
Cuando te das cuenta de que no eres imprescindible

Hay un instante -discreto, casi imperceptible- en el que algo se ordena por dentro. Ocurre cuando comprendes que la vida continúa, aunque no estés presente. Que los engranajes siguen girando, que las conversaciones se dan, que los proyectos avanzan, que el mundo no se detiene esperando tu intervención. Y, lejos de ser una derrota, ese descubrimiento es profundamente liberador.
Nos educaron -sin mala intención- en la idea de tener que ganar todas las apuestas, de demostrar que tenemos razón, de sostener verdades como si fueran propiedades privadas. Así, el yo se tensa, el ego se infla y la vida se vuelve un campo de batalla sutil a veces, otras claramente bélico: competir, convencer, imponerse. Hasta que un día te caes de la higuera: nada de eso es imprescindible.
No lo son las razones.
No lo son las verdades.
No lo es la necesidad de tener la última palabra.
Estamos de paso. La vida, tal como la concebimos en este plano, es finita. Y no hay maletas para lo esencial: no nos llevamos lo material, ni los cargos, ni los logros, ni siquiera las certezas que defendimos con vehemencia. Todo queda. Todo sigue.
Lo verdaderamente importante no es el qué acumulamos, sino el cómo habitamos.
Cómo te relacionas contigo mismo: con tu diálogo interno, con tu exigencia, con tu capacidad de perdonarte.
Cómo te relacionas con los demás: desde la escucha o desde la imposición, desde el cuidado o desde el juicio.
Y, de forma muy especial, cómo te relacionas con el medio ecológico que te sostiene: la tierra, el aire, el agua, los árboles, los ritmos naturales que no necesitan de tu aprobación para existir.
Reconocer que no eres imprescindible coloca al ego en su justa medida. No lo elimina -porque el ego también cumple su función-, pero lo mantiene a raya. Le recuerda que no es el centro del universo, sino un invitado más en una experiencia compartida.
Desde ahí se afina algo esencial: la capacidad de observación. Mirar sin intervenir constantemente. Escuchar sin preparar la respuesta. Estar sin necesidad de protagonizar. Y entonces ocurre el verdadero cambio: empiezas a responder más y reaccionar menos. La vida deja de ser un impulso y se convierte en una elección consciente.
Aceptar que no eres imprescindible no te empequeñece.
Te humaniza.
Te libera.
Y especialmente, te devuelve a lo único que de verdad cuenta: estar presente mientras estás, con humildad, con respeto y con una profunda gratitud por formar parte -aunque sea por un breve instante- de este viaje compartido.

Esteban Rodríguez García
Coach en Gestión Emocional y Mindfulness
Nota: Si te apetece puedes leer mi artículo anterior: https://www.actecanarias.es/index.php/es/node/2096
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