El parque García Sanabria

Para mí, el Parque García Sanabria no era un parque cualquiera. Era casi un mundo entero, un lugar al que siempre se llegaba de la mano de alguien y del que nunca me quería ir.

Recuerdo entrar por la Rambla y sentir que el ruido de los coches se quedaba atrás, como si alguien bajara el volumen de la ciudad. El aire olía distinto allí dentro: a tierra húmeda, a hojas grandes y brillantes, a flores que no sabía nombrar, a ranas que con su canto nos invitaban a visitar su charca.  Los caminos parecían larguísimos cuando yo era pequeña, y cada curva escondía algo nuevo que descubrir.

Me gustaba correr hasta llegar a los columpios, mi lugar favorito por esos años, en los que pasaba, junto a mis hermanos, las largas mañanas de los domingos. También las fuentes eran una de mis paradas obligatorias; me quedaba mirando el agua caer, convencida de que si observaba lo suficiente acabaría viendo algo mágico. A veces mojaba la punta de los dedos, aunque me dijeran que no, solo para sentir el fresquito en la piel. Y pararme delante del reloj de flores para comprobar, como sus manecillas se movían lentamente segundo a segundo, minuto a minuto. Sin olvidarme de la gran tetuda, que dentro de su fuente parecía  vigilar en silencio a los  paseantes de sus dominios. 

Aquellos domingos tan especiales. Íbamos más despacio, sin prisa, y el parque se llenaba de risas, de familias, de niños y niñas que como yo perseguíamos a las palomas sin éxito. Recuerdo comprar las bolsas de millo en los estancos de la esquina, y regar por todo el parque un camino para que las palomas y los pájaros se me acercaran. Y por supuesto foto va, foto viene aprovechando cada rincón cada momento, que nos brindaba el parque para mantener vivos nuestros recuerdos. 

Sobre todo cuando llegaban las fiestas de mayo y el parque cambiaba por completo, convirtiéndose en la casa de los gorgoritos; que año tras año montaban su teatro al aire libre, al lado del reloj de flores para alegrar a grandes y pequeños, que sentados en los escalones a forma de asientos, gritábamos ¡ la bruja, la bruja!.

Cuantos y cuantos recuerdos, llevo guardados en mi mente y sobre todo en mi corazón, que tienen como escenario nuestro emblemático parque.

Con los años, cambié los juegos por paseos largos, las carreras por conversaciones, y hoy cada vez que lo cruzo, todavía reconozco a esa niña que fui: la que aprendió a observar, a escuchar y a querer su ciudad bajo la sombra generosa y profusa del García Sanabria.

Como buena chicharrera, y llegada una edad, busqué en los medios documentación para conocer más su historia, y así he recopilado estos pequeños apuntes, que te ayudaran a conocerlo un poco más.

El Parque García Sanabria no nació de golpe, sino como un sueño verde en una ciudad que, a comienzos del siglo XX, empezaba a crecer deprisa y a necesitar espacios para respirar.

A principios de los años 20, Santa Cruz de Tenerife era una ciudad en transformación. El puerto traía comercio y movimiento, las calles se ensanchaban y la Rambla —entonces un elegante paseo arbolado— se consolidaba como uno de los ejes urbanos más importantes. En ese contexto surgió la idea de crear un gran jardín público, un lugar donde la ciudad pudiera detenerse y encontrarse consigo misma.

El principal impulsor de ese proyecto fue Santiago García Sanabria, alcalde de Santa Cruz. Hombre visionario y profundamente comprometido con el bienestar de la población, entendía que una ciudad moderna no solo necesitaba infraestructuras, sino también belleza, sombra y espacios de convivencia. Sin embargo, el destino fue cruel: García Sanabria falleció en 1923, antes de ver materializado el parque que había imaginado.

Tres años después, en 1926, el parque abrió finalmente sus puertas y lo hizo llevando su nombre, como homenaje permanente a quien lo concibió. Desde el principio fue pensado como un jardín de inspiración clasicista y romántica, con amplios paseos, fuentes, pérgolas, bancos de cerámica y una cuidada selección de especies vegetales, muchas de ellas exóticas, que reflejaban la vocación atlántica de la isla.

Reloj de flores del parque García Sanabria

Con el paso de las décadas, el Parque García Sanabria se convirtió en el corazón verde de Santa Cruz. Generaciones de chicharreros aprendieron a caminar bajo sus laureles de Indias, se refugiaron del calor bajo sus ficus centenarios y convirtieron sus caminos en escenarios de paseos, juegos infantiles y conversaciones al atardecer.

Pero el parque no se quedó anclado en el pasado. En 1973, Santa Cruz celebró la I Exposición Internacional de Escultura en la Calle, y muchas de aquellas obras encontraron su hogar definitivo en el parque y sus alrededores. Desde entonces, el García Sanabria es también un museo al aire libre, donde el arte contemporáneo dialoga con la vegetación y el paisaje urbano.

En el podemos encontrar veintiuna esculturas repartidas entre sus 67.230 metros cuadrados:   SIGNOS DE LO NATURAL (Gonzalo González), FUENTE CENTRAL DE LA FECUNDIDAD- HOMENAJE A D. SANTIAGO GARCÍA SANABRIA (Francisco Borges Salas), MONUMENTO AL GATO (Óscar Domínguez), INTROVERSIÓN (José María Subirachs), SIN TÍTULO (Jaime Cubells), HOMENAJE A GAUDÍ (Eduardo Paolozzi), LAS ESTACIONES DADO PARA 13 (Remigio Mendiburu), HOMENAJE A LAS ISLAS CANARIAS (Pablo Serrano),  HOMENAJE A MILLARES (Claude Viseux), SIN TÍTULO (José Guinovart), HOMENAJE A D. DIEGO CROSA (Nicolás Granados Raimundo), MONUMENTO ALUSIVO AL CLIMA,(José Blasco), SOLIDARIDAD (Mark Macken), ESTELA ESPACIAL (Amadeo Gabino), LABERINTO- HOMENAJE A BORGES (Gustavo Torner), HОМENAJE A D. RAMÓN GIL ROLDÁN (Nicolás Granados Raimundo), SIN TÍTULO (Federico Assler), ADOLESCENTE (Eladio de la Cruz),  HOMENAJE A D. EMILIO CALZADILLA (Jesús María Perdigón Salazar) y HOMENAJE AL DOCTOR GUIGOU ( Francisco Borges Salas).

Hoy, casi un siglo después de su inauguración, el parque sigue vivo. Es memoria y presente a la vez: un lugar donde la historia se mezcla con la rutina diaria, donde el murmullo del agua y el canto de los pájaros, palomas y tórtolas acompañan a quienes lo cruzan. Y, de alguna manera, cada árbol y cada sendero continúan contando la historia de una ciudad que decidió crecer sin olvidar la importancia de la sombra, la calma y la belleza compartida.

Pero de vez en cuando, la música, la cultura y el arte lo convierten en el escenario perfecto en el que se pueden disfrutar de ferias de artesanía y gastronomía, exposiciones florales y de artesanía tradicional (Exposición Regional de Flores, Plantas y Artesanía), y eventos culturales, como la feria del libro, talleres vinculados a la ciencia o las tradiciones canarias. Haciéndose más grande, si cabe, cuando se celebran las fiestas de mayo, en el que se engalana para recibir a cientos de visitantes.

Siempre vivo, siempre presente en las vidas de los chicharreros y chicharreras, aquí sigue impasible esperando vernos de nuevo, esperando como siempre una nueva visita.

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