

El amor en los tiempos de Trump y receta “indian pudding”
Cada 14 de febrero se nos invita a celebrar el amor envuelto en corazones, flores y promesas edulcoradas. Pero mientras el calendario insiste en lo romántico, el mundo parece empeñado en recordarnos otra cosa bien distinta: que el amor, entendido como cuidado, respeto y dignidad humana, cotiza cada vez más bajo en la política internacional. Lejos de aprender, el planeta parece dar marcha atrás. Como si la Historia no hubiera dejado suficientes cicatrices, volvemos a ver cómo se normaliza el imperialismo, la ambición territorial y la ley del más fuerte. Fronteras que se tensan, mapas que algunos quieren redibujar a golpe de amenaza y una retórica de poder que huele a naftalina y a siglo XIX.
Me alegro de corazón por los venezolanos que han sufrido años de represión bajo la dictadura de Maduro y han luchado por su dignidad y libertad. La caída de un régimen que ha asfixiado derechos era algo necesario desde hace tiempo. Pero tengamos algo muy claro: la intervención de Estados Unidos no fue un acto altruista para instaurar la democracia, ni un ejercicio de generosidad con un pueblo oprimido. Desde hace décadas, la geopolítica estadounidense ha girado en torno a la influencia y el control de recursos estratégicos, y Venezuela, con sus gigantescas reservas de petróleo, ha estado siempre en ese radar. El discurso oficial puede hablar de lucha contra la dictadura o el narcotráfico, pero el apetito por el “oro negro” y otros recursos naturales ha sido un motor constante de presiones, sanciones y acciones encubiertas en la política venezolana.
Lo verdaderamente inquietante no es solo que esto ocurra, sino que empiece a parecernos inevitable. Y no lo es. Quizá por eso convenga preguntarnos, precisamente en fechas como estas, qué tipo de amor estamos celebrando. Porque el futuro no debería construirse con las herramientas oxidadas del pasado —donde los intereses económicos y estratégicos se esconden bajo banderas de virtud—, sino con un respeto genuino a la autodeterminación de los pueblos y a la justicia global. O aprendemos de la Historia o estaremos condenados a repetirla, pero esta vez con armas más sofisticadas y conciencias mucho más dormidas. Y eso da más miedo que cualquier frontera en disputa.
Por eso, este 14 de febrero, más allá de las parejas, las cenas y las flores, conviene recordar que también existe un amor político y ético: el que se expresa en la defensa de los derechos humanos, en la empatía con los pueblos sometidos y en la negativa a aceptar como normal un mundo gobernado por la fuerza. El amor no es neutral. Nunca lo ha sido.
Por favor, jóvenes: lean. Lean mucho. Y cuestionen todo. No acepten como inmutable un sistema que ya ha demostrado no funcionar. No teman romperlo si es necesario: nada que esté podrido merece ser conservado por costumbre.
La esperanza del mundo no está en las viejas estructuras ni en los discursos gastados, sino en ustedes. Que no les depriman, que no les anulen, que no les roben la alegría ni la capacidad de pensar. Este mundo, tal y como está, ya no nos sirve. Les toca a ustedes imaginarlo distinto… y tener el coraje de construirlo.
Lecturas recomendadas
Leer también es una forma de amar: amar la verdad, el pensamiento crítico y la memoria colectiva. Estas lecturas ayudan a comprender por qué el poder se repite, cómo se disfraza y qué ocurre cuando dejamos de cuestionarlo.
INDIAN PUDDING
Para 8 personas
El indian pudding es una auténtica receta heredada, recogida en un recetario familiar que ha pasado de generación en generación. Como tantas fórmulas tradicionales, fue evolucionando con el tiempo. Su origen está en el hasty pudding inglés, que los colonos americanos adaptaron utilizando harina de maíz en lugar de trigo. El pudding (que en realidad se asemeja más a un bizcocho denso) se endulzaba originalmente con melaza; en esta versión se utiliza jarabe de azúcar moreno, más fácil de encontrar y de sabor profundo y envolvente. Es mucho más sabroso que bonito, por eso se sirve caliente, acompañado de una bola de helado o nata montada para vestirlo un poco.
Ingredientes
Mantequilla ablandada para engrasar el molde
1 litro de leche
110 g de jarabe de azúcar moreno
80 ml de sirope de arce
25 g de azúcar blanco
45 g de mantequilla sin sal
3 g de jengibre molido
2 g de canela molida
3 g de sal
1 g de nuez moscada recién rallada
75 g de harina de maíz
Elaboración
Precalentar el horno a 150 °C. Engrasar generosamente con mantequilla un molde tipo soufflé o una fuente apta para horno de aproximadamente 1,5 litros de capacidad.
En un cazo mediano, mezclar 750 ml de la leche con el jarabe de azúcar moreno, el sirope de arce, el azúcar, la mantequilla, el jengibre, la canela, la sal y la nuez moscada. Llevar a fuego medio hasta que empiece a hervir suavemente.
Mientras tanto, poner la harina de maíz en un bol pequeño y añadir los 250 ml de leche restantes, removiendo bien hasta que quede completamente hidratada.
Incorporar esta mezcla al cazo con la leche caliente, batiendo con varillas. Cocinar durante unos 15 minutos, removiendo con frecuencia, hasta que espese ligeramente.
Verter la mezcla en el molde preparado y alisar la superficie con un cuchillo. Hornear durante 2 horas, o hasta que esté cuajado y dorado en la superficie.
Servir caliente, acompañado de helado o nata montada.
Febrero es un mes de tránsito, de fuegos bajos y despensas contenidas. No es tiempo de abundancia, sino de espera. De ahí que las recetas heredadas cobren un valor especial: no nacieron para deslumbrar, sino para sostener. Este pudding denso y humilde llega desde un cuaderno familiar como llegan las historias importantes, sin prisa y sin adornos, recordándonos que hubo inviernos en los que el calor no estaba en la estufa, sino en la mesa. Cocinarlo hoy es repetir un gesto antiguo, casi íntimo, y aceptar que también la memoria —como los buenos postres— necesita tiempo, silencio y algo de dulzor para cuajar.
Si te ha gustado esta columna, puedes leer la anterior: https://www.actecanarias.es/es/node/2043
Ana Naira Gorrín Navarro.www.ananayragorrin.com
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