En junio empiezo una nueva etapa de mi vida. Una etapa extraña, llena de incertidumbre y preguntas para
las que aún no tengo respuesta. Vuelvo a donde nací, crecí y, de alguna manera, morí.

Es una frase dura, pero es la única forma que encuentro de explicarlo. Porque hay versiones de nosotros
mismos que se quedan enterradas en los lugares donde vivimos: sueños que no se cumplieron, heridas que
tardaron años en cerrar y personas que ya no somos. Algunas de esas versiones mías siguen caminando
por las calles de Lanzarote.

Durante mucho tiempo vi la isla como un lugar del que escapar. No porque no la quisiera, sino porque
sentía que para convertirme en quien quería ser tenía que marcharme. Cada despedida parecía una
promesa. Cada barco o avión que salía me hacía pensar que la vida estaba en otra parte.

Y entonces apareció La Laguna.

Fue allí donde aprendí a ser yo. No recuerdo la ciudad por sus edificios o sus plazas, sino por los
momentos que viví en ella. Conversaciones que parecían insignificantes y terminaron siendo inolvidables.
Encuentros que se transformaron en amistades fundamentales. Nervios, ilusiones y despedidas que, con el
tiempo, fueron dando forma a la persona que soy hoy.

La vida rara vez cambia en los grandes acontecimientos. Cambia en los detalles: en las conversaciones
que parecen no tener importancia, en las personas que llegan sin previo aviso y en los días corrientes que
años después se convierten en recuerdos imborrables.

La Laguna fue mucho más que una ciudad universitaria. Fue el lugar donde aprendí a equivocarme por mi
cuenta, donde descubrí nuevas amistades, donde me enamoré, me decepcioné, crecí y cambié. Allí
quedaron muchas de las personas que fui.

Y quizá por eso ahora puedo volver.

Porque regresar a Lanzarote ya no se siente como una derrota ni como un paso atrás. No vuelvo siendo el
mismo chico que hizo las maletas para marcharse años atrás. Aquel chico necesitaba irse para descubrir
quién era, conocer nuevas personas y recorrer caminos que entonces ni siquiera imaginaba.

Ahora regreso distinto. Con recuerdos nacidos lejos de casa, con amistades que forman parte de mí y con
historias que comenzaron en aulas, cafeterías, cines y calles que ya forman parte de mi memoria.

Y, por primera vez en mucho tiempo, siento que he hecho las paces con la palabra hogar.

Quizá porque he comprendido que nunca tuve que elegir entre Lanzarote y La Laguna. Una me vio nacer.
La otra me vio convertirme en quien soy.

Y ambas, de una forma u otra, siempre serán casa.

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