Hace algunos días tuve que visitar al dentista.

Hacerme una ortodoncia ha sido mi mayor procrastinación en la vida. Años y años. Y, si ya me disgustan estas citas, en esta ocasión, para más inri, el experto «sacamuelas» me citó a tan temprana hora que casi me hizo saltar de la cama al alba. Mientras iba de camino, fui consciente de lo molesta que me sentía. No solo iba directa a lo que considero un «matadero», sino que, además, lo hacía sin anestesia emocional; es decir, sin tener siquiera tiempo de asimilarlo.

Pero, como bien reza el refrán, «no hay mal que cien años dure...», y, dos horas después, salía de la consulta con un nuevo ajuste en el mecanismo bucodental que tensaba mis díscolos y libertinos incisivos, largamente consentidos. Recordé entonces a don Quijote, que ya en sus días apreciaba su importancia cuando dijo:

«Porque te hago saber, Sancho, que la boca sin muelas es como molino sin piedra, y en mucho más se ha de estimar un diente que un diamante...».

La mañana brillaba irradiando sus efluvios yodados y me ofreció su connivencia para un grato paseo que culminaría en la necesidad de un aromático café americano. Con el destino definido, tracé el itinerario hasta el emblemático Café La Alemana, en el Parque de Santa Catalina.

Recuperado y cuidado desde hace algunos años, el parque luce ahora con la frescura de antaño. Sus parterres ornamentados con pensamientos, periquitos, azaleas y pequeñas rosas inspiran al paseante al deleite.

Lo atravesé recorriendo con la mirada cuanto acontecía en él. Un amago de atemporalidad me acogió desde los pies hasta el pecho. Presente y pasado han conseguido manifestarse en un mismo plano gracias al arte y a la grandeza del alma humana.

Alcancé a Lolita Pluma, obra de Amado González «Favila» (Asturias), realizada en 1988, al cruzar desde la calle Luis Morote.

Ya a su altura, la miré de frente. Ya no me causa temor. Eso de bueno tiene haber crecido y comprendido. Como si quisiera mostrarle la consideración que no pude ofrecerle en mi infancia, pasé mis dedos por el brazo de bronce, rugoso y frío.

Volví a sentir aquella mezcla de asombro, ya sin miedo, ante la mujer vestida con colores estrafalarios que deambulaba entre las mesas de las terrazas vendiendo chicles y cigarrillos, y a la que algunos provocaban con la intención de escuchar sus improperios.

La vi como cuando tenía siete años, pegada a las faldas de mi madre. Con sus ojos marrones, agudos y velados, bordeados con un grueso trazo negro; sus moñitos adornados con colores y aquellos labios rojos sin límites definidos..., como los límites difusos de su propia mente.

Sin embargo, generoso y visionario, Favila supo devolverle a la mirada la dulzura y a la sonrisa la inocencia para que la contemplemos tal cual era su alma. Sentí, por un momento, que ya no necesitaba enfadarse con nadie.

Antes de alejarme, un activista de rastas y bermudas beige, polo básico, bandolera de piel y gafas de sol colocó una kufiya sobre los hombros de la buena mujer, que lucía ahora solidaria e indolente con su impertérrita sonrisa, mientras él intentaba hacerse un selfi.

Como la perspectiva impedía recoger el conjunto y no era cosa de olvidar ningún detalle, me ofrecí a hacerle la fotografía junto a la camada de gatos que la acompañará eternamente.

Caminé hasta los quioscos y me detuve frente a La Prensa. Allí sigue aún Carlos Roig, hijo de don Enrique Roig, su fundador. Un catalán que emigró durante los años de la Guerra Civil buscando la tranquilidad que ya no encontraba en la Península y que decidió ampliar horizontes cuando su creciente familia y su trabajo en una factoría de La Cícer dejaron de ser compatibles.

En 1957 apostó por este negocio orientado a una clientela internacional procedente de más de quince países, coincidiendo con el auge del turismo. Hoy lo defiende el más joven de sus diez hijos.

Miré hacia la calle Ripoche y la vi ancha y abierta para mis recuerdos. No sé por qué pensé en el Mar Rojo o, como reza en hebreo, el Mar de los Juncos. Y volví a atravesarla de la mano de mi madre hasta el final para dirigirnos después hacia la calle Sargento Llagas, donde ella visitaba a su amiga de juventud, Amalia de Roig.

Recuperé la ubicación y reparé en la escultura del Betunero, realizada por Chano Navarro. En ella, el betunero aparece arrodillado sobre una almohadilla frente a una silla vacía, ante la cual quien lo desee puede sentarse y rememorar aquel antiguo servicio.

Aunque la obra está dedicada a los anónimos betuneros que transitaban por el parque en aquellos aciagos años de pobreza sobrevenida, en la memoria de todos permanece Pepe, José Rodríguez Bernal. Yo lo conocí.

Mi padre se sentó frente a él y pidió que le betunara aquellos afilados zapatos de charol tan solo para presumir ante mí. Las perras que le costaron salieron del cobro de «los puntos», como se llamaba a la prestación de ayuda familiar gestionada por el Ministerio de Trabajo.

Mi padre y Pepe entablaron una larga conversación que acabó con ambos tomando unas cervezas en una esquina del parque.

Pepe había perdido una pierna en un accidente de tranvía. Se quitaba la prótesis y trabajaba con admirable presteza. Era un contador de historias. De él y de Lolita dijo Tristán Pimienta que eran los filósofos del parque.

Ahora entiendo mi suerte. Yo conocí a ambos.

Con el café entre las manos, ya en La Alemana, quise ver las tartanas que antaño enfilaban por la hoy calle empedrada por donde solo pasa la guagua. Ya no están.

Fue una imagen que guardé durante años por la ilusión truncada de subir a uno de aquellos coches de caballos. Mi madre decía que no nos alcanzaba el dinero; que aquello era un lujo para turistas.

Y aquella niña lo aceptó como solo aceptan los niños. Con alegría. Si no toca, no toca.

Pero un día, ya casada, mi marido, que había nacido en la calle Rosarito, frente a la iglesia de La Luz, me contó exactamente lo mismo que me había ocurrido a mí. Él también había soñado con pasear en una tartana. Y tampoco pudo hacerlo porque era un lujo para turistas.

Fue en el año 2015, día de San Isidro Labrador. Después de un paseo y una comida en La Casa Fataga apareció una tartana. Y, sin pensarlo dos veces, le dije a mi marido:

—Manolo, vamos a cumplir juntos un sueño que compartimos desde niños.

Y juntos, remoloneando él, decidida yo, subimos al carruaje para dar un paseo de más de media hora por los alrededores. Alegre como un pajarillo, recibía el airecillo en la cara mientras las lágrimas corrían por las mejillas de mi marido.

Y, como decía Ernest Hemingway: «Para escribir sobre la vida, primero hay que vivirla».

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