Nunca le pediré al otoño que venga a deshojar la primavera

Hoy, mis queridos lectores, les presento al escritor grancanario José Juan Mújica Villegas, nacido en Tamaraceite, Las Palmas de Gran Canaria,  en el año 1949. Entre sus hobbys más preciados está el teatro, que él considera mucho más que un pasatiempo. Es una forma de arte escénica que combina actuación, música y diseño. Un arte donde ha participado en todas sus diversidades: escritor, actor en tiempos pasados y también como director.

  —José Juan, amigo: Hagamos una pausa en el ruido del día para encontrarnos. Te propongo que compartamos el pan y las palabras sin más prisa que la que dicte una buena charla. ¿Me acompañas a almorzar hoy en el Restaurante Rígolo? Te encantará.

—Por supuesto, Aurelio, me parece una idea excelente.

 Saborear la comida en Rígolo es un deleite de otro nivel. Siempre lo recomiendo a nuestros visitantes, por lo que la ocasión nos hizo cambiar el potaje de berros de la Villa del agua por la magnífica comida italiana de la calle Travieso número 27, en las cercanías de Triana. Desde que cruzamos la puerta, como siempre, el trato fue excepcional y acogedor. Aunque mi interés era principalmente pasar un buen rato y también que nuestros lectores conozcan a nuestro invitado de hoy. Un escritor con un considerable bagaje literario.

 —¿Qué te llevó a escribir literatura?

—Nacer. Y luego crecer unos seis o siete años. Lo tuve fácil porque a mí de niño me gustaba de todo: jugar a pistoleros, piratas, romanos... Fui Superman, El Capitán Trueno, El Guerrero del Antifaz, El Capitán Coraje, Sigurd el Vikingo y tantos otros. Esas publicaciones me abrieron pronto la puerta a un mayor interés por la lectura.  Además, el fútbol, los juegos o la tiradera y de todo eso me fue saliendo el testigo de tantas cosas de niños que me llevaron pronto a la imaginación experimentada y, en consecuencia, a ratos de papel y lápiz; todo eso, origen de un precoz gusto por la escritura.

—¿Qué género lees y escribes? ¿Por qué?  

 —Me complace ser capaz de atreverme con cosas variadas y distintas. Me suelo mover entre novela, cuento, humor, teatro y poesía. A la hora de sentarme a escribir, suelo notar qué género me invita y eso me da pie en cada momento a decidirme por una opción u otra. Son los géneros que leo también los que escribo, elijo las expectativas y las propuestas que me atraen y, aunque trato de ser diverso, nunca intento ir más allá de mis horizontes. Esa puede ser la razón del porqué preguntado.

—¿Cuáles son tus poetas y novelistas favoritos?

—Hernández, Machado, Lorca, Alberti, Storni, Morales o Neruda entre cientos de poetas. Hardy, Chejov, Galdós, Sharpe, Zweig o García Márquez, entre muchos narradores.

—¿Cuáles son tus libros favoritos?

—No son sólo los que digo ahora mis títulos favoritos. Para un lector, los libros favoritos deben ser muchos. Entre los  que me han admirado, los primeros en venirme a la cabeza en este momento podrían ser: Lejos del mundanal ruido, La conjura de los necios, Muerte en Venecia, Niebla, El Gatopardo, El corazón es un cazador solitario, Las aventuras del buen soldado Svejk...

Quisiera preguntarte sobre tu rutina y hábitos en la escritura.

Creo que lo que debe ocurrir en cada cabeza a la hora de sentarse a escribir debe ser hasta cierto punto parecido. Ciertas pequeñas diferencias podrían estar en el modo de concebir las ideas, la trama, el desarrollo, el relato... Hay magníficos escritores que viajan para conocer e imaginar un sinfín de opciones; habrá otros muchos que idearán sus historias de mil modos distintos. Yo, en la rutina diaria, pienso, me fijo en detalles, analizo pormenores y, desde mi mente, voy construyendo la historia inventada que pienso relatar. Mi modo tal vez sea demasiado simple.

—¿Quién impulsó tu historia como escritor?

Puedo decirte que eso no lo tengo nada claro. Los orígenes se me difuminan en un tiempo lejano. Aunque tengo una anécdota que sí que podría contemplarse como un punto de partida posible. Yo podría tener entonces unos siete, ocho años. Fue un día de Reyes en que me regalaron dentro de un envoltorio de papel brillante una novela: El último mohicano de Fenimore Cooper. Fue un temprano punto de inflexión que me llevó después a los escenarios de Verne, Twain o Salgari.

 —¿Cuántas obras literarias tienes pendientes de publicar?

 —Me restan algunos títulos por publicar, pero no debe quedarme ya mucho por escribir. En ese sentido, ya creo haber llegado casi al final del camino. Intentaré ir poco a poco editando los títulos que aguardan, poco más y me quedaré satisfecho.

 —¿Has cambiado algún final después de haber terminado una obra?

Alguna vez he pulido algún detalle que me pudiese haber parecido oportuno o conveniente, pero sin alterar la forma construida una vez ya acabada la novela.

—¿Ebook o papel?

Papel.

—¿Cuánto suele durar tu proceso de documentación?

—Eso depende de las exigencias que yo mismo me haya puesto para pensar, construir y desarrollar una historia. En ninguno de mis trabajos se guarda un necesario paralelismo con cualquier otro. Eso lo dictan muchas circunstancias. En teatro, novela o poesía, como en todo lo demás, cada obra lleva sus propias singularidades y exigencias.

¿Algún consejo a los nuevos escritores?

Aunque, visto desde una perspectiva amateur, pueda tener un cierto bagaje literario, no me atrevo a dar consejos a nadie. No creo estar suficientemente capacitado para eso. Yo nunca tuve la oportunidad de recibir asesoramiento, tal vez porque jamás disfruté la suerte de estar cerca de quien sí podría habérmelos dado. Todo lo más, sí que me atreveré a decir lo primero que hay que ser para tener perspectivas de éxito en el mundo literario: joven. Es una ironía que se me acaba de ocurrir y me parece graciosa y elocuente.

¿Qué tiempo dedicas a escribir?

A veces muchas horas, a veces pocas. Pero la culminación de un libro ha de verse siempre como una obra arquitectónica y eso lleva muchísima dedicación y, por ello, muchísimo tiempo. Escribir precisa horas diarias. Claro, eso sí se parte de la base de que no poseemos la genialidad de Mozart, quien no corregía nada de cuanto escribía.

 Nuestro escritor de hoy es una persona que, cuando comiencen a conocer su obra, podrán averiguar su agudeza literaria. Pero para este menester, yo utilizo un juego peculiar. Dicho juego se llama “Nunca, nunca”, al que nuestro literato contestó casi sin pensar:

 —Nunca dejaría que la I.A. me escribiese una idea, una frase, un verso...

—Nunca leería un libro que estuviese en blanco. Hay libros que, a pesar de estar escritos, tienen todas sus páginas en blanco.

Nunca le pediré al otoño que venga a deshojar la primavera.

No fue gran cantidad de “nuncas”, pero sí de gran profundidad.

Tras los postres, el escritor que presentamos hoy regaló a don Matteo Pierazzoli, propietario del emblemático establecimiento, un gran número de sus publicaciones, lo que don Matteo  agradeció profundamente.

La conversación continuó con un paseo por la calle Triana y, en los alrededores del emblemático Teatro Cuyas, nuestro escritor me invitó a asistir a disfrutar de una obra de teatro: Los Yugoslavos. Fue esta una jornada maravillosa junto al anfitrión de este mes.

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