Volver a la cotidianidad                                         

Si las fiestas son bienvenidas por lo que suponen de días libres de trabajos fuera de casa, de no tener que estar pendientes de un horario rígido y poder hacer lo que caprichosamente deseemos, también es cierto que cuando estas son largas y estresantes, terminamos deseando volver a la cotidianidad. Es exactamente lo que me ha ocurrido en las fiestas que acabamos de disfrutar: Navidad, Fin de Año y Reyes. Tantos días sin clases para los niños, demasiadas compras obligadas por las costumbres y reglas no escritas en esta sociedad de consumo, muchas de ellas innecesarias; la elección de varios menús especiales para las reuniones familiares; adornar las casas  y competir para que, si es posible, sea la nuestra la que merezca mayor número de alabanzas, ¿y preparar y elegir lo que hemos de llevar a la fiesta de Fin de Año? En fin, toda una serie de trabajos y gastos  innecesarios que nos extenúan física y psicológicamente. 

Ah, pero estas frivolidades no acaban aquí, no bien nos estamos recuperando de tanto ajetreo y adaptándonos de nuevo a la divina rutina, ya tenemos en puertas las fiestas más carnales del calendario de Occidente: los carnavales. Los seguidores de estas fiestas están casi todo el año preparando sus disfraces, ensayando sus bailes y canciones; luego, llegados los días de celebración, no habrá descanso ni cansancio, solo diversión. En Semana Santa habrá tiempo para ello, si es que no nos vamos de viaje.

“Pan y circo”, este dicho es una expresión certera, una estrategia que a los gobiernos  les es muy eficaz para que no se nos ocurra entrometernos en su forma de gobernar y, así, tenernos entretenidos, evitando que exijamos nuestros derechos.

La cotidianidad está infravalorada y, si nos paramos a pensar un poquito, nos daremos cuenta de lo equivocados que estamos. Cuando esta se rompe, no siempre es para darnos alegrías, sino algunos disgustos que siempre quisiéramos evitar. La cotidianidad significa que todo va bien, que no hay sobresaltos, que vivimos días serenos y plácidos. 

Son muchas las razones por las que se puede romper nuestra rutina diaria y son muchas de ellas, la mayoría de las veces, desagradables o muy cansadas. Pensemos en un ingreso hospitalario, la visita de un huésped o simplemente pintar nuestro hogar.

Más detalladamente expondré solo uno: cuando vamos de viaje  de placer, estamos disfrutando de nuevos horizontes, de desconocidos paisajes, de una luz que brilla diferente en esos parajes, donde paladeamos nueva gastronomía y aprendemos otras formas de vivir; asistimos a obras de teatro, visitamos museos y conocemos otras historias, todo muy agradable, pero al llegar a casa, ¿acaso no sentimos el gran alivio de no ser nómada y nos embarga el maravilloso sentimiento de que llegamos a nuestro pedazo de cielo en la Tierra?  

Bendito sea volver a la cotidianidad, siempre es un placer y un descanso, tanto  para el cuerpo como para el alma.

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