
EN RECUERDO DE ALBERTINE DE ORLEANS
Somos amigas desde hace muchos años. Ya no recuerdo cuántos. Es como si hubiera estado en mi vida desde siempre.
Mil veces he dado gracias al universo por aquel día en que la vida la trajo hasta mí, en aquel hotel de Santa Cruz, cercano al Parque García Sanabria, donde se gestaba una de las primeras antologías de ADOC.
Poco hacía prever que aquella señora empresaria, elegantemente arreglada y un tanto distante, presidenta de una importante asociación cultural de Gran Canaria y mecenas del arte, acabaría siendo, con el tiempo, algo más que una amiga: casi una hermana para mí.
Los años fueron pasando y nuestra amistad consolidándose con cada encuentro, con cada proyecto compartido, con cada libro publicado, con cada evento realizado codo a codo.
Con el tiempo aprendí a quererla, a comprender sus porqués, a valorar su camino y su esfuerzo, pero, sobre todo, a admirarla como nunca antes había admirado a una mujer por la solidez de sus convicciones.
Tengo el honor de haber publicado libros propios en las colecciones de ADOC en dos ocasiones, apoyando con esos libros solidarios su proyecto editorial.
Cuando le hablé de mi propósito de crear una asociación cultural tinerfeña de escritores, no dudó en ponerse a mi disposición para todo lo que necesitara. De hecho, es la socia número 50 de ACTE y una de las primeras en inscribirse a pesar de residir en otra isla.
Permaneció a nuestro lado a lo largo de todo este tiempo, ejerciendo como Delegada en Gran Canaria.
Colaborando con nuestra asociación mediante sus aportaciones a la revista Canarias Literaria, pero también nos ayudó desde el Comité Gestor en los eventos realizados tanto en Gran Canaria como en Tenerife. Además, durante la última etapa, fue directora de la colección Chipeque.
Nunca formó parte de la directiva porque no quiso, ella decía que no necesitaba un cargo ni “salir en la foto” para ayudarnos en todo lo que pudiera y así lo demostró.
Su generosidad llegó incluso a traducirse en aportaciones económicas para los encuentros que celebrábamos en el Puerto de la Cruz durante los primeros años en nombre de ADOC, la asociación que presidía y que estaba hermanada con ACTE.
Albertine de Orleans, mujer extraordinaria y figura emblemática de la cultura en Gran Canaria, siempre estaba ahí para ayudar en todo lo que se necesitara. Su deseo de impulsar la cultura en las islas parecía no tener fin.
¡Cuántas horas pasamos en su casa o en la mía compartiendo proyectos y problemas, buscando soluciones conjuntas y soñando con una sociedad mejor y más solidaria! Tiradas en su sofá o en el mío durante horas, sin quitarnos el pijama, nos perdíamos en divagaciones sobre todo lo que podríamos hacer para impulsar la cultura y ayudar a quienes iniciaban su andadura por el sendero de las letras en las islas.
En este aciago mes de octubre, decidió abandonar la lucha y partir hacia otros universos. Quizá cansada de lidiar con los molinos de viento. Tal vez exhausta o asqueada por tanta desidia de los seres humanos que poblamos un planeta que castigamos sin piedad.
En todo caso, el mundo de la cultura canaria se queda sin uno de sus mayores baluartes. Mucha gente la llora en silencio, o directamente en las redes sociales, y recuerda los mil momentos felices compartidos con ella aquí y allá.
Y yo me he quedado sola en el sofá donde planificamos nuestro próximo viaje al Algarve, en pijama, con un té en la mano y echándola de menos. ¿Con quién voy a compartir ahora mi próxima locura para que guíe mis pasos?
Marcha tranquila amiga mía. De llevar tus poemas al Algarve y dejarlos libres en alguna plaza, junto con los míos, me ocuparé yo.
Hasta pronto.
Luisa Chico
Presidenta honoraria de ACTE

Edición: Rosa Galdona y José Luis Regojo
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