

Llega junio y con él el verano empieza a instalarse en las islas: los conciertos, las fiestas, las noches más largas, las terrazas llenas, los cuerpos buscando mar, sombra y algo frío que llevarse a la boca. Junio en Canarias siempre tiene algo de antesala: antesala del calor, de las vacaciones, de las verbenas, de los fuegos artificiales, de los regresos y de las huidas. Pero este año, Tenerife ha vivido un junio distinto. Durante unas horas, los ojos del mundo entero se posaron sobre nosotros por la visita del Papa León XIV.
Y esto, nos guste más o menos, ha sido importante. Que un Papa venga a Tenerife no es un acontecimiento menor. Durante ese día, Canarias dejó de ser únicamente postal turística, destino de sol garantizado o territorio periférico que aparece en las noticias solo cuando llega una crisis. Por unas horas, esta isla nuestra, tan hermosa y tan reventada a la vez, ocupó un lugar central en la mirada internacional. Se habló de migración, de acogida, de frontera sur de Europa, de dignidad humana, de integración y de sufrimiento. Y, desde luego, está bien que se hable. Lo que no está tan bien es que algunas realidades parezcan existir solo cuando hay cámaras delante.
Porque está muy bien que nos miren. Está muy bien que el mundo enfoque Tenerife. Pero también hay que decirlo claro: no quiero una isla maquillada para la foto y abandonada al día siguiente. No quiero calles limpias, engalanadas y ordenadas solo porque llega una autoridad religiosa, política o institucional, mientras después volvemos a la misma realidad de siempre: migrantes africanos olvidados en campamentos improvisados, instituciones españolas y europeas mirando hacia otro lado, carreteras colapsadas hasta la desesperación, familias que no pueden acceder a una vivienda digna, un sistema sanitario canario colapsado y una isla cada vez más asfixiada por un modelo turístico que nos vende como paraíso mientras expulsa a su propia gente.
La visita papal habrá merecido la pena si sirve para poner luz donde normalmente hay sombra. Habrá merecido la pena si obliga a España y a Europa a reconocer que Canarias no puede seguir cargando sola con una presión migratoria que es consecuencia directa de desigualdades internacionales, guerras, hambre, abandono y fronteras levantadas con alambradas morales. Habrá merecido la pena si recuerda que detrás de cada cayuco no hay una cifra, sino un nombre; detrás de cada rescate no hay un titular, sino una madre, un hijo, un hermano, una vida entera arrancada de raíz. Pero será una oportunidad perdida si todo se queda en incienso, protocolo, vallas, flores, discursos correctos y sonrisas institucionales.
También conviene preguntarse algo más profundo: ¿la Iglesia católica vive hoy de cara al pueblo o de espaldas a él? ¿Está realmente junto a quienes sufren o se ha quedado demasiadas veces encerrada en sus propios salones, hablando un lenguaje que ya no seduce a los jóvenes ni les ofrece respuestas para su vida real? Una Iglesia que quiera tener futuro no puede limitarse a custodiar templos, ritos y tradiciones como quien guarda porcelana en una vitrina. Tiene que salir a la calle, escuchar sin paternalismo, acompañar sin imponer y recuperar una palabra que suene viva, no a sermón polvoriento. Porque los jóvenes no se alejan solo por falta de fe; muchas veces se alejan porque no encuentran verdad, coherencia ni cercanía. Y sin eso, la espiritualidad se convierte en decorado.
Canarias sabe mucho de fe popular, de romerías, de promesas, de vírgenes marineras, de cruces de mayo, de santos pequeños colocados en casas humildes, de abuelas que rezaban en silencio mientras removían un potaje. Pero también sabe de abandono. Y quizá por eso esta visita nos obliga a mirar dos veces: una hacia fuera, para que el mundo vea lo que ocurre aquí; y otra hacia dentro, para no engañarnos nosotros mismos. Tenerife no necesita ser perfecta para recibir a nadie. Necesita ser honesta. Que se vea la belleza, sí, pero también la herida. Que se vea el Teide, el mar, La Laguna, Santa Cruz, los puertos y las plazas; pero que también se vea el atasco eterno, el alquiler imposible, la precariedad, las listas de espera, los centros sanitarios colapsados, la falta de recursos, el cansancio y esa sensación cada vez más extendida de que vivimos en una isla preciosa donde la vida cotidiana se está volviendo demasiado difícil.
Porque esa es la gran contradicción de Canarias: nos promocionan como paraíso, pero muchas personas que viven aquí no pueden permitirse vivir aquí. El turismo masivo y el crecimiento descontrolado de las viviendas vacacionales han convertido barrios enteros en escaparates, mientras la gente trabajadora busca alquileres imposibles o se resigna a marcharse lejos de su propio municipio. Las carreteras se han transformado en una prueba diaria de paciencia, como si desplazarse para trabajar fuera ya una penitencia moderna. Y el sistema sanitario, sostenido tantas veces por profesionales exhaustos, funciona al borde del colapso, una presión que termina pagando la ciudadanía en forma de esperas, retrasos y sensación de abandono. Mientras tanto, Europa mira al Atlántico con una mezcla de comodidad y distancia: quiere nuestras islas como frontera, como destino y como postal, pero no siempre como territorio con derechos, necesidades y límites.
Recomendaciones literarias
Una obra breve, durísima y profundamente humana sobre el viaje migratorio, la pérdida y la dignidad de quienes cruzan medio mundo buscando a alguien o, simplemente, buscando seguir vivos. A través de una voz sencilla y estremecedora, el libro nos recuerda que detrás de cada frontera hay una historia concreta, un nombre propio y una vida que merece ser escuchada.
Un libro imprescindible para comprender la violencia, el abandono y la vulnerabilidad que sufren miles de personas migrantes en su tránsito hacia una vida mejor. Óscar Martínez muestra que la migración no es una abstracción política ni una cifra en un informativo, sino una sucesión de cuerpos expuestos, familias rotas y territorios hostiles.
Aunque se centra en el abandono del interior peninsular, esta obra permite reflexionar también sobre otros territorios convertidos en periferia, postal o recurso económico, pero no siempre escuchados en sus necesidades reales. Una lectura muy útil para pensar Canarias desde la distancia, el olvido institucional y la tensión entre belleza, explotación y derecho a permanecer.
Receta de tarta de melón y sandía
Y como junio también merece algo fresco, dulce y hermoso, la receta de este mes es una tarta fría de melón y sandía.
Ingredientes: 100 gramos de galletas tipo María, 40 gramos de mantequilla derretida, 3 hojas de gelatina neutra, 250 gramos de melón maduro, 250 gramos de sandía sin pepitas, 200 gramos de nata para montar, 200 gramos de yogur griego natural, 50 gramos de azúcar y unas hojas de hierbabuena para decorar.
Preparación: primero se trituran las galletas y se mezclan con la mantequilla derretida hasta formar una masa arenosa. Se coloca esta mezcla en la base de un molde desmontable, presionando bien con una cuchara, y se deja enfriar en la nevera. Mientras tanto, se hidratan las hojas de gelatina en agua fría durante unos diez minutos. Se tritura el melón hasta obtener un puré fino y, aparte, se tritura la sandía, procurando escurrir un poco el exceso de agua para que la tarta no pierda consistencia. Se disuelve la gelatina escurrida en una cucharada de agua caliente y se reparte entre ambos purés de fruta.
En otro recipiente se monta la nata con el azúcar y, cuando tenga cuerpo, se incorpora el yogur griego con movimientos suaves. Después se divide la mezcla en dos partes: a una se le añade el puré de melón y a la otra el puré de sandía. Se vierte primero una capa sobre la base de galleta, se deja reposar unos minutos en la nevera para que tome algo de cuerpo y luego se añade la segunda capa. Así se consigue una tarta bicolor, fresca y muy veraniega. Se deja enfriar al menos cuatro horas, aunque lo ideal es prepararla de un día para otro.
Antes de servir, se puede decorar con bolitas de melón y sandía, unas hojas de hierbabuena y, si apetece, un toque muy fino de ralladura de lima. El resultado es una tarta ligera, colorida y luminosa, con sabor a fruta de temporada y a verano recién estrenado. Una tarta sin horno para una isla que en junio ya empieza a arder.
Ojalá la visita del Papa León XIV haya servido para algo más que para embellecer la alfombra. Ojalá haya servido para mirar debajo de ella. Porque una isla no se mide solo por la belleza de sus paisajes, sino por la dignidad con la que cuida a quienes la habitan y a quienes llegan a ella buscando salvación.
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