
Cuando un acto de aparente legalidad pretende hacer justicia manchando para ello la inocencia de los supuestos culpables, algo nos dice que en realidad no es justo. La dimensión humana y las circunstancias particulares deben ser tenidas en cuenta; es la diferencia entre un mundo habitado por personas capaces de sentir y de amar frente a un mundo frío de robots e inteligencia artificial. Por suerte, en ocasiones la vida da una lección, poniendo a cada uno en su sitio para satisfacción de los inocentes acusados. Estos no tienen una intención maliciosa, como la del acusador, por ello en estos casos podemos hablar de una verdadera justicia universal.
Pongámonos en situación: años setenta, en un hotel de Playa de las Américas a las nueve de la mañana. Un desfile en disminución de estatura cruza feliz por delante de la recepción; al frente, nuestro querido “Tío Chito” el director de la operación. Le siguen tres primos adolescentes y otros dos primos niños, todos vestidos para la ocasión de blanco y pantalón corto con raqueta en mano como tenistas que se precien. El desfile parece de película, hoy sería viral en las redes, pero solo reflejaba pureza e inocencia, ilusión emocionada de una familia liderada por un tío muy especial. Este ritual tenista formaba parte del veraneo tradicional y no podía faltar, daba igual que ninguno jugara mínimamente bien al tenis; era la época de los grandes tenistas que aficionaron a las capas populares como Borg, McEnroe, Lendl… a los que muchos imitaban como podían.
Esta rutina feliz veraniega se vio interrumpida un día para sorpresa de los ingenuos tenistas por la llegada a la cancha del director del hotel acompañado del acusador, un empleado que en su afán de hacer méritos fue capaz de hacer una vileza en nombre de la legalidad. Fue también el encargado de dar la cara ante los asustados culpables. El delito era haber empezado a jugar desde una hora antes de la hora contratada, que era a las diez. Con unas canchas vacías, la familia no había perjudicado a nadie ni se le ocurriría, por supuesto.
―Es que ustedes están aquí desde las nueve y han reservado a las diez
Todos estábamos en un apuro, habíamos sido cogidos “in fraganti”, no había escapatoria dentro de la legalidad, nuestro tío quedó bloqueado un segundo mientras en su interior se gestaba la respuesta que guardamos como inolvidable hasta la actualidad:
―Mire joven, nosotros, como no sabemos mucho, venimos siempre un ratito antes para “pelotiar”, un cuartito de hora… veinte minutos… ahora, ¡si le parece mal…!
Cuando miramos, el director había desaparecido y el pelota acusador no sabía cómo actuar, retrocediendo avergonzado tras los pasos de su jefe.
A veces, la humanidad y nobleza es más importante que juzgar y acusar a las personas, ¡qué necesaria lección en un mundo con tanta dureza!, ¡gracias, Tío Chito!
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