Toda esa gente dando gritos de alegría y moviéndose de aquí para allá me tiene la cabeza trastornada. Me gusta estar tranquila, sin aspavientos ni voceríos. No me importa que cada uno se divierta a su manera, mientras no se metan conmigo. Creo que la tranquilidad es lo que me mantiene sana y de acuerdo con el mundo extraño y ajeno que me rodea desde que amanece hasta que me he de ir a la cama. Aunque tampoco me gustan mucho esos pinchazos que me meten de vez en cuando en las nalgas o en el brazo. Me gusta el rostro de aquella mujer que me da de comer cuando no tengo apetito. Pero es demasiado sosa la comida, ni que estuviera enferma del estómago o tuviera yo la tensión alta. Ay, cómo son las personas, tan distintas unas de otras, pero que obstinadas son en sus hábitos y costumbres. Ya no me molesta tanto el ruido. Ahora está aquél de los cabellos canosos tocando el piano del salón. Ah, pues mira, no lo hace tan mal. Me parece que reconozco esa canción. Ahora se le unen dos más, un saxofón y una guitarra, pero no reconozco a esos músicos. El del piano es un buen hombre que a veces viene a auscultarme y mirarme la tensión. Yo siempre lo miro como si fuera la primera vez, porque en verdad es lo que me parece, pero sé que lo conozco de algo, aunque no recuerdo de qué. Ahora se me acerca una cara muy sonriente con un paquete entre las manos. Me sonríe y me da un beso. Le acompañan dos jovencitas muy agradables, pero con rictus en los labios de estar incómodas. No me gusta que obliguen a los niños a hacer lo que no quieren. Mis padres jamás me obligaron a nada, también porque yo era muy obediente y juiciosa. Me gustaba jugar a las casitas con mis amigas. Hacíamos de comer y cuidábamos a nuestros hijos. ¿Habré tenido yo hijos de mayor? ¿Pero qué edad tengo? ¿Y tendré yo acaso edad o es que no estoy viva? Ah, claro que lo estoy porque miro mis brazos y mi vestido y esta cara que me mira y me habla, y me besuquea todo el rostro y me cuenta tantas cosas al oído. ¡Pero si yo no estoy sorda, solo que a veces se me olvida alguna que otra cosa! En verdad más cosas de las que quisiera, pero de mi niñez me acuerdo de todo y, como mis padres vienen casi todos los días a comer conmigo y a pasear por el jardín, es lógico que no me olvide de la niñez. Es tan bonita la niñez y recibe una mientras es niña tanto cariño. ¿Pero qué quiera esta mujer de mí, por qué me besuquea tanto? A ver, voy a mirarla bien a ver si me entero de algo. Ah, sí, me da la impresión de que la conozco de algo… ¡Pues claro, si es mi hija Carmen! ¿Pero dónde se había metido? Ah, y estas jóvenes son mis nietitas, ¡qué lindas están ya y qué crecidas. ¿Qué me dice? Ya la oigo, ¡feliz Navidad, Mamá!, me dice feliz navidad… Ya entiendo, por eso el doctor está tocando el piano y las enfermeras bailan con los residentes pegando saltos. Pero si no sabe ninguno bailar. Yo sí que bailaba como un trompo. Qué alegría tan grande pasar la Navidad con mi hija Carmen y mis nietecitas… Me encantaría poder levantarme y ponerme a bailar, pero no sé yo si es que tendré fuerzas para tanto. Se lo voy a decir a mi hija Carmen.

―Carmen…

―Mamá, ¿me reconoces? ¡Qué alegría! Hemos venido a felicitarte la Navidad. ¿Ves a tus nietas, están hechas unas mujeres ya! Y vino Luisito, ¿te acuerdas de él? Está en Nueva York haciendo un máster de virtuosismo de piano… Y está tocando para ti…

― ¿Aquél del pelo blanco no es mi doctor?

―No, mamá, es Luisito, aunque joven aún sacó el pelo blanco a papá. Pero eso lo hace más interesante, ¿No crees? Tu nieto mayor no quería perderse este día de estar junto a ti, y te estaba tocando tu canción preferida de la Navidad…

―Ah, sí, Noche de Paz…

―Eso mamá. Noche de Paz.

― ¿Y usted quién es? Me parece reconocerla, pero no sé quién es…

―Ay, mamá, ya te fuiste… Tres minutos no son suficientes para decirte todo lo que hubiese querido. Que te quiero mucho, te queremos mucho, todos te queremos mucho… ¡A qué poco me saben tus tres minutos, mamá!

―Ay, sí señora, si señora, el amor es lo más importante de la vida. Si yo le contara…

―Cuénteme, por favor, aquí estoy para escucharla. Cuénteme, cuénteme…

―Pues mire usted…

¿Pero qué son esas nubes y los pajaritos que se elevan? La habitación se va y ya no me molestan estas gentes. Yo siempre he dicho que la tranquilidad es muy importante… Otra vez esta señora me está hablando al oído, pero no me importa. Aunque prefiero quedarme con mis pensamientos…

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