Elogio de la narración

La narración es la forma humana de comprender y recordar la realidad y la vida. La narración es duradera y produce memoria, es decir, Historia. Por eso, la narración nos hace humanos y nos ayuda a entendernos. Cuando hablo de narración no me refiero solamente a la narración literaria, que también, sino a la narración filosófica.

La narración fundacional de la cultura occidental, La Ilíada de Homero, es tanto un texto literario como filosófico. Gracias a ese texto hemos entendido la naturaleza humana, con sus luces y sus sombras. Las virtudes y los vicios, las actitudes heroicas y las mezquinas, la sinceridad y la hipocresía, la lealtad y la traición, etc. Es decir, todas las características que definen al ser humano.

En los siglos posteriores aparece el pensamiento filosófico propiamente dicho. Esto es, las teorías que pretenden explicar la verdad respecto a la realidad y a la naturaleza humana a través de la razón. El objetivo de la filosofía es la búsqueda de la verdad. Este principio será válido hasta bien entrado el siglo XIX.

En el pensamiento de Nietszche, se inicia lo que se ha llamado “filosofía de la sospecha” acerca de la posibilidad de alcanzar la verdad, que desemboca en la filosofía posmoderna, (Foucault, Derrida, Lyotard, etc.). En dicha filosofía se ha producido una negación sistemática del valor de la teoría, es decir, de la narración, con la pretensión de explicar la realidad y la vida. Ya no se reconoce la Filosofía Moderna como un corpus valioso en la búsqueda de la verdad. Ahora se impone una actitud escéptica, negadora de la legitimidad de la teoría para comprender y explicar la realidad, lo que nos deja en la indefensión del relativismo. Todas las narraciones, teorías, o relatos valen lo mismo. Ya no se puede buscar La Verdad, ahora cada persona tiene su verdad o lo que es lo mismo, ya no hay una narración fiable. La verdad se disuelve en las opiniones.

Si no hay un relato común y unos objetivos comunes de bien común, desembocamos en un individualismo radical que disuelve la ética y nos pone en la situación de lucha de todos contra todos, cada cual defendiendo sus intereses. Volvemos a la situación pre-ilustrada de la que hablaba Hobbes, en la que la democracia es casi imposible de conseguir. Es decir, nos instalamos en la no democracia. Lo que nos sumerge en la confusión más absoluta.

Este es el caldo de cultivo perfecto para la aparición de los influencers, de la post-verdad, de las noticias falsas y de los populismos, que juegan con los miedos de las personas y ofrecen soluciones simplistas y falsas para problemas complejos con la intención de  captar la adhesión de los posibles votantes, y que terminan en políticas autoritarias y mesiánicas de salvadores de la patria de pacotilla. Lo que supone el fin de la democracia y la vuelta a la dictadura.

Creo que vivimos momentos peligrosos en los que se niega credibilidad a toda narración, tanto de la Filosofía como de la investigación contrastada del periodismo clásico e, incluso, de la Ciencia. Y se confía, en cambio, en cualquier afirmación, etiqueta, eslogan o calumnia, transmitida por las “redes sociales” (Facebook, Instagram, X, Tik-Tok, etc.), que no tienen ningún método para indagar en la realidad y que, a veces, ni lo intentan, sino que se mueven por intereses particulares, económicos, políticos, etc.

Ante esta situación, me parece interesante reflexionar y debatir sobre el valor de la narración como medio para ayudarnos a comprender y a comprendernos. Desde la Antigüedad, la Filosofía y la Literatura han compartido la vocación de comprender la vida y la realidad. La Filosofía lo hace a través de hipótesis y teorías y la Literatura a través de historias que ayudan a reflexionar sobre nuestro lugar en el mundo. La Filosofía con la razón y la Literatura con la imaginación. Ambas facultades humanas se complementan y participan en la búsqueda de sentido y en la explicación de la realidad y de la vida.

La llamada “sociedad de la información” se apoya en los datos desnudos que producen una visión cuantitativa de la realidad basada en la suma de datos, que, con mucha frecuencia, produce des-información. Pues, como ya decía Kant, los datos sin razón, es decir, sin narración, sin explicación, son ciegos. El conocimiento no es cuantitativo sino cualitativo. Los datos necesitan explicación e interpretación. La mera suma de datos puede que sea algún tipo de información, pero no es conocimiento.

Los datos se olvidan al instante, son efímeros. Mientras que la narración es duradera, produce memoria. Como dice el pensador Byung-Chul Han “La teoría como narración esboza un orden de cosas que las pone en relación y, de este modo, explica por qué se comportan así”. Desarrolla asociaciones conceptuales que nos permiten comprender las cosas. A diferencia de los macrodatos, nos ofrece la forma suprema de conocimiento, que es la comprensión... En definitiva, el final de la teoría significa la despedida del concepto de espíritu”[1]. El peligro que corremos es caer en una sociedad desalmada, sin espíritu, que se guíe solo por el mercado y por intereses particulares.

En ese tipo de sociedad sin espíritu es fácil el enfrentamiento de unos contra otros, alentado, muchas veces, por las “redes sociales” manejadas por intereses espurios. La sociedad queda a merced de la crispación y de actitudes violentas impulsadas por los mensajes de odio que transmiten las redes y los mensajes instantáneos.

Cada vez nos alejamos más del sueño de Kant en La paz perpetua. Una humanidad sin guerras ni conflictos entre los países porque todos estaríamos regidos por unas leyes comunes. Ya no habría enemigos, porque no habría ellos y nosotros, sino que todos seríamos nosotros.

Por otro lado, así como la información de los datos desnudos no es conocimiento, la comunicación a través de pantallas no es verdadera conexión. En la sociedad de la intercomunicación, a través de pantallas, las personas se sienten cada vez más incomunicadas y más solas, porque las máquinas no pueden sustituir a las personas en la relación, porque comunicarse a través de máquinas, a base de emoticonos, con caritas o “me gusta”, no satisface las necesidades de conexión humana ni de compañía.

Para que una relación sea verdaderamente humana es necesaria la presencia física, el calor de la mirada, el intercambio de palabras que produzcan experiencias de vida. La confidencia genera verdadera compañía. Y también la escucha activa que muestra el interés y el aprecio por la otra persona. Intercambiar relatos, experiencias y narraciones es el núcleo de una verdadera amistad. Si no estamos atentos, acabaremos robotizados. Una verdadera relación humana no es posible sin narraciones.

Para concluir, propongo a la reflexión y la consideración de quien lea este artículo que la posmodernidad al destruir todos los valores y las certezas, ha devenido en post-narración y esta, a su vez, en posthumanismo.

Sin narración no somos verdaderamente humanos. Eso que llaman “inteligencia artificial” no tiene espíritu, en ningún caso puede sustituir a las personas con sentimientos, dilemas morales, necesidades espirituales y necesidades de conexión con otras personas. Pensemos si merece la pena luchar por el Humanismo, por los valores éticos y por los Derechos Humanos.


[1] Byung-Chul Han, La crisis de la narración, Herder, 2023, pag. 82.

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