica jubilada que pasaba los días conversando con las plantas y traduciendo el silencio del paisaje.
—Te va a estallar la cabeza, LEUGIM  —dijo ella, sentándose en el banco de piedra con una sonrisa cómplice—. Te oigo pensar desde mi casa.
Leugim sonrió, bajando la mirada hacia sus anotaciones.
—Es que le doy vueltas a esto, Laly . ¿Tú crees que se puede amar el amor, así, en abstracto? ¿O es solo una trampa de los poetas?
Laly miró las ramas retorcidas del drago, memorias vivas de siglos de viento.
—Yo creo que amar el amor es, en realidad, amar la posibilidad de la belleza. Significa cuidar el suelo para que la semilla germine, aunque no sepas qué flor va a salir. Quien ama el amor no busca poseer a nadie; busca proteger esa fuerza limpia que nos hace salir de nosotros mismos para mirar al otro. Es una declaración de fe en la vida.
—Pero a veces esa fuerza se confunde —replicó Leugim, buscando una página anterior—. No es lo mismo enamorarse que amarse. Al menos, la memoria me dice otra cosa.
—No, no es lo mismo —coincidió Laly, suavizando la voz—. Enamorarse es como un incendio forestal. Es un rayo que cae, una tormenta perfecta. Es involuntario, químico, ciego. Te desborda, te hace vibrar en una frecuencia tan alta que asusta. Pero es una fogata que consume su propio combustible. Amarse, en cambio, es arquitectura. Es la decisión diaria de construir un refugio mutuo. No tiene la prisa del fuego, sino la paciencia de la raíz, que se arraiga en la tierra, sortea las piedras y aprende a compartir los nutrientes en el invierno. El enamoramiento es un estado; el amor es un oficio.
Leugim asintió, atrapado por la analogía. Sus dedos recorrieron la corteza rugosa del árbol.
—Eso respondería también a si hay un solo amor o muchos. Si miramos el bosque, no hay un solo tipo de verde.
—Exacto —dijo Laly , entusiasmada—. Existe el amor-raíz, que es el de la familia, el que te sostiene sin que te des cuenta. El amor-flor, efímero y deslumbrante como los primeros romances. Y el amor-sombra, como el de los buenos amigos, que no te exige nada y te refresca en los días más duros. El amor de las hoas del otonño, de esos amigo de un tiempo del camino y que despues volveram a reverdecer cuando llega la primavera. Son especies distintas, pero todas beben de la misma corriente subterránea.
Leugim guardó silencio un momento. La luz del atardecer se filtraba entre las ramas, dibujando filigranas de oro sobre la tierra. Lanzó la última pregunta, la que más le costaba descifrar.
—¿Y el amor más sublime, Laly ? ¿Dónde se expresa? ¿En los versos? ¿En el sacrificio? ¿En ese primer beso que se queda grabado para siempre en la memoria?
Laly  negó suavemente con la cabeza y se levantó, sacudiéndose las manos. Caminó un par de pasos y acarició una de las hojas perennes del drago.
—El amor más sublime se expresa en la libertad y en la distancia asumida.
Se giró para mirarlo a los ojos.
—¿Por qué? Porque el amor humano suele ser egoísta; busca la cercanía, el tacto, la confirmación constante. Pero el amor sublime es aquel que es capaz de desearle la luz al otro, de abrazarlo con el pensamiento, incluso cuando el destino o la geografía imponen un invierno de ausencias. Se expresa en ese instante donde dejas de necesitar que el otro esté físicamente para que su existencia siga encendiendo tu cielo. Es sublime porque no exige presencia para ser verdadero. Es como este árbol, Leugim, no necesita tocar las nubes para saber que el cielo existe; le basta con estirarse hacia él.
Laly se despidió con un gesto ligero y regresó a su casa.
Leugim  se quedó solo bajo el drago. El viento sopló con un leve susurro, trayendo el aroma de la tierra húmeda. Abrió de nuevo su libreta y, esta vez, el bolígrafo se deslizó sin esfuerzo, como si las respuestas hubieran estado siempre allí, esperando a que el ruido del mundo se calmara para dejarse escuchar.
Lange Aguiar junio 2926

Comentarios

Anónimo
Precioso
Anónimo
Muchas gracias.

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