
Mucho antes de que existieran las iglesias actuales, los reyes o las ciudades, los seres humanos vivían en cuevas y ya miraban al cielo buscando respuestas.
Aunque vivian en lugares distintos de la Tierra, llegaron a considerar al Sol como algo sagrado y cada pueblo, sin conocer a los demás, le dio un nombre diferente
Para los egipcios, su nombre era Ra; para los griegos, Helios; para los romanos, Sol Invictus y para los guanches, Magec.
Muchos de estos pueblos celebraban los ciclos del Sol mediante fiestas, danzas, hogueras, ofrendas y ceremonias. Para ellos representaba la luz frente a la oscuridad, la fertilidad de la tierra y la continuidad de la vida.
En la Biblia está escrito que María visita a su tía Isabel, que estaba embarazada de Juan el Bautista:
"Y aconteció que, cuando oyó Isabel la salutación de María, la criatura saltó en su vientre; e Isabel fue llena del Espíritu Santo."
"Porque tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre."
También en la Biblia está escrito que Juan el Bautista presentó a Jesús como la luz enviada por Dios.
“Vino un hombre enviado por Dios, llamado Juan. Éste vino como testigo para dar testimonio de la luz…”
Asimismo, está escrito que Jesús dijo de sí mismo:
“Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.”
Pasaron los años y los siglos, y en los distintos pueblos se siguió celebrando la fiesta al dios Sol. Así llegamos al tiempo en el cual la Iglesia fijó el 24 de junio como la festividad del nacimiento de San Juan Bautista, según la tradición cristiana, coincidiendo con antiguas celebraciones del solsticio de verano.
En Tenerife, los guanches observaban atentamente el cielo. Sabían que el movimiento del Sol marcaba los tiempos de la naturaleza. Cuando se acercaba el verano celebraban una de sus fiestas más importantes: el Beñesmen:
“Cuando hacían su agosto y recogían los panes, hacían juntas y fiestas en cada reino, como en agradecimiento del bien recibido, y eran estas fiestas tan privilegiadas, que aunque hubiese guerra se podía pasar de un lado a otro seguramente a ellas.”
Fray Alonso de Espinosa describe que se reunían todos, compartían alimentos y participaban en celebraciones, encuentros y ceremonias:
“Hacían entre año (el cual contaban ellos por las lunaciones) muchas juntas generales; y el rey que a la sazón reinaba les hacía el plato y gasto de las reses, gofio, leche y manteca, que era todo lo que darse se podía. Y allí mostraba cada cual su valor, haciendo alarde de sus gracias en saltar, correr, bailar al son que llamaban canario, con mucha ligereza y mudanzas; luchar y en las demás cosas que alcanzaban. Y no es poco de maravillar que, con manjares tan toscos y gruesos, se criasen hombres tan valientes, de tanta fuerza y ligereza y de tan delicados ingenios como de ellos han salido.”
Después llegaron nuevos tiempos. Vinieron los conquistadores y con ellos el cristianismo y las nuevas instituciones. De ello queda constancia en Arico, donde ya existía una iglesia en Taxo, mencionada en el testamento de Juan Alonso, con fecha 11 de febrero de 1520. Icor (Arico):
“Item dijo que si de él aconteciese finamiento, que fuese sepultado su cuerpo en la iglesia de Nuestra Señora de la Luz que es en Taxo, que allí le diesen eclesiástica sepultura.”
También en otro testamento tenemos constancia documental del nombre de Arico:
“Constanza de Torres, viuda de Francisco González, vecinos de la Orotaba y moradores de Arico.con fecha 25 de diciembre de 1591. Los Auchones (Arico).”
Con estos y otros pobladores se fue conformando el pueblo de Arico, y sus habitantes debían desplazarse por los caminos de la cumbre hasta La Orotava para recibir los sacramentos y participar en las principales celebraciones religiosas, hasta el año 1560. Y posteriormente la jurisdicción eclesiástica de Arico pasó a depender de Vilaflor, aunque esa localidad seguía estando distante y comunicada por caminos difíciles de recorrer.
Por ello, en el año 1639, un grupo de vecinos, en nombre de Juan González Mexía (nieto de Constanza de Torres), sus familiares y otros habitantes del lugar, solicitaron la creación de una parroquia propia para atender las necesidades espirituales de la población.
La petición fue finalmente atendida y se eligió como patrono a San Juan Bautista, una elección que pudo verse favorecida por la gran devoción que despertaba este santo entre los primeros cristianos de la comarca o por el nombre de su fundador: Juan González Mexía.
La festividad de San Juan ha conservado hasta nuestros días numerosas prácticas populares transmitidas de generación en generación.
Las hogueras constituyen uno de los elementos más característicos. En torno al fuego se reúnen familias y vecinos para compartir la celebración. Muchas personas continúan saltando las llamas o quemando papeles con deseos escritos, costumbres asociadas simbólicamente a la purificación y la renovación.
El agua también desempeña un papel destacado. Los baños nocturnos en el mar, los lavados rituales o la recogida del agua de la noche de San Juan forman parte de un conjunto de prácticas muy extendidas en Canarias.
En otros lugares del sur de Tenerife, como Buzanada, también existieron costumbres que forman parte de la memoria popular local. Entre ellas se recuerda el cambio de macetas entre viviendas durante la noche, una práctica especialmente vinculada a los jóvenes y a los juegos de cortejo. También se conservó la costumbre de enramar la silla de quienes llevaban el nombre de Juan y agasajarlos con dulces y una copita. También por estas fechas, en la zona de La Escalona y Vilaflor, se cogían las peras sanjuaneras, una pera chiquita, de color verde, crujiente y muy sabrosa.
Especial interés presenta el llamado «paso de la vara», una práctica de medicina popular destinada al tratamiento de las hernias umbilicales infantiles. El ritual requería la participación de personas llamadas Juan, María e Isabel, así como una rama de árbol abierta longitudinalmente, a través de la cual se hacía pasar al niño mientras se pronunciaban determinadas fórmulas rituales.
Esta costumbre, hoy prácticamente desaparecida, constituye un valioso ejemplo de la convivencia entre religión, creencias populares y conocimientos tradicionales.
Este legado cultural se ha visto reforzado por la Romería de San Juan, que desde el año 2013 viene celebrándose como una muestra de las tradiciones, la identidad y la memoria heredada de nuestros antepasados, unidas a las expresiones festivas de los tiempos actuales.
Así, cada mes de junio, Arico vuelve a reunirse en torno a una celebración donde conviven historia, fe, tradición y cultura popular, manteniendo vivo un patrimonio transmitido de generación en generación.
¡Viva Magec! ¡Viva San Juan!
María del Valle García del Castillo y Bello
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