
Tema: Libro
Hay textos que nacen en silencio, en una libreta abierta, en una conversación compartida, en una idea que aparece durante un taller y se queda dando vueltas hasta convertirse en palabra. Otros nacen de una tertulia, de una lectura común, de una pregunta lanzada al grupo o de esa necesidad íntima de contar algo que, hasta ese momento, no había encontrado su lugar.
De esa necesidad nace Letras del Taller, una nueva sección pensada para hacer visibles las voces de quienes participan en los talleres de escritura y en las tertulias literarias. Un espacio para compartir textos, miradas y emociones que surgen alrededor de la palabra escrita. Porque escribir también es reunirse, escuchar, reconocerse en lo que otros cuentan y descubrir que cada persona guarda una forma única de mirar el mundo.
Esta primera entrega comienza con los textos de los asistentes a los talleres de escritura y a la tertulia “El Norte”, con Vidal Bolaños. El tema elegido para inaugurar la sección es “Libro”, una palabra sencilla en apariencia, pero enorme en significado. A partir de ella, cada participante ha abierto una puerta distinta: el libro como refugio, como memoria, como viaje, como compañía, como libertad, como herida, como sueño o como espejo.
En estas páginas conviven relatos, reflexiones y poemas que no buscan parecerse entre sí, sino mostrar precisamente la riqueza de cada voz. Hay quienes escriben desde la ternura, quienes lo hacen desde la imaginación, desde el recuerdo, desde el humor, desde la emoción o desde esa frontera en la que la lectura se mezcla con la vida. Todos los textos tienen algo en común: nacen del deseo de compartir.
Letras del Taller será una sección viva. Cada mes se irán sumando nuevos textos, nuevos temas y nuevas voces. Será un lugar de encuentro para quienes escriben, pero también para quienes leen y descubren en esas palabras una parte de sí mismos.
Porque un taller no termina cuando acaba la sesión. Continúa en lo que se escribe después, en lo que se conversa, en lo que se atreve a salir al papel. Y esta sección quiere ser precisamente eso: una estantería abierta donde las palabras de los asistentes encuentren su sitio, su luz y sus lectores.
Los pensamientos son libres,
¿quién podrá adivinarlos?
Los pensamientos son libres...
El origen, un anhelo: libre libro, libre.
Una raíz que apunta a la libertad y a la independencia...
De muchas edades, caras y facetas,
de colores y de olores distintos.
Tal vez monótono y seco,
a veces tan vivo que atrae y distrae,
hasta quitar el sueño
o, en ese mismo cumpliendo uno...
Palabras permitidas y prohibidas,
ordenadas en frases que se vuelven en páginas y capítulos:
sabiduría, romances, historias, cuentos,
vidas contadas y palabras inventadas
en juegos artísticos...
Hubo tiempos, y siempre los hay...
en los que no todo se podía decir en voz alta.
Pero incluso,
los pensamientos seguía siendo libre...
Encontraba un refugio,
como una puerta,
como una forma de decir sin decir,
de sentir sin permiso...
Es que, un libro no encierra,
LIBERA!!!
En cada página
late ese mismo anhelo antiguo ser,
por fin,
L I B R E!!!
Yohana
Una palabra cantó su armonía,
la frase le escribió su poema.
La historia nació de sus encuentros,
la portada gritaba: “¡Aún no tengo el título!”
A lo que el libro contestó: “Es el título”.
Al fin y al cabo.

La biblioteca, de repente, se venía abajo. No era un terremoto, no era un accidente, no era un derrumbe, eran fuerzas extrañas, una energía diferente que se había apoderado de aquella pequeña biblioteca. Comenzaron a salir seres extraños de los libros, gárgolas, dragones, caballeros con armaduras sin cabezas, monjes ensangrentados, gigantes deformes.
Eran las dos de la madrugada, lo sé porque me despertaron ruidos que provenían de ahí. Mi casa está detrás de la biblioteca. Salí de casa en bata y, de pronto, llegaron la policía y los bomberos. No podían abrir la puerta. Como por arte de magia todo volvió a la normalidad en escasos treinta minutos, lograron abrir la puerta y estaba todo en su sitio, como siempre.
Al llegar a mi casa encontré el libro que me estoy leyendo, abierto por la página doscientos cuarenta y cinco.
El inicio de esa página pone: “tranquila, no mires atrás, sigue tu camino, deja los pensamientos de dolor. Yo estoy bien, te espero en el lugar de siempre. Vente con el abrigo verde, hace frío.”
TODO HABÍA SIDO UN SUEÑO.
Al día siguiente fui a comprar el pan y le pregunté a Paquita, “Paquita, menudo susto anoche con lo que pasó en la biblioteca”, extrañada, me dijo: “¿Qué pasó?, no ha pasado nada que yo sepa, además, me hubiera enterado”. (Es verdad porque la panadería está al lado de la biblioteca).
—¡Ese libro está maldito! —Gritó mi abuela aterrorizada. Aquel ejemplar ajado de Las crónicas de una muerte anunciada de Márquez destacaba de entre los demás del escritorio de mi difunto abuelo. Yo solo quería mover la mesa para despejar al cortejo fúnebre que en aquellos momentos se dirigía hacia la polvorienta y abarrotada biblioteca de la casona, pero la cara de terror de mi querida nonna me hizo cambiar de opinión. La siempre jovial y activa Anna ahora se encontraba aterrorizada en una esquina, temblando y con los ojos desorbitados. No quise decir nada, pero aquel libro acabó volando hacia el pasillo seguido de la entereza de mi querida abuela. El ataúd entró en aquel momento seguido de una hermosa corona, y en su centro, una cinta mencionaba: "Macondo siempre te recordará". Entonces lo comprendí. Aquel lugar imaginario fue el causante de nuestra trágica despedida...
Si hablamos de ese que yo llamo “amigo”, muchas personas dirían que solo es papel con tinta. Muchas veces se guarda en un estante acumulando polvo y nunca llegamos a leerlo. Pero para mí, un libro es mucho más que papel cortado, impreso y encuadernado. Es un portal hacia otra realidad, una oportunidad de viajar sin moverse de casa.
A veces ocurre un fenómeno asombroso: vivimos una historia e incluso empezamos a sentir emociones que pertenecen a otras personas. Experimentamos el valor de un héroe, el dolor de un extraño o la alegría de alguien que solo existe en la ficción, llegando a hacer que esos sentimientos se vuelvan nuestros.
Otras veces te ayudan con palabras que necesitabas leer, algo parecido a cuando hablas con un amigo y al escuchar alguna frase se ordena algo en tu cabeza. Es una forma de evadirte de los problemas cotidianos, en esos momentos de tormentas el libro se convierte en un refugio de papel y tinta donde el ruido exterior desaparece durante un rato. Un descanso de tu realidad. Aun siendo "solo papel” como algunos dicen, puede proporcionarte una oportunidad de crecimiento personal porque ves las cosas desde otros ojos.
Por ello, para mí el papel es solo un envase, el verdadero contenido es la magia de ese viaje emocional que nos salva y nos transforma. Es el envoltorio de un inmenso regalo que nos da la posibilidad de escapar, de respirar y de volver a nosotros mismo con el alma un poquito más llena.
Empiezo, como todas las mañanas, a preparar mi ritual diario: ese momento en el que sé que mi mejor amigo siempre está esperándome para llenarme de sus historias, sus aventuras y sus enseñanzas.
Esa compañía me lleva a volar cual gaviota, en libertad, donde mis alas no pesan y se siente una gran paz; pues, estando a su lado, no se siente soledad.
Esa soledad que tantas veces la mente trata de ocultar, hablando en medio de la gente, hablando solo por hablar... Pero, con él, sobran todas las palabras.
Tan solo basta con escuchar, observar, analizar y entender que la mejor aventura es comenzar el día preparando mi ritual: mi café calentito.
Sentada en mi sillón, mirando a través del cristal de mi ventana, veo cómo comienza la mañana.
En el silencio suave de un nuevo día, acaricio entre mis manos el nuevo libro de José Vidal, Enredado en píxeles, con la emoción de descubrir nuevas aventuras, reflexiones y enseñanzas que llenan mi alma de sabiduría.
Yo leo con la emoción de mi alma, volando y escapando de mi soledad.
Los libros son mis amigos porque en ellos yo veo aventuras donde otros solo ven libros.
Samuel como cada mañana, va a la universidad de las Palmas en guagua, siempre con su libro de lectura bajo el brazo para leer en la parada de guaguas y durante todo el trayecto.
Esta mañana no empezó como las de costumbre, al llegar a la parada de guaguas de Barrial su asiento para esperar estaba ocupado por una perrita que parecía molesta, de la molestia pasó al ladrido, pero no uno cualquiera sino uno de dolor. Samuel se percató que esa perrita estaba de parto, miró a su alrededor a ver si venía alguien más para ayudar en el parto, pero estaba sola. Así que al mirar nuevamente al asiento de la parada ve asomar una cabecita, el primer cachorro había salido pero venía un segundo y tras él vino el tercero y el cuarto. Samuel los arropó con su chaqueta y llamó a la protectora de animales porque ya en breve tendría que partir a la universidad. Llegó la guagua y allí los dejó arropados con su abrigo y dos libros de novelas que había leído ya la mitad.
Ese día llegó a la universidad y volvió a su casa sin haberse enterado de nada, ninguna asignatura de las que tuvo hoy solo pensaba en esa perrita y en esos 4 cachorros, en cómo estarían y cómo les trataría, si alguien los adoptaría, hasta los nombres que le pondría si a él mismo se le ocurriera adoptarlos, todos nombres de esas dos novelas que los cobijaron al nacer, así que a sus padres se los propuso y a la protectora llamó y finalmente los adoptó.
Los libros siempre me sirvieron de refugio, como a tantas personas.
Hubo épocas que sentía que los leía incluso con ansiedad. Ansiedad por terminar y empezar uno nuevo.
Miles de historias, relatos de vidas ajenas a la mía, pero que siempre, de alguna forma, me veía reflejada.
¿Sería capaz yo de escribir un libro? No creo. No tengo mucho que contar, o eso creía.
Un diciembre nació mi hijo. Su historia, su forma de llegar a mí y yo a él, no fue la más común.
Sin duda, era una historia peculiar.
¿Sería capaz él de entenderla? ¿O se sentiría como un bicho raro?
En mi afán de contarle y hacerle llegar historias con las que se pudiera identificar, busqué libros, muchos.
Me obsesioné en encontrar una forma de contarle su preciosa historia, la nuestra, pero no la encontré.
Así que, por primera vez en mi vida, sentí que debía escribir yo ese libro que buscaba.
Ahora sí tenía algo que contar.
Su historia, nuestra historia, merecía ser contada.
Y ahí está, en su mesilla de noche, acompañándole silenciosamente.
Y de vez en cuando me dice, mami, ¿me lees el libro que escribiste para mí?
Un libro es un mundo que cabe entre las manos.
Cuando se abre, las páginas son puertas que descubren caminos y mundos diversos. Cada letra abre una ventana y cada frase una vereda. Puedo estar en un sillón y de repente viajar a cualquier lugar aunque éste no exista. Puedo ser otra persona, vivir mil vidas, sentir miedo, amor, deseo o vivir una maravillosa aventura sin moverme del sitio.
Un libro no tiene batería, pero nunca se apaga. No pesa, aunque lleve dentro montañas, mares, ciudades o el universo entero. Guarda voces de gente que ya no está y pensamientos de personas que nunca conoceré pero que se retienen en el tiempo durante el cual abres el libro y pasas sus páginas.
Un libro es silencio que habla. Es tiempo detenido guardado entre dos tapas. Es la forma más antigua que tenemos de no estar solos.
Cuando lo cierras, el mundo sigue ahí dentro, esperándote para cuando quieras volver a vivirlo, a sentirlo, a imaginarlo e incluso a olerlo.
Devuelvo mi libro a la estantería para que otro lo pueda descubrir.
No por el silencio, sino por todo lo que contiene.
Hay libros que brillan desde lejos, con portadas que prometen más de lo que pueden sostener.
Los abres… y no hay nada dentro que se quede contigo.
Otros pasan desapercibidos. Con el lomo gastado, esquinas dobladas, nadie los recomienda.
Pero basta una página para que algo dentro de ti cambie de lugar.
Algunos han perdido el color con los años, han sido tocados por muchas manos, han sobrevivido al olvido. Y aun así, o quizá por eso, guardan una verdad que no necesita adornos.
Pero en esta biblioteca hay una norma que no se rompe: no puedes llevarte ningún libro.
Ninguno. Solo te llevas lo que deja en ti. Lo que te incomoda. Lo que te despierta, que te obliga a mirarte sin excusas.
Eso es lo único que realmente te pertenece.
Y tú… también estás en esas estanterías.
No como lector, sino como historia.
Habrá quien pase de largo, quien no te entienda, quien te cierre antes de tiempo.
Y también habrá quien, sin saber por qué, se quede.
Pero eso no es lo importante.
Lo importante no es gustar, ni ser recordada, ni encajar en ninguna colección.
Lo importante es que lo que escribas no sea una versión aceptable de ti, ni una historia corregida para tranquilizar a otros, que no te edites para encajar, no te suavices para ser leída.
Que, cuando alguien abra tu libro, no encuentre ruido, ni relleno, ni páginas escritas por miedo.
Que encuentre verdad. Aunque incomode, no guste, o no venda.
Porque al final, cuando cierres tu propio libro, lo único que va a importar no es cómo te leyeron…
sino si fuiste capaz de escribirte.
Dedicado a esos que tanto nos enseñan, que estuvieron presentes en nuestras vidas desde los comienzos y nos vieron crecer. Tomando distintas formas y colores, pero con una misma esencia: la unión de miles de palabras que nos invitan a soñar, a convertirnos en otros personajes, a vivir otras vidas, a conocer lugares de ensueño que inevitablemente hacen volar nuestra imaginación.
A veces nos hacen reír, otras llorar, incluso nos ayudan a reflexionar. Acudimos a ellos para obtener conocimiento, para ser más elocuentes. A través de ellos nos sumergimos en la historia. Ellos son la fuente más fiable. Los libros son como ventanas abiertas al mundo que nos permiten acceder a grandes píldoras de sabiduría que enriquecen nuestra mente y empoderan nuestro Ser.
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