Don Pedro también tuvo que sufrir el filtro de la prueba de Selectividad, pocas convocatorias se habían producido por entonces. Los días previos, ese encierro impuesto por la necesidad, iba generando una tensión detestable, una onda expansiva que engullía el ánimo, la firmeza, la ilusión; engrosaba las dudas, los pensamientos oscuros. En él no se habían difuminado las imágenes de aquella vivencia, con nitidez regresan a don Pedro cada principios de junio cuando buena parte de su alumnado se enfrenta a la PAU.

Cada nueva convocatoria suele llegar acompañada de cuando menos curiosidades. Los nervios cambian de estado, se solidifican, así sucedió aquel curso desde las proximidades del instituto capitalino en el que trabajaba don Pedro. Alumnado disperso y diverso, desde el solitario, escurridizo, hasta los grupitos cargados de bromas, risotadas líquidas…; además junto a la puerta principal del centro aparecían repartidores de publicidad de academias, autoescuelas…, jóvenes reporteros a la caza de unas deslavazadas impresiones. Dentro, en el recibidor se agolpaban en torno a los tablones informativos, vital asegurarse el número de aula asignada.

En la primera planta el salón de actos, frente al Departamento de Lengua, es uno de los espacios reservados para el desarrollo de las pruebas generales. Un docente ruega silencio, explica la dinámica que se va a seguir. Huele a nervios, sobrevuela la incertidumbre. Un profesor va nombrando al alumnado, otro verifica la identidad en su DNI en vigor; pasa al salón de actos, a su derecha recoge un fino soporte de madera que colocará sobre los apoyabrazos de la butaca que ocupará, siempre dejando libre al menos un asiento.

Don Pedro se asomaba de cuando en cuando a la puerta del departamento para respaldar a quienes aún no habían sido nombrados. Conocedor de las fortalezas y debilidades de su alumnado, permanecía al acecho de aquellos que no controlaban situaciones de tensión semejante o se mostraban peligrosamente confiados. Adrián formaba parte del grupo de los atrevidos. Ya le había comentado a don Pedro, días atrás, que iba a preparar jugosas chuletas para Historia del Arte, no voy a disponer de tiempo para estudiarla de verdad, me la juego a cara o cruz; también algunas cosillas puntuales para Historia de España, para Lengua Española… entre tanta gente, me coloco en el centro de una de las filas de butacas y ahí, sin miedo, ni de coña me pillan; no me han cogido durante el curso en una clase pequeña, aquí, ahora sería del género tonto.

De hecho, no necesitó demasiadas palabras cuando habló con don Pedro después del examen de Historia de España, más aún con Historia del Arte. Todo, profe, lo copié todo; si no saco un 10 muy cerca estará, ¡qué pasada! El que no copia es porque no quiere...

Cristina era el polo opuesto. Alumna irregular, inquieta, no disruptiva, de las que vivía desorganizada académicamente. Se rumoreaba que en circunstancias extremas había acudido a algún examen con chuletas. A don Pedro lo tenía despistado, siempre le había parecido una alumna sociable, empática, inconstante pero jamás despreocupada, la consideraba incapaz de hacer trampas en las pruebas. Sin embargo aquella mañana don Pedro la notaba fuera de sí, nerviosa en exceso, no pudo hablar con ella antes de que la llamasen, incluso llegó a pensar que evitaba el acercamiento del profesor. Desconcertado este regresó al departamento, aún faltaban alumnos por incorporarse al salón de actos; cerró la puerta.

Pocos minutos habían transcurrido cuando se cuela en el Departamento de Lengua un llanto entrecortado, recortes de una discusión, sin duda un imprevisto. Al abrir la puerta, don Pedro se encuentra de frente con el rostro contraído, bañado en lágrimas de Cristina; esta se desplazaba compulsivamente desde la puerta del salón hasta la ventana del extremo este de la primera planta. Una profesora la seguía de cerca, logró guiarla al baño para refrescarse la cara… ya le había entregado a uno de los docentes cuidadores las chuletas ocultas en los rincones más insospechados de su cuerpo; no había podido con la presión.

Don Pedro aguardó pacientemente a que saliese Cristina del baño, mientras el profesorado en el pasillo comentaba lo ocurrido, se cuestionaba cómo afrontar un caso así, si el propio arrepentimiento de la alumna era suficiente para permitirle realizar esa prueba que se estaba retrasando por su culpa, ¿era adecuado el estado anímico de la joven para desarrollar ese examen?...

La trasladaron a otra aula de la segunda planta, se inició la PAU de aquella convocatoria.

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