
En la tarde del martes 26 de mayo el Club de Creación Literaria Alisios de Verso y Prosa volvió a reunirse en la Biblioteca Puntalarga de Candelaria. Una vez más bajo la coordinación de Rosa Galdona.
Este mes el reto propuesto era escribir sobre LA LUZ y todo lo que ello nos pudiera inspirar. Resultó una tarde con muchas ausencias pero llena de magníficos textos.
Les dejamos aquí algunas muestras de ellos.

Miriam Suárez
Pensamientos de Enebie
Ese zumbido molesto que estaba escuchando eran las bombillas de cristal parpadeando cuando llegan al final de su vida útil. Me encantaba el sonido que hacían las de cristal cuando pasaba mis afiladas uñas por su superficie. Duraban bastante, aunque para mí es como si las cambiaran casi a diario, porque para un ser de las sombras el tiempo deja de tener sentido.
Aunque, si las de cristal me divertían, las de LED eran un curioso invento. Me permitían contemplarme a mí mismo, proyectar sombras o mirar mis manos en algo que no fuera la completa oscuridad, pero aún así me resultaba irritante: odiaba la luz.
No como esos seres de arriba, que se preocupaban por algo a lo que llamaban factura de la luz, que cada vez subía más y que no sabían cómo recortar. Eso decían los seres más grandes, que tenían el pelo blanco, bigote y patas de gallo.
Los seres más pequeños de tan rara especie eran traviesos, lo que me dio una macabra idea: manipulé a la niña de cinco años para que, en un descuido de sus padres, enchufara un radiocasete en una toma de corriente que doblaba la potencia que el aparato necesitaba, provocando así un cortocircuito que hizo que oliese a quemado y saltaran chispas.
La niña quedó pálida del susto y, afortunadamente, no pasó a mayores, pero esta criatura del averno lamentó que la pequeña no hubiera muerto, porque en verdad odiaba a esos seres con toda su alma.
Esos seres, que en un pestañeo se convertían en una plaga, miles y miles de individuos formaban una sola familia. El murmullo de estos seres llegaba hasta mí como el sonido de un irritante mosquito mientras tenía sueños intranquilos, al tiempo que permanecía inmóvil en mi refugio.
Este rumor que llegaba hasta mí era, para mis oídos, un ruido blanco que a veces me acunaba y otras veces no me dejaba dormir. Así que me divertía haciendo que un enjambre de hormigas saliera por el enchufe de la mujer soltera, justo cuando salía de la ducha, haciéndola correr por la casa desnuda, presa de un ataque de nervios, mientras clamaba por alguien que acabase con esa plaga.
Imagina lo estresante y enervante que es: un montón de seres gritando, riendo, moviéndose: sintiendo cada una de sus piernas sobre ti, cada uno de sus pasos estruendosos como si te aplastaran la cara. De repente, retumban sus carcajadas en tus oídos como un ruido molesto y sus voces se asemejan al zumbido de una abeja.
No puedes decir nada; tienes que ser un estoico, estar totalmente quieto, porque si sales la luz te matará.
La luz es el enemigo natural que abraza tu piel. Hace que tus dedos se gangrenen y se caigan, y que tus uñas se desprendan de los dedos.
Es mejor estar a oscuras, a la tenue luz de una vela cuando cae la noche, y la luna te baña con su luz como una madre que te acuna y te da las buenas noches.
Matilde Pérez
La ventana
En las mañanas de domingo, cuando el sol no había llegado al cénit, se colaba un rayo entre la persiana a medio subir y el marco de la ventana.
Me imaginaba que era un color del arcoíris que se había escapado. Era el del medio, el amarillo y estaba lleno de infinidad de motas brillantes que solo se veían si metía mis manos en él.
Mientras las agitaba suavemente con movimientos ondulantes, se iniciaba una danza interminable que me llevaba hasta un espacio en el que mis manos eran delfines y todas aquellas motitas brillantes, un mar de luz cuyas olas me devolvían a los días de verano en que los espejuelos que se formaban en la superficie del agua me deslumbraban y me dejaban envuelta en la penumbra de las tardes de invierno, cuando volvía a casa y veía, a lo lejos, la ventana cálidamente iluminada esperándome.
Cayaya González
La luz que dejamos en otros
Durante años creyó que la luz era únicamente aquello que aparecía cada mañana detrás de las montañas, entrando lentamente por la ventana para anunciar que un nuevo día comenzaba. Pensó que la luz era el sol calentando los inviernos, las lámparas encendidas en la madrugada o las estrellas resistiendo el silencio de la noche.
Pero el tiempo, con esa manera cruel y sabia de enseñarlo todo, terminó mostrándole que la verdadera luz nunca había venido del cielo. La verdadera luz tenía voz.
Vivía en las pequeñas cosas que casi siempre pasan desapercibidas: en alguien preguntándole cómo había dormido, en una mano sosteniéndolo cuando el cansancio le vencía el alma, en una sonrisa capaz de ordenar el caos que llevaba dentro. Había personas que iluminaban sin saberlo, personas que llegaban heridas, cansadas o rotas, y aun así conseguían devolverle claridad a la vida de otros.
Entonces comprendió que la luz no siempre brilla; a veces acompaña.
Porque hubo noches en las que el mundo parecía apagarse por completo. Noches donde el silencio pesaba demasiado, donde la tristeza ocupaba cada rincón de la casa y donde hasta respirar parecía un esfuerzo inútil. Y sin embargo, bastaba un recuerdo, una fotografía olvidada o una simple palabra para que algo volviera a encenderse dentro de él.
Descubrió que incluso las heridas guardan luz.
Que hay dolores que enseñan a mirar distinto, ausencias que dejan encendida la memoria y pérdidas que, aunque destruyen partes del alma, también revelan la fuerza escondida que uno no sabía que tenía. Comprendió que las personas que más habían sufrido eran, muchas veces, las mismas que más iluminaban a los demás. Como si el dolor, en lugar de apagarles el corazón, les hubiera enseñado a convertirse en refugio para otros.
Y fue entonces cuando dejó de buscar la luz afuera.
Porque entendió que también vivía dentro de él, aunque a veces olvidara verla. Estaba en su manera de escuchar, en las palabras que ofrecía cuando alguien sentía que ya no podía más, en los abrazos silenciosos, en la esperanza que seguía compartiendo aun en sus peores días. Descubrió que iluminar no siempre significa salvar a alguien; a veces basta con acompañarlo en su oscuridad para que no se sienta solo.
Desde entonces, cada amanecer le pareció diferente.
Ya no veía solamente un nuevo día comenzando, sino miles de pequeñas luces sobreviviendo en medio del mundo: personas resistiendo, amando, levantándose otra vez pese al miedo, pese al cansancio y pese al dolor. Porque al final comprendió la verdad más sencilla y más humana de todas:
La oscuridad nunca le tuvo miedo al sol.
Siempre le tuvo miedo a quienes, aun rotos, seguían encontrando fuerzas para alumbrar el camino de alguien más.
Sara Díaz
La Luz: protagonista del 16 de mayo y del cosmos
Cada 16 de mayo celebramos el Día Mundial de la Luz, una efeméride que nos invita a reflexionar sobre
ese fenómeno físico que no solo nos permite ver el mundo, sino que es el hilo conductor del universo.
Porque, seamos sinceros, sin luz el cosmos sería un lugar bastante aburrido y oscuro.
Pero no toda la luz se comporta igual. A diferencia de lo que podríamos intuir, las estrellas no se limitan
a reproducir la luz: la fabrican. Los cometas, en cambio, son unos modestos espejos helados: no emiten
luz propia, sino que la reflejan y la reemiten, dibujando colas que brillan como firmas luminosas en el
vacío.
Recuerdo con nostalgia el paso del cometa Halley en 1986, cuando rozó la Tierra tras completar su órbita
elíptica de unos 75-76 años. Más que por aquel puntito difuso en el firmamento, lo que me fascinó fue
la magnitud del fenómeno: un viajero de hielo y polvo que se pasea por todo el sistema solar, da la vuelta
entera, y luego vuelve con una puntualidad que nos recuerda que nuestro sistema planetario tiene su
propio ritmo, tan preciso como la maquinaria de un cronómetro cósmico.
Aquel año, Tenerife se vistió de efeméride celeste. En la playa de Las Teresitas, montaron un evento
bajo el cielo nocturno, para el día de su mayor acercamiento: investigadores del Observatorio de Izaña
repartieron charlas y desplegaron telescopios para que el público pudiera observar mejor al visitante. Se
proyectó Encuentros en la tercera fase (un guiño cinematográfico perfecto a lo desconocido) y, en el
momento cumbre, el alumbrado público se apagó. Entonces, el cometa apareció: no como un bólido
deslumbrante, sino como un tenue trazo plateado y discreto en la oscuridad. Yo esperaba un espectáculo
tipo fuegos artificiales, pero, aun así, vaya que si mereció la pena. Porque a veces el cosmos no necesita
hacer ruido para dejarte sin palabras.
Cele Díaz
Luz
Es una palabra corta, de tan solo tres letras. Corta pero profunda, pues alberga en su interior múltiples palabras que van unidas a la existencia humana.
Llegamos al mundo porque nuestra madre “nos dio a luz “. Si la respuesta es limitada se dice que la persona “es corta de luces“. Si no se desenvuelve mirando hacia el futuro es alguien “de pocas luces“, solo ve lo que tiene delante. Su contrario sería la persona “iluminada“, que percibe los sucesos de forma anticipada. Cuando hablamos de características personales decimos que tienen “sus luces y sus sombras“. A quien actúa haciendo el bien se le califica como un “ser de luz“. Incluso en el terreno amoroso “eres la luz de mi vida“, es una expresión que se dice al ser amado.
Paradojas de la vida, sin oscuridad no hay luz. Percibimos los pensamientos o sentimientos gracias a sus opuestos, si no, no tendríamos conciencia de ellos. Es su ausencia lo que nos lleva a valorar su presencia.
Hay momentos en nuestra vida donde estamos sumidos en la oscuridad y buscamos con desespero un rayo de luz, que al final llegará, aunque hayamos dicho o pensado “no veo luz por ningún lado“. Cuando llega y podemos mirarnos de forma reflexiva y sosegada, vemos cuánto hemos crecido gracias a esa oscuridad que hasta la luz nos condujo.
La luz es algo vital, tenemos dos órganos, los ojos, que nos permiten poderla mirar. Hasta existe una capital, París, llamada “la ciudad de la luz“, no solo por la luz natural que tiene por su ubicación, sino porque a ello se le suma toda la luz artificial que ilumina por la noche sus edificios, calles, monumentos y plazas.
Emma Coello
La luz
El túnel se le antojaba cada día más largo, se iba estrechando lo mismo que su desencanto.
La traición no tiene fácil solución, hay que seguir remando, resuenan muy adentro los sabios consejos de su madre y cierta mañana, tal vez la más negra y desalentadora, vislumbró un destello allí, una tímida luz de esperanza que sutilmente se convirtió en un fulgor reluciente arrollándolo todo.
Matale Arozena
Las otras luces
¿Puedo caminar sin luz?
Es la luz la que me inunda al comenzar el camino.
Interruptor de vida, hacedora de un horizonte aún vacío.
Los amaneceres, la luz de un nuevo día,
las musas, la luz de mis palabras
Las palabras, la luz que me motiva
La música, luz sonora que conmoviendo mi interior,
exprime mi alma haciendo aflorar sentimientos y sensacionesque a su
vez encienden e iluminan mi universo.
El amor, la luz que nos hace compartir y respetar.
También siento la oscuridad como una luz vacía donde se esconden
tantas sensaciones que, como la luna, brillan entre sus ropajes oscuros.
Luz y oscuridad, desconocidas entre sí, son necesarias para nuestra
existencia pues ¿cómo veríamos las nubes sin claridad ? ¿Cómo ver las
estrellas si no existe la noche oscura?
Sueños que en la noche, muestran una luz, abriendo nuestro horizonte
y ordenando nuestro mundo interior.
La oscuridad nos envuelve en el túnel postrero y nos entrega a la luz
final que quizás nos acoja para toda la eternidad.
Marisol García
La luz
La luz que desprende tu candil,
el amor que enciende mi alma,
mariposas revoloteando,
ligero aroma del néctar de las flores,
sonido de los gritos de los niños en el parque,
risas de jóvenes adolescentes saliendo del cine,
un hermoso “te quiero” nacido del corazón,
una noche estrellada y un mensaje de “buenas noches”,
un corro de amigas solidarias, que se apoyan unas a otras,
el ronroneo y restregueo de mi gata,
el abrazo fuerte de mis hijos,
el brillo en los ojos de mi nieta,
una buena noticia,
una canción pegadiza que cantas sin protocolos,
aire puro en los pulmones cuando abres el pecho y te dices,
“¡tú puedes!”.
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