victoria

Victoria Cruz Núñez

Una romería inolvidable


Me acuerdo del día en que nació mi hermana, un cinco de julio bastante caluroso. Casualmente, mi madre se puso de parto coincidiendo con la Romería de San Benito de La Laguna. Ahora que lo pienso, fue una situación increíble. Yo, con cinco años, oía a mi madre gritar, que estaba en su habitación acompañada por la comadrona.

Me asustaba, pensaba que se iba morir. Sin embargo, como si no pasara nada, mi abuela y mi tía Susana se afanaban en la cocina preparando la comida para el almuerzo que todos los años reunía a la familia. Nunca podré olvidar los olores que salían de la cocina, en la que solo podían estar aquellas dos ajetreadas mujeres. Siempre han permanecido en mi memoria los aromas de todos los ingredientes y especies que ellas utilizaban para preparar el conejo en salmorejo, la carne fiesta o las garbanzas compuestas.

La fragancia del orégano y del tomillo, recién traídos del monte, penetraban por todas las estancias de la casa, mezclándose con las del comino y los ajos, el laurel y las cebollas.

En los postres ponían una cuidada elaboración. Cierro mis ojos y todavía las veo llevando a la mesa el frangollo y la riquísima Tarta de la Abuela, que desgranaba sabores de chocolate, galletas, yemas, azúcar y nata.

Mi padre y mis tíos estaban en la “bodeguita”, un espacio anexo al garaje de nuestra casa. Allí conversaban y discutían, tomándose un buen vaso de vino que el tío Antonio traía todas las semanas de la Matanza. El sabor intenso del tinto y afrutado del blanco despertaban al menos espabilado. Entre vaso y vaso hacían acopio de unos cuantos entremeses, unas generosas raciones de queso, pan con chorizo y almogrote. Así pasaban las horas hasta que llegara la noticia de la buena nueva. Todos le preguntaban a mi padre si prefería niño o niña, él contestaba con cierto nerviosismo que no tenía preferencia, lo importante era que la criatura viniese bien y sana.

Después del mediodía, cuando iban a empezar a comer, se oyó el sonido del llanto de un recién nacido. “Ya llegó” gritaron. Mi padre fue el primero en subir para comprobar que todo había salido bien. El resto de los comensales tuvieron que guardar turno al pie de las escaleras, pese a sus protestas, por orden estricta de la comadrona. ¡¡Era una niña!!

Cuando la vi por primera vez me pareció una muñeca preciosa, morena, con unos ojos muy grandes, se le veía espabilada. La llamaron Carmen por su madrina y Luisa por mi madre.

Mi padre estaba eufórico, invitaba a todos los familiares y conocidos que pasaban por la puerta de mi casa a tomarse un vaso vino, los convidaba a comer algo y brindar por la llegada de la pequeña. Fue una gran fiesta, a la celebración de San Benito se le unió el nacimiento de Carmen. A partir de ese día, cada año era un motivo para reunirnos y celebrar tanto la Romería como el cumpleaños de mi hermana.

Pasaba horas alrededor de su cuna, la miraba con impaciencia deseando que creciera pronto para compartir juegos, travesuras y aventuras. No me quedó mas remedio que esperar, tendrían que pasar unas cuantas romerías para festejar juntas ese día.

Añadir nuevo comentario