Lo inmutable

A veces a don Pedro le asaltaba la nostalgia, consciente de que no todo tiempo pasado fue mejor, pero se envolvía en las vivencias seleccionadas de aquel niño que había asistido al colegio con ilusión, cargado de sueños, siempre rebosante de curiosidad. Don Sebastián, doña Isabel, don Manuel, doña Encarna, don Eusebio, don Pepe… y el entrañable don Antonio que tanto había avivado sus ansias de saber. Acudía a aquellos días azules, a aquellas clases magistrales, mágicas para mitigar los sinsabores del presente, aunque nunca habían minado su vocación.

En aquella ocasión carecía de referentes o no había reparado en ello desde su condición de sustituto. Una etiqueta, esta última, trufada de connotaciones negativas, una condición laboral que te relegaba a ocupar los peldaños más recónditos del centro educativo, ave migratoria, casi invisible. Por entonces sustituía a doña Teresa, adscrita a un departamento amplio, once miembros, con ilustres catedráticos entre ellos. Se sentía diminuto, muy frágil entre tanto portento, carecía de la experiencia necesaria para capear el temporal, ni siquiera para intuirlo.

En la cafetería del centro se distribuía el profesorado por zonas, mesas y sillas con nombres y apellidos. Se lo había advertido Carmen, joven compañera del departamento de Lengua, también sustituta. No se te ocurra ocupar la primera silla que veas vacía, aunque no te dirán nada, eres novato, te radiografiarán de arriba abajo; muy sutilmente te invitarán a abandonar ese sitio. No preguntes nada, cuidado con lo que dices y a quién te acercas; ningún comentario a los conserjes de nadie, aquí las paredes oyen, ya me entiendes. Durante las guardias tampoco te confíes, tú a lo tuyo, los hay muy listos que te cuelgan el muerto con mil argumentos para escaquearse...

Carmen llevaba poco más de un mes en aquel centro educativo subiendo y bajando sus tres plantas, el señor director la había citado a su despacho al menos en tres ocasiones. Prefirió no facilitarle detalles a don Pedro.

Durante las reuniones del departamento se adensaba el ambiente, pareceres muy dispares generaban tensiones que jamás quedaban zanjadas allí. Un grupo de egos descontrolado donde no había hueco para los sustitutos.

A los pocos días, una de las administrativas se lo comunicó a don Pedro, debía pasar por el despacho del director esa misma mañana, antes de que regresase a su casa. Repasó en su cabeza cuanto había hecho en el centro desde su aterrizaje: clases, guardias, reuniones... según su percepción había cumplido con sus deberes escrupulosamente, incluso había ayudado a algunos alumnos durante los recreos con dudas que le habían ido planteando. Siempre cumplidor con los horarios, siempre dispuesto a echar una mano sin que se lo pidiesen... Nada que temer.

Finalizada su última hora de clase, dejó su material en el departamento. Bajó las escaleras hasta la planta principal. Por suerte tuvo que esperar poco frente a la puerta del despacho; de dentro huían retazos de una conversación acalorada, más bien un monólogo.

De repente se abrió la puerta. La aparición de la compañera le sobrecogió: cabizbaja, refrenando el llanto no pudo reparar en don Pedro. Unos segundos más tarde, la atronadora voz del director le conminaba a pasar y cerrar la puerta.

Perdona, Pedro, hay gente que se empeña en ir por libre y eso me saca de quicio, no lo puedo permitir. Aquí formamos todos parte del mismo equipo, y las normas son iguales para todos, ¡sin excepción! Luego me vienen con victimismos, intentando montarme un espectáculo por nimiedades, ¡¡no lo soporto!!...

Se había instalado un incómodo silencio sobre la mesa del director, a don Pedro se le antojaba una barrera insalvable, compacta.

Llevas poco tiempo entre nosotros pero ya me han llegado varios comentarios, aquí me entero de todo, aunque no me veas mucho por los pasillos. Es imprescindible estar bien informado para tomar las decisiones más adecuadas en todo momento, aunque no me gusten, pero siempre pensando en el bien de la comunidad; no es fácil...

Don Pedro no podía apartar de su mente la imagen de Carmen mientras escuchaba el discurso del director, deseoso de que terminase el dilatado preámbulo y le comunicase el motivo real de la citación. Aún tuvo que soportar algunas parrafadas más hasta que desembocó en "te aconsejo, amablemente, que no te acerques a tu compañera Carmen, te va a contar mil y una historias, todas absolutamente tergiversadas, sobre el centro, sobre algunos compañeros..." Concluyó con que no era buena persona, que desgraciadamente su sustitución era de larga duración, quizás todo lo que restaba de curso; que se limitara a desempeñar bien su trabajo, sin crearle problemas innecesarios; si persistes en tu acercamiento a Carmen, volveremos a hablar con otros términos, Pedro. No te busques problemas, como te diría Lázaro de Tormes, acércate a la gente de bien para llegar a buen puerto.

Don Pedro se limitó a asentir con la cabeza, persistía la imagen de Carmen en su cabeza cuando cerró la puerta.

Al día siguiente no se presentó Carmen en el centro. Desconocía su dirección, no tenía su número de teléfono. Se lo pediría en cuanto se vieran de nuevo.

Sí apareció al segundo día, cruzaron las miradas hasta que en la reunión del departamento, emulando a los alumnos, mientras los demás se enzarzaban en las habituales y estériles discusiones, se comunicaron intercambiando mensajes escritos bajo la mesa. Nadie nunca reparaba en ellos. Se vieron por la tarde, lejos del centro educativo.

No quiero que te perjudique esto, Pedro. Has demostrado ser muy buen compañero, buena gente; yo no encajo en este instituto, no puedo hacerme la ciega y la muda ante tantos favoritismos, tantos lameculos. Sé que estoy de paso, que poco o nada pinto aquí... pero me parecen tan injustas algunas situaciones que lo menos que puedo hacer es soltar en plan irónico algún comentario; soy tan ingenua, creo que no va a ir más allá de una risa puntual... Me está crucificando el señor director desde el principio, se comporta como un dictador, nunca se aviene a razones, jamás me ha escuchado... y todo porque nunca formo parte de su séquito.

No necesitó don Pedro que le expusiera detalles. Accedió al ruego de Carmen de verse siempre fuera del centro, en diferentes lugares, diferentes horas de la tarde, nada de correos ni llamadas.

Ya en el tercer trimestre, don Pedro, sustituyendo en otro instituto de la isla vecina de Fuerteventura recibió una llamada telefónica al centro. Carmen le comunicó que se encontraba de baja, lo demás continuaba todo igual.

Añadir nuevo comentario