Chocolate espeso y jerarquías

En la famosa churrería “Hermanos Montesdeoca”, donde los churros salían rectos como soldados y el chocolate tenía fama de arreglar matrimonios, trabajaban dos camareras muy distintas: Beatriz y Zuleima; más conocida como Zule.

Beatriz era un prodigio del oficio. Servía los cafés con una sonrisa exacta —ni demasiado confiada ni sospechosamente amable—, recordaba los nombres de los clientes, el punto justo del azúcar y hasta los dramas personales que se comentaban entre sorbo y sorbo. Cuando Beatriz decía “ahora mismo”, el “ahora” sucedía de verdad. Un don rarísimo.

Zuleima, en cambio, observaba. Observaba con una ceja ligeramente arqueada y un rencor del tamaño de un churro. La misma decidió que si Beatriz podía ser tan buena camarera, ella también. O mejor dicho: podía parecerlo.

Así comenzó la imitación.

Si Beatriz decía: —¿Lo de siempre, Manolo?

Zuleima intervenía apresurada:

—¡Claro, Manolo! Lo… lo de siempre… que es… eh… eso.

Si Beatriz colocaba las tazas alineadas con elegancia, Zuleima las colocaba también, pero tan alineadas que una acabó cayendo al suelo por exceso de parecerlo. La historia de las cajas de bombones quedará para contarla en otra ocasión.

—Es que yo soy muy perfeccionista y comilona —explicaba, mientras barría los restos del desastre.

Beatriz recomendaba churros recién hechos con naturalidad. Zuleima, dos segundos después, gritaba:

—¡CHURROS RECIÉN HECHOS! Aunque llevaran quince minutos enfriándose.

Nadie sabía muy bien a quién intentaba convencer Zuleima de sus méritos. Quizá al dueño que llevaba veinte años sin levantar la vista del periódico. Quizá a los clientes que pedían directamente “que nos atienda Beatriz si no es molestia”. O quizá a sí misma, que cada noche ensayaba sonrisas frente al espejo del baño. ¡Así, así, seguro que así los tendré a todos en el bote!

Un día, corrió el rumor de que Beatriz podría dejar el trabajo en la churrería. Zuleima casi se atraganta de emoción. ¡Por fin!, pensó. Mi momento ha llegado. Pero Beatriz no se fue. Ni se iría jamás. Porque la churrería, de algún modo inexplicable y casi místico, solo funcionaba bien cuando ella estaba allí.

Y Zuleima siguió intentando imitarla, copiando gestos, frases y hasta la forma de sujetar la bandeja sin éxito. Porque el ingenio, el buen hacer y la gracia natural no se copian: se tienen o no se tienen.

Eso sí, nadie podía negar una cosa: gracias a Zuleima, en “Hermanos Montesdeoca” nunca faltaban risas… aunque fueran siempre a su costa. 

© Aurelio V. Lorenzo Casimiso


La tregua de Nochebuena

La mesa estaba preparada desde las siete, aunque nadie tocaba nada hasta que mamá Lola marcara la hora conocida como “cuando lleguen todos”. El mantel navideño —ese que solo sale una vez al año y que Rosa lava varias veces con la intención de borrar los recuerdos del año anterior— cubría la mesa como una tregua temporal. Una tregua frágil. Porque llegaban los cuñados.

El primero en entrar fue Jose, Joseito para todos, con una botella de vino bajo el brazo y una opinión bajo la lengua, siempre a punto de escapar. Saludó fuerte, besó al aire y dejó claro, sin que nadie preguntara, que ese vino era mucho mejor que el del año pasado, aunque nadie recordaba cuál había traído el año pasado. Detrás de él apareció Miguel, el otro cuñado, que no bebía alcohol, no comía gluten, no creía en la Navidad y sospechaba de todo lo que tuviera salsa.

—¿Esto es jamón ibérico o “ibérico”? —preguntó Joseito, arqueando una ceja como si fuera inspector de aduanas.

—Jamón del bueno —respondió la anfitriona, con una sonrisa tensa que ya empezaba a dolerle en las mejillas.

Joseito resopló. —El jamón de verdad ya no existe. Como antes, nada.

Y así, sin encender aún las luces del árbol, se inauguró oficialmente la discusión.

La cena avanzó a trompicones. El pavo salió del horno y con él la inevitable crítica. —Está un poco seco —dijo Miguel.

—Es que el pavo es una construcción cultural —respondió Joseito—. Nadie quiere realmente pavo.

La abuela, que llevaba setenta Navidades comiendo pavo sin cuestionárselo, siguió masticando en silencio, sabía.

En algún punto entre el segundo plato y el postre, Joseito sacó el tema prohibido.

—Porque claro, el problema del país es que la gente ya no quiere trabajar.

El aire se volvió espeso. Miguel dejó el tenedor.

—Eso es un discurso simplista. El verdadero problema es el sistema.

—¿Sistema de qué? —replicó—. Antes, con esfuerzo salías adelante.

Antes también se morían de cosas que hoy se curan con un antibiótico —dijo Miguel, triunfante.

Las miradas se cruzaron. Las copas tintinearon nerviosas. Alguien intentó hablar del clima, otro de fútbol, pero ya era tarde. La conversación había entrado en ese túnel oscuro del que solo se sale a gritos o con el postre.

El niño pequeño de la familia, Diego, preguntó: —¿Papá Noel pelea también?

Nadie supo qué responder.

El momento más tenso llegó con los regalos. Miguel recibió un libro.

—Ah, un libro… —dijo, decepcionado—. Yo soy más de cosas útiles.

Joseito abrió su regalo: una bufanda.

—¿Sabes que la lana no es sostenible? —comentó.

La anfitriona respiró hondo. Contó hasta diez. Contó hasta veinte. Pensó en huir. Pero entonces ocurrió algo inesperado, se fue la luz.

El comedor quedó en penumbra, iluminado solo por las luces intermitentes del árbol. Silencio. Un silencio raro, casi sagrado. Sin Wi-Fi. Sin noticias. Sin argumentos preparados.

—Bueno… —dijo Miguel más bajo—. Esto sí que no pasaba antes.

Joseito soltó una risa involuntaria. Abuela Lola aplaudió despacio.

—Ahora sí parece Navidad.

Y por primera vez en toda la noche, los cuñados se callaron. Comieron turrón con las manos, brindaron con lo que había en las copas y escucharon esas historias que se repiten mil veces. No estaban de acuerdo en nada, pero durante diez minutos compartieron algo raro y valioso: paz.

La luz volvió. La tregua terminó. Pero por un momento, solo por uno, la Nochebuena ganó. 

© Aurelio V. Lorenzo Casimiso

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