
Hace unas semanas Juan y yo inauguramos nuestra exposición fotográfica Historias atrapadas en el tiempo. Durante meses recorrimos caminos, pueblos, edificios y rincones dejándonos llevar por aquello que nos hacía detenernos. A veces era una puerta, una ventana o una pared marcada por el tiempo. Otras, simplemente, una sensación difícil de explicar, la intuición de algo escondido o la emoción que nos transmitía un lugar aparentemente insignificante para quien pasara junto a él sin prestar atención.
Juan es mi compañero de fotografía. Compartimos una misma forma de entender la fotografía y lo que una imagen puede transmitir, aunque nuestras miradas sean diferentes. Muchas veces fotografiamos exactamente el mismo lugar y regresamos con imágenes distintas. Como ocurre en la vida, la realidad es la misma; la mirada nunca lo es.
Cuando las fotografías quedaron colgadas en las paredes de la sala, ambos tuvimos la sensación de que comenzaba la parte más interesante de la aventura. Después de meses observando lugares, nos tocaba observar personas. Queríamos descubrir qué ocurriría cuando aquellas imágenes se encontraran con la mirada de los demás.
Lo que más nos gustó fue que nadie nos habló de cámaras. Nadie nos preguntó cómo habíamos hecho las fotografías. En cambio, escuchamos hablar de recuerdos, de infancias, de casas familiares, de personas que ya no están y de lugares que parecían olvidados y que, de repente, regresaban a la memoria con una fuerza inesperada.
Creo que eso también tiene que ver con mi propia forma de entender la fotografía. No he hecho cursos de fotografía ni suelo moverme en el lenguaje técnico de este arte. Mi respuesta suele ser mucho más sencilla. Fotografío aquello que me emociona. Me dejo llevar por la intuición, por la sensación que me provoca una imagen y por la vida que intuyo detrás de ella antes incluso de levantar la cámara.
Por eso nos alegró comprobar que quienes visitaban la exposición tampoco hablaban de técnica. Hablaban de emociones, de recuerdos y de lugares y personas que creían olvidados. Y, en el fondo, eso era exactamente lo que Juan y yo habíamos intentado capturar.
Más de una persona recorrió la exposición con los ojos cuajados de lágrimas. No eran lágrimas de tristeza. Eran lágrimas nacidas de la emoción de reencontrarse con algo que permanecía guardado en algún rincón de la memoria. Bastaba una puerta antigua, una fachada marcada por el tiempo o una ventana abierta para que apareciera un recuerdo personal. La fotografía permanecía inmóvil en la pared, pero la memoria se ponía en movimiento.
Fue entonces cuando comprendí que habíamos conseguido exactamente lo que pretendíamos. Nunca quisimos mostrar únicamente fotografías bonitas. Intentábamos capturar emociones, recuerdos y sensaciones. Por eso quisimos acompañar cada imagen con unas palabras que no pretendían explicarla, sino sugerir un relato y abrir una puerta para que cada visitante pudiera entrar en ella desde su propia experiencia.
Con el paso de los días las fotografías comenzaron a enriquecerse con recuerdos que no eran los nuestros. Una puerta dejó de ser únicamente una puerta para convertirse en la casa de una infancia. Una fachada abandonada pasó a representar el recuerdo de unos abuelos. Una calle vacía devolvió a alguien a un tiempo que creía olvidado. La imagen seguía siendo la misma, pero cada persona añadía algo propio.
Mientras observaba a los visitantes comprendí algo que llevaba tiempo intuyendo. Nosotros fotografiamos lugares marcados por el paso del tiempo, pero las personas no ven ruinas cuando los contemplan. Ven vida. Ven momentos compartidos, voces familiares, juegos de infancia, abrazos, despedidas y fragmentos de su propia historia.
Donde la cámara ve una pared, la memoria ve una historia.
El libro de visitas se ha ido llenando de comentarios que guardaremos con especial cariño. Muchos no hablan de fotografía, sino de emociones, recuerdos y sentimientos que creían olvidados. Leyéndolos confirmé una sensación que había comenzado a crecer desde la inauguración: las fotografías ya no nos pertenecían.
Y comprendí que eso era lo mejor que podía ocurrirle a una imagen. Que dejara de ser únicamente de quien la tomó para convertirse en parte de la historia de quien la contempla.
Por eso sigo fotografiando. Porque las fotografías, igual que las canciones, tienen la extraordinaria capacidad de luchar contra el olvido. Y porque después de escuchar tantas vivencias, observar tantas miradas y leer tantas palabras escritas en nuestro libro de visitas, he comprendido que las imágenes más valiosas no son las que cuelgan de una pared, sino las que consiguen quedarse a vivir en la memoria de quienes las contemplan.

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