Alma errante

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que asistí a un baile, por eso me vestí con mucha alegría, entusiasmo e ilusión. Arreglé mi cabello, que cedió dócilmente a mis requerimientos, quedando estupendo; el recogido de mi peinado lucía muy elegante. Mi casa estaba preparada para la ocasión; se habían esmerado todos los que trabajan en ella y la decoración hacía que luciera espléndida e iluminada.

A alguien se le había ocurrido la grandiosa idea de abrir todas las ventanas, lo cual me pareció genial porque, mientras me acicalaba, aprovechaba para asomarme de tanto en tanto a través de ellas y aspirar el aroma de los jardines.

Durante la semana podaron los naranjeros, me dio susto porque del patio central, mi lugar preferido es justamente bajo los naranjeros. Corretear entre los árboles, abrazarlos y sentarme a su amparo cuando la nostalgia y la soledad me invaden hace que pase muchos momentos de mi vida junto a ellos, y por nada del mundo permitiría que les hicieran daño.

Los del baile ya habían llegado y también preparaban con entusiasmo sus vestimentas para la ocasión.

Había planchado con esmero para que lucieran vaporosas mis enaguas que, aunque viejas, las conservo en muy buen estado.

Decidí ponerme mi camisa azul con botones en la espalda y cinto en la cintura, la cual guardo para ocasiones especiales, y sin lugar a duda el baile de esta noche era una ocasión muy especial.

Escuché que abrirían las puertas para que muchas personas entraran, como efectivamente sucedió. Era maravilloso ver los corredores y pasillos de mi casa llenos de gente sonriente y amable.

Este lugar donde vivo es muy grande y hermoso, tiene un arco de piedra en la entrada; con acceso directo desde el claustro está la sala que aún conserva el techo con el envigado original tallado; en otros tiempos fue el comedor.

Cuando me apetece, subo a toda prisa la escalera de piedra que conduce a la segunda planta, saltando de dos en dos los escalones, la cual tiene cubierta que reproduce los artesanados de madera canaria.

El que alguna vez fue el dormitorio de mis padres es mi lugar de las lágrimas porque siempre se escapan de mis ojos las veces que entro allí. Hoy hay una serie de objetos en miniatura que no alcanzo a comprender por qué están en esa habitación: juguetes, copias de utensilios de cocina, muñecas de trapo o papel, pequeñas gallinas de madera que se mueven al tirar de una cuerda, balsas, caballos y cabañas; mirarlos produce en mí un enorme vacío que no sabría explicar.

La vieja torre del campanario luce espléndida en noches de luna llena; me encanta contemplarla en esos días desde mi lugar preferido, el patio de los naranjeros.

Las puertas de vieja, pero fuerte madera de tea, rechinan cada vez que se abren o se cierran, por eso me escurro a través de ellas, apenas veo que están abiertas, con lo cual me muevo sin ningún tipo de restricciones por todas las estancias y sin ser percibida.

Mi querido patio de los naranjeros, con sus bellas columnas toscanas, los arcos de piedra, los artesonados mudéjar, cuadrado y ubicado en el centro de esta vieja casona, es un patio interior sembrado de helechos, geranios, hibiscos y ocho flamantes naranjeros que le dan una belleza especial. Tiene cuatro entradas que, semejando caminos de adoquines, desembocan en una rotonda central, rodeándola y protegiendo su vegetación, la convierten en el punto medio del patio. Como ya he dicho, es mi lugar preferido y en incontables ocasiones, desde el amparo de los naranjeros, tirada sobre la mullida vegetación, contemplo el cielo que entre sus ramas logro atrapar.

Entré un momento en la habitación donde nací y justo cuando me senté en el alféizar de la ventana escuché el llanto de un niño; en ese instante una fría brisa invadió todo el lugar.

Cuando quise ver de dónde provenía aquel llanto, me distraje con las letanías que desde la segunda planta se desparramaban por toda la casa; los cánticos del rancho de ánima se acercaban con paso lento y ceremonial. Una vez terminada la procesión de los cantadores, pude ver a la joven madre con su recién nacido en brazos sentada en el patio de los naranjeros, y al vaivén de la mecedora que los albergaba, escuché el maternal arrorró que le cantaba a su recién concebido hijo y que hipnotizó a todos los presentes.

Distraída por aquella encantadora escena, no me había dado cuenta de que los bailadores y cantadores ya estaban ubicados en sus posiciones, preparados para dar comienzo al baile y celebrar el nacimiento de la criatura.

Sin más dilación, me ubiqué en el lugar más conveniente que me permitió cumplir más tarde con el cometido de integrarme al baile. Fue maravilloso dejarme llevar por los acordes de folías, malagueñas, tanganillos, seguidillas y saltonas. Y aunque en algún momento me invadió la felicidad, esa extraña incertidumbre que no me abandonaba nunca estaba ahí como siempre.

No sé si fue el desgarrador grito de aquella descompuesta madre o el mortuorio silencio de la inerte criatura lo que fracturó la noche.

Ante aquel incomprensible y nefasto acontecimiento, elevé mi mirada al cielo, que se topó con una potente y enorme luna llena que abarcó todo mi ser. Parecía que aquella luna, ejerciendo un absoluto poder sobre mí, me había hecho entrar en otra dimensión.

No alcanzo a comprender en su totalidad lo que aconteció después.

Inmersos en el baile del tajaraste al niño muerto, los bailadores con un rictus de dolor en sus semblantes no daban crédito al giro que habían tomado los acontecimientos; pareciera que con su baile les había tocado esa noche hacer una reverencia al mismo tiempo a dos momentos trascendentes en la existencia del ser humano: la celebración del nacimiento a la vida y la ceremonia por la llegada de la muerte.

La muerte, tan cercana. La muerte nos abarca, aunque pretendamos no darnos cuenta.

Me senté al pie de uno de los naranjeros porque sentí que mis fuerzas flaqueaban; se alejaba el sonido de las chácaras y los tambores, y entre mis brazos el recién nacido dormía el sueño eterno que otorga la muerte. Un llanto desconsolado que no me pertenecía se diluía con el viento que comenzó a soplar fuerte.

Comencé a tiritar de frío y una ligera llovizna lo cubrió todo.

Desvaneciéndose en la espesa bruma que comenzaba a invadir el patio de los naranjeros, la imagen de los bailadores fue desapareciendo de mi vista.

Las almas errantes que divagaban a mi alrededor se llevaron al niño muerto; a lo lejos pude divisar a mis padres que me llamaban con insistente tristeza, pero un espeso sueño se apoderó de mí.

Cuando desperté, todo estaba en silencio; elevé mi mirada al cielo y una potente y enorme luna llena lo abarcó todo.

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