La Educación.

La segunda institución que interviene en la formación de los individuos de ambos sexos es la institución educativa, desde la guardería hasta la Universidad. Como vimos en el artículo anterior, cuando los niños y niñas llegan a la guardería, ya llevan una carga de estereotipos integrados en su corta vida proporcionados por la familia. En la Institución Educativa reciben mensajes simbólicos que van en la línea de reforzar los estereotipos masculino y femenino. Los juegos tienen una importancia capital, en la tarea de distribuir los roles sexuales. No hace falta decir que hay juegos para niños y para niñas, perfectamente diferenciados. En éstos, se reproducen fielmente todos los valores que se han iniciado en la familia: los juegos de destreza espacial, de acción, de fuerza muscular, de investigación, son masculinos. Los juegos sedentarios, pasivos, de reproducción de rituales patriarcales y sociales, son femeninos.

Por otra parte, hay que subrayar el trato y los gestos que se dedican a cada sexo, por parte de los adultos. Invariablemente se protege a las niñas y se las contempla con “tolerancia”, es decir, se les enseña a ser dependientes, mientras que se impulsa a los niños a resolver sus problemas y a ser fuertes, es decir, se les enseña a ser autónomos. Estas actitudes refuerzan las actitudes de la familia.

Con estas herramientas simbólicas los niños entran en la etapa escolar. Y allí aparentemente no hay división de papeles por sexo, pero no hay que olvidar que cada escolar lleva ya en su subconsciente grabado qué papel debe jugar para ser feliz. Los hábitos y el imaginario simbólico adquiridos desde el núcleo familiar, lo que Bourdieu llama la “ilusio”, es decir la tupida red de expectativas y deseos de los adultos que han formado parte de su universo afectivo. Como decía, en la etapa de estudiantes, aparentemente, no hay discriminación sexual, pero bastaría una mirada a los libros de texto para comprobar que el sexo femenino sólo ha existido en la historia para desempañar roles de servicio. De esta forma implícita se refuerza y confirma la “ilusio” de los y las estudiantes. De igual manera, aunque el rendimiento académico de las estudiantes sea más brillante que el de los estudiantes, en bastantes casos, el reparto de roles sociales no se modifica. Ni por supuesto, los estereotipos que constituyen el imaginario social. Las estudiantes con buenos expedientes académicos siguen siendo valoradas, sobre todo, por su aspecto físico, y soñando con el amor verdadero, como objetivo prioritario de sus vidas, y estarían dispuestas a renunciar a cualquier proyecto profesional si con él peligrara su relación sentimental. Esa situación deseante, que se adquiere en la infancia, a través de rituales, gestos, conductas, y símbolos, como hemos visto, se reforzará una y otra vez en las distintas etapas de la vida a través de los canales de difusión de la sociedad. Estos canales de difusión son paralelos a la formación intelectual, y se extenderán a lo largo de la vida. Me refiero a todos los refuerzos que reciben los estudiantes y los jóvenes, en general en su vida. Especialmente través de los Medios de Comunicación de masas. Todos los Mas Media, sin excepción contribuyen a reforzar esta ideología sexista. Y de una forma especialmente importante las redes sociales, los vídeo-juegos, las canciones, las revistas especializadas, la TV, la publicidad, etc.

En una etapa posterior, el medio por excelencia para la realización de esta tarea es la TV. Entre los recursos televisivos los dos que me parecen más eficaces son los anuncios publicitarios y los seriales. El sexismo de la publicidad es tan evidente y tan burdo que casi no hay que referirse a él. Los anuncios dirigidos a ellas, tienen una factura simple y lanzan un mensaje homogéneo: si realizas bien las tareas del hogar, consigues una desinfección responsable, te ocupas de los niños y de los ancianos de la familia y estás suficientemente atractiva, es decir, delgada, flexible, bien maquillada, bien peinada, entonces tendrás éxito en tu deseo más íntimo: él te querrá y te preferirá a las otras. Los anuncios dirigidos a ellos, profesionales, ejecutivos o chicos en edad de conquistar, se desarrollan con una factura más compleja y, se diferencian según el mensaje publicitario que quieran transmitir. En general se refuerza la imagen de persona emprendedora, activa, algo agresiva, con capacidad de decisión, que conseguirá el éxito social y además será admirado y deseado por una estupenda mujer.

Respecto a las series, los estereotipos no se ocultan siquiera bajo el barniz que suelen tener en la sociedad. Las mujeres se ciñen a dos arquetipos: o son bellas, sumisas, dulces, cariñosas, comprensivas y sometidas al varón. Es decir, la “buena”. O son perversas, atractivas y vampiresas, triunfadoras en los negocios o en su profesión, y, por tanto, duras, frías, e independientes. Es decir, la “mala”. Al final la mala siempre se queda sola e infeliz mientras que la buena es feliz porque su hombre la prefiere y la quiere. A pesar del aparente éxito de la mujer independiente siempre termina comprendiendo que estaba equivocada y que hubiera deseado saber elegir el verdadero camino de la felicidad, es decir el camino del amor y la sumisión, como hace la protagonista de turno, aunque para ello hubiera tenido que renunciar a tener una vida propia.     

A través de esta simple trama aparecen todos los estereotipos necesarios para reforzar el papel de esposa y madre que la sociedad considera lo apropiado para los sujetos femeninos, y subordinados, aunque no lo diga expresamente. De este modo las mujeres independientes, además de duras y calculadoras, son malas madres, despiadadas hijas, amigas traidoras, etc. Mientras que las mujeres que siguen el rol esperado son buenas y amantes esposas, madres tiernas, hijas cariñosas y amigas leales.

Los personajes masculinos, a su vez siguen los roles que le son propios. Es decir, triunfan en la vida pública: son políticos, profesionales, empresarios, artistas, etc. Y aunque se dejen tentar por la mala mujer, al final terminan por comprender que la felicidad sólo es posible al lado de la mujer buena y abnegada que vivirá para ellos, sin pretender tener una vida propia, sino que se contentará con ser la “reina del hogar”.

Por último, vamos a reflexionar sobre la contribución de la literatura a estos estereotipos y a la división de roles sexistas. Los fundamentos de esa contribución se explicitan nítidamente en el Romanticismo, y se asientan sobre dos pilares: la mitificación de lo femenino y la mistificación del amor considerado como una religión[1]. La búsqueda de la conceptualización del amor, definido como lo específicamente femenino, atribución que va a impedir el acceso de las mujeres a la categoría de sujeto, va a estar entreverado en el mensaje de las novelas románticas. Lo que digo de la Literatura vale también para el cine que muestra en imágenes los mismos valores que se expresan en las novelas.

El equilibrio entre lo concreto y lo general hace que la novela sea portadora de ejemplos a seguir y copartícipe de la formación de estereotipos universales, que ratifican una forma de vida y que contribuye a considerar como “normal” determinadas creencias, valores o conductas. Esto es especialmente significativo en los temas de género, en los que se nos muestran determinadas formas de ser y de reaccionar, determinada distribución de las tareas, y determinadas conductas como propias o impropias de cada sexo. Los lectores y los espectadores, masculinos y femeninos, tienen un modelo de lo que deben desear y realizar y de lo que, al contrario, deben rechazar por inmoral o inadecuado.

La apelación al “eterno femenino”, como si se tratara de un don esencial de las mujeres, es el pretexto para recluirlas en un destino amoroso y dependiente de algún hombre, (padre, hermano, esposo, hijo). Este tema que idealiza y mitifica no sólo la feminidad sino también la vida doméstica, se articula también en las novelas románticas. Esas novelas sirvieron de plataforma ideológica para organizar la vida de hombres y mujeres del siglo veinte y fueron responsables de que la mística de la feminidad y el orden social patriarcal llegaran a considerarse lo “normal”. El horizonte imaginario de la vida a través de otros y para otros, impide que las mujeres puedan adquirir una identidad y desarrollar una vida propia.

Quiero insistir en la necesidad de una nueva educación sentimental, libre de estereotipos, para que la igualdad en la esfera de la intimidad y en las relaciones amorosas sea posible. Para que la mujer pueda ser un sujeto de pleno derecho, no basta con que las leyes lo permitan, es necesario que desarrolle los deseos de serlo, es necesario que los estereotipos sexistas sean destruidos, es necesario que aprenda desde la infancia a tener proyectos de vida personales. Es imprescindible que tenga confianza en sí misma y que no se sienta responsable de la vida de los demás, sino co- responsable de las y de los hijos.  Sólo con la abolición de estos dos mitos, (la mística de la feminidad y la religión del amor), se podrá separar la dominación y la subordinación del mundo de la sensibilidad y del sentimiento. Sólo sustituyendo los estereotipos, machista y patriarcales por estereotipos igualitarios podremos superar la condición de inferioridad en que la historia ha construido a las mujeres. El aprendizaje de las mal llamadas cualidades femeninas, han determinado, hasta ahora, el destino de las mujeres. La belleza, la sumisión, el amor, entendido como renuncia de sí, se constituye en el núcleo de la castración de sus vidas. El amor se le impone a la mujer como una profesión, como una tarea o como una misión, reforzando, hasta con el lenguaje, su aspecto sagrado. El triunfo en el amor es el barómetro por el que se medirá su valía. Su autoestima dependerá de que un hombre la ame, de que su amado la reconozca como valiosa. Él será el espejo mágico en el que ella se mirará angustiada para comprobar que le sigue pareciendo la más deseable de las mujeres. Cualquier otra ocupación pasará a ocupar un plano secundario. Su realización personal no dependerá de su profesión o de su proyección personal hacia el exterior, aunque la tenga, sino exclusivamente de ser elegida, de ahí los tacones enormes, los maquillajes, las dietas para estar más delgadas, las operaciones de estética, etc., todo ello medios para ser consideradas deseables y ser amadas.

Con estos mimbres no es extraño que los hombres sientan que la mujer amada sea de su propiedad, porque es lo que se le ha insinuado de forma repetida desde la infancia, como hemos visto.

En definitiva, para que esta tela de araña pueda romperse, es necesario deshacer sus nudos. La solución es que los sentimientos sean igual de importantes para todos los seres humanos, sin diferencia de sexo, de color, o de religión. Para ello necesitamos una nueva educación sentimental que se elabore desechando los tópicos románticos y los estereotipos de sexo. Y la creación de nuevos estereotipos igualitarios, como ya hemos dicho.


[1]         Entiendo por mitificación de lo femenino la esencialización de las llamadas cualidades femeninas, como la pasividad, la dulzura, la comprensión, la ternura, etc.; en definitiva, las cualidades de la subordinación. Y por mistificación del amor el hecho de convertir un sentimiento humano de vinculación afectiva en una religión. El Amor, con mayúsculas, es considerado como algo sagrado y esencialmente femenino, con su liturgia, sus mandamientos y su oficiante. La religión del amor es la creencia que convierte a la mujer en sacerdotisa y que la lleva a entregarse voluntariamente al sacrificio de la sumisión. 

Añadir nuevo comentario