Sabemos que vamos a morir. Lo sabemos desde que adquirimos conciencia de nuestra fragilidad, aunque casi siempre vivamos como si esa certeza perteneciera a los demás o estuviera demasiado lejos para tenerla en cuenta. La muerte aparece en nuestras conversaciones como una noticia, una desgracia o una despedida, pero rara vez como una pregunta dirigida a nuestra propia manera de vivir.

Quizá nos cuesta mirarla porque nos recuerda que el tiempo no es una propiedad, sino una oportunidad limitada. Preferimos apartar esa verdad, llenar los días de obligaciones y refugiarnos en la velocidad. Corremos, producimos, discutimos, acumulamos y aplazamos. Dejamos para más adelante la conversación pendiente, el abrazo, el descanso, el paseo, la reconciliación o aquella decisión que podría acercarnos a la vida que realmente deseamos.

Y así, mientras tratamos de no pensar en la muerte, corremos el riesgo de olvidarnos de vivir.

Estar vivo es una condición biológica. Vivir despierto es algo distinto. Significa darnos cuenta de lo que sentimos, observar cómo tratamos a quienes nos rodean y reconocer qué estamos haciendo con el tiempo que se nos ha concedido. Es preguntarnos si nuestras palabras cuidan o hieren, si nuestros actos responden a nuestros valores o únicamente a nuestras prisas, temores y automatismos.

Vivir despiertos no significa mantenernos en alerta permanente ni perseguir una existencia extraordinaria. Tampoco consiste en estar siempre felices, inspirados o en paz. Hay días difíciles, pérdidas que nos atraviesan, enfermedades, incertidumbres y situaciones que escapan a nuestra voluntad. La conciencia no elimina el dolor, pero puede ayudarnos a no atravesarlo completamente ausentes de nosotros mismos.

Despertar es estar presentes también cuando la vida no se parece a lo que habíamos imaginado.

La sociedad reclama constantemente nuestra atención. Una pantalla nos conduce hacia otra; una preocupación sustituye a la anterior; una polémica nos invita a indignarnos antes de haber pensado. Estamos comunicados con medio mundo y, al mismo tiempo, podemos pasar días sin mirar verdaderamente a la persona que tenemos al lado. Sabemos lo que ocurre a miles de kilómetros, pero a veces desconocemos lo que está sucediendo en nuestro propio interior.

El ruido exterior termina convirtiéndose en ruido interno. Y cuando el ruido ocupa todo el espacio, dejamos de escuchar lo esencial.

Tal vez despertar comience por algo tan sencillo como detenernos. Respirar antes de contestar. Escuchar sin preparar inmediatamente una respuesta. Mirar a alguien a los ojos. Caminar sin convertir cada paso en una carrera hacia el siguiente destino. Preguntarnos si aquello que tanto nos preocupa seguirá teniendo importancia dentro de unos años o si estamos sacrificando lo verdaderamente valioso por asuntos que mañana apenas recordaremos.

No son gestos espectaculares, pero la vida se construye precisamente con esas pequeñas decisiones. La forma en que saludamos, la atención que ofrecemos, el cuidado con el que hablamos, el tiempo que dedicamos a quienes amamos y la dignidad con la que tratamos a quien nada puede ofrecernos a cambio. Ahí se revela nuestra manera de estar en el mundo.

Recordar que vamos a morir no debería empujarnos hacia la angustia, sino hacia la claridad. Cuando aceptamos que nuestro paso es limitado, muchas falsas urgencias pierden fuerza. Comprendemos que no todas las discusiones merecen nuestra energía, que tener razón no siempre es más importante que cuidar un vínculo y que el éxito carece de sentido cuando para alcanzarlo tenemos que alejarnos de nosotros mismos.

La muerte ordena las prioridades cuando nos atrevemos a mirarla sin dramatismos. Nos recuerda que ningún reconocimiento sustituye al afecto, que ninguna posesión puede devolvernos el tiempo y que ninguna agenda, por importante que parezca, debería impedirnos habitar nuestra propia vida.

Pero vivir despiertos también implica mirar más allá de nuestra intimidad. La conciencia personal pierde profundidad cuando permanece indiferente ante el sufrimiento de los demás. No podemos hablar de una vida plena ignorando la soledad, la desigualdad, la violencia, el deterioro de nuestro entorno o la desesperación de quienes luchan cada día por sobrevivir.

Despertar es comprender que nuestra vida está vinculada a otras vidas. Que lo que hacemos, compramos, consentimos, defendemos o callamos tiene consecuencias. Que cada persona posee una dignidad que no depende de su procedencia, su pensamiento, su edad, su salud ni su utilidad para el sistema. Estar conscientes no consiste solamente en sentirnos mejor, sino en aprender a convivir mejor.

Quizá no podamos transformar el mundo entero, pero siempre existe un espacio cercano en el que podemos actuar. Podemos cuidar una conversación, acompañar una soledad, revisar un prejuicio, reparar un daño, proteger un árbol, escuchar a quien se siente invisible o negarnos a alimentar el odio. Lo pequeño no es insignificante cuando contiene conciencia. Muchas veces, los grandes cambios comienzan en lugares donde nadie está mirando.

La pregunta, entonces, no es cuánto tiempo nos queda. Nadie puede responderla. La pregunta es con cuánta presencia queremos habitar el tiempo que tenemos.

Puede que mañana continuemos con nuestras obligaciones, nuestros problemas y nuestras incertidumbres. Pero quizá podamos hacerlo de otra manera: un poco menos apresurados, un poco más atentos, algo más compasivos. Reconociendo que cada encuentro puede ser

irrepetible y que la vida no comienza cuando todo esté resuelto. Está sucediendo ahora, incluso en medio de lo incompleto.

Todos vamos a morir. Esa es la certeza.

La elección consiste en decidir si, hasta que ese momento llegue, permaneceremos distraídos de nuestra propia existencia o aprenderemos a vivir con los ojos, la conciencia y el corazón verdaderamente abiertos.

Porque no se trata de vivir más deprisa ni de acumular más experiencias. Se trata de estar presentes en la vida que ya tenemos.

Y de procurar que, cuando llegue la hora de partir, la muerte no nos encuentre esperando todavía el momento de empezar a vivir.

Conclusión de la filosofía MAXIMÍN

La filosofía MAXIMÍN nos invita a vivir con máxima conciencia, máxima responsabilidad y máxima humanidad dentro de un tiempo necesariamente limitado. No propone negar la muerte ni perseguir una vida perfecta, sino convertir la finitud en una guía para elegir mejor: estar presentes, cuidar los vínculos, actuar con dignidad y reconocer que cada decisión afecta a los demás. Vivir MAXIMÍN es no aplazar lo esencial, reducir el ruido que nos distrae y hacer de cada día una oportunidad concreta para despertar, amar y contribuir.

Comentarios

Anónimo
Gracias a todo el equipo de Acte, por el magnífico trabajo que realizan cada mes publicando está bella revista cultural.
Anónimo
Muy acertado. Alguien dijo "intensamente, cotidianamente"
Anónimo
Cuando uno ve la muerte en diferentes edades o circunstancias sin compartir ese otro plano. La misma muerte te enseña a vivir con otros ojos, aunque verlo y casi tocarla o rozarla en personas que amas , te cree tanto aprendizaje. Aprender a vivir ahora. Muy bueno el artículo
Anónimo
Vivir plenamente no significa aferrarse a nadie ni perseguir experiencias a cualquier precio.
Elegir bien a quién dejamos entrar en nuestra vida y disfrutar de las pequeñas cosas sin perder nuestra esencia.
Anónimo
Maravilloso como describes lo que es la vida. Lo que significa parar para disfrutar de cada momento, personas, situaciones que dejamos pasar porque nos dedicamos a vivir con prisas, con rutinas, sin mirar más allá.
Como yo suelo decir: vivimos dos días, y uno está lloviendo. Disfrutemos cada segundo con lo que realmente nos proporciona felicidad. Con los momentos maravillosos junto a los que están en nuestras vidas.
Anónimo
Esa ens la certeza, pero cuánto nos cuesta aceptarla. Abrazo apretado, amigo querido.
Anónimo
Magnífica reflexión; porque a menudo lo urgente no deja paso a lo importante.
Anónimo
Me ha encantado esta reflexión de la vida. La importancia de estar presentes disfrutando y valorando cada instante. Sabías palabras, sabios consejos, muchas gracias Esteban por tu maravillosa escritura.
Anónimo
Magnífico ! Muchas gracias .
Anónimo
Hoy no queremos estar despierto,huimos a esa realidad porque implicaría dar la mano al otro .Vivimos desde la prisa.
Anónimo
Qué buena definición de lo que es vivir. Y qué difícil llevarlo a la práctica y qué pronto se nos olvida. Debería convertirse en la Oracion de la mañana para ver si por fin despertamos.
Un fuerte abrazo y que así sea.
Anónimo
Cuanta luz en la filosofía Maximin.
Si. Vivir no sólo en mi sino también en el otro, otra, con los que compartes tu existencia ( ya sea cerquita o no tanto) te vincula y te expande a la vida más allá de la de cada uno. A la conciencia suprema. Eso es para mí vivir y Maximin te lo deja clarito.
Gran abrazo amigo Esteban y a todas y todos los que se incluyen en el abrazo supremo
Anónimo
Muchísimas gracias por comentarios tan asertivos. Hecho de menos el no identificar el nombre de las personas que los expresan.
Anónimo
Muchísimas gracias por comentarios tan asertivos. Hecho de menos el no identificar el nombre de las personas que los expresan.

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