Cuando mi hija mayor era pequeña le compré un Tamagotchi. Acababan de aparecer y aquello era toda una novedad: una mascota que vivía dentro de un huevo de plástico y a la que había que alimentar, entretener y, por lo visto, hasta acostar.

Como estaba en el colegio, decidí leerme las instrucciones para explicarle cómo funcionaba cuando llegara a casa. Una madre previsora, para qué iba a esperar a que la niña descubriera por sí misma los misterios de aquel sofisticadísimo aparato si podía recibir una clase magistral nada más llegar.

Todo iba razonablemente bien hasta que llegué a la hora de dormir. Las instrucciones decían algo parecido a: «Si quiere que se duerma, apague la luz y déjelo descansar». Apagué la luz de la habitación y salí. Así, sin más.

No recuerdo cuántos pasos di, pero calculo que llegué a mitad del pasillo cuando algo dentro de mi cabeza debió de hacer contacto. Me paré, volví a la habitación, encendí la luz y miré a aquel pequeño monstruo. No puedo asegurarlo, pero juraría que se estaba riendo de mí. Naturalmente, había que apagar la luz en el Tamagotchi, no dejar una habitación entera a oscuras para que descansara un puñado de píxeles.

Han pasado muchos años y la historia ha sobrevivido, como todas aquellas que permiten reírse de alguien en una familia. A veces la recuerdo cuando pienso en la velocidad con la que hemos tenido que aprender a convivir con la tecnología.

No hace tanto, si estábamos fuera de casa y necesitábamos llamar a alguien, buscábamos una cabina. Había que llevar monedas y procurar no alargar demasiado la conversación, porque desaparecían a una velocidad preocupante. Fuera esperaba pacientemente el siguiente, aunque, según pasaban los minutos, aquella paciencia se le iba notando cada vez menos. Allí estaba también la enorme guía telefónica, muchas veces atada con una cuerda, en la que encontrábamos el nombre, los apellidos, el teléfono y hasta la dirección de cualquiera. ¿La protección de datos estaría todavía por inventar?

Si habíamos quedado con alguien y no aparecía, esperábamos. No existía el mensaje de «llego en cinco minutos» ni había forma de comprobar si esos cinco minutos eran reales o una declaración de buenas intenciones.

También comprábamos enciclopedias a plazos para ayudar a nuestros hijos con los trabajos del colegio. Mi madre, en cambio, aprendió buena parte de lo que sabe en un solo libro. Todavía hoy puedo preguntarle por algo que estuviera en aquellas páginas y me responde casi con las mismas palabras con las que lo estudió. Aquello pasó del papel a su cabeza y allí sigue.

Nosotros llenamos estanterías; ahora guardamos terabytes de información en lugares que llamamos «la nube», como si todos supiéramos perfectamente dónde está. Tenemos cualquier respuesta a un clic y, sin embargo, a menudo copiamos, pegamos y reenviamos sin terminar de leer. Mi madre conserva en la memoria lo que aprendió de un libro; yo, algunos días, no recuerdo ni dónde he guardado el documento que descargué hace cinco minutos.

Que conste que no añoro las enciclopedias ni las monedas de las cabinas. Me parece extraordinario poder hablar cara a cara con alguien que está a miles de kilómetros o adaptar una receta a lo que queda en la nevera. Precisamente por eso me empeño en que las personas mayores pierdan el miedo a la tecnología. No para que estén al día de cada novedad, sino para que puedan aprovechar lo que de verdad les sirve.

Entiendo sus reparos. Hemos pasado del señor que atendía detrás de un mostrador a una contraseña que necesita una mayúscula, una minúscula, un número y casi el grupo sanguíneo. Cuando por fin la recordamos, llega un código al móvil que caduca antes de que encontremos las gafas. Después aparece el mensaje de que la sesión ha expirado. Hay días en que yo también echo de menos al señor del mostrador.

Lo que me preocupa no es que alguien no sepa descargar una aplicación. Es la impaciencia con la que a veces respondemos cuando pregunta por tercera vez dónde tiene que tocar. Se nos olvida que nadie nació sabiendo y que lo que para nosotros es un gesto automático para otra persona puede ser una puerta cerrada. Yo, desde luego, no estoy en condiciones de dar lecciones: dejé a oscuras una habitación para que durmiera un Tamagotchi.

Pienso en alguien que apenas puede salir de casa, o ni siquiera de su habitación, y que una tarde consigue ver a un nieto por videollamada. No habrá cambiado el tamaño de esas cuatro paredes, pero durante un rato el mundo se habrá acercado. Una pantalla no sustituye un abrazo, por supuesto, aunque a veces abre una ventana donde antes solo había una pared. Sería absurdo cerrar los ojos a todo eso por miedo a lo desconocido.

Ahora ha llegado la inteligencia artificial, con sus posibilidades y sus dudas. Podemos pedirle ayuda para comprender algo que no sabemos, pero también podemos acostumbrarnos a aceptar la primera respuesta sin comprobarla. Quizá ese sea nuestro problema: tenemos cada vez más herramientas para encontrar información y no siempre nos detenemos a pensar qué hacemos con ella.

Me gustaría que la tecnología nos facilitara la vida sin convertirnos en espectadores distraídos ni dejar fuera a quienes necesitan que alguien se siente a su lado y les explique, con un poco de paciencia, dónde tienen que tocar. Tampoco hace falta entenderlo todo. Después de todo, yo empecé mi relación con la tecnología apagando la luz de una habitación para que durmiera un Tamagotchi.

Al menos me di cuenta antes de llegar al final del pasillo.

Comentarios

Anónimo
En esta ocasión,hasta me has hecho reír!!!!Muy buena reflexión.
Ole tú!
Anónimo
Maravillosa exposición de la tecnología con sus recuerdos, comienzos y necesidades.
Ana, me encanta.
Gracias por estas letras.
Anónimo
Fantástico!

Añadir nuevo comentario