Imagina, lector, que escuchas por ahí, como quien no quiere la cosa, las bonitas palabras yu ar sou preti”. Si las oyeras y cerraras los ojos, creo adivinar que ese adefesio llamado subconsciente colectivo (alias patriarcado), te traería la imagen de Marilyn Monroe desmayándose en los brazos de Robert Mitchum. O a Bacall derritiéndose ante Humphrey Bogart… ¿Me equivoco?  Sin embargo, son muchas y muy diversas las escenas de amor que pueden darse en torno a esta declaración de amor. Si crees que eso es así, amado lector, estás en el libro adecuado. ¡Bienvenido!

Por jardín de invierno se entiende un lugar acristalado para proteger a las plantas de las inclemencias del exterior. A su vez, puede explicarse su práctica como un cultivo ex tempore de flores sumamente delicadas, sin costumbre de vivir a la intemperie. Con esta alegoría nos plantea Daniel María la necesidad de dar voz a los amores tardíos, y más concretamente a los amores homosexuales en la vejez. La necesidad de nombrarlos, (re)conocerlos y cuidarlos del frío social que casi siempre hace ahí fuera.

Daniel María (imagen tomada del periódico La provincia)

La zona metropolitana de Tenerife es el espacio en el que se desarrolla la historia de Manuela, que acaba de perder a su marido, (empresario con el que ha construido una muy buena vida), y Eusebia (viuda hace más tiempo de una mujer a la que amó muchísimo). La historia comienza con el reencuentro de estas dos mujeres en el duelo del esposo de Manuela. Conocidas desde la juventud, pero unos sentimientos recíprocos y reprimidos desde entonces, algo echa a andar en este momento luctuoso que las reúne a las dos. Ambas pasan ya los 80 años.

Manuela vive con personas a su servicio que se dibujan en la historia como verdaderos cómplices de vida de la mujer: en el ama de llaves puede verse a la Sra. Danvers de Rebeca cuidando de la primera Sra. de Winter. Si añadimos a la cocinera y su mimo culinario, vemos cómo el escritor nos perfila un equipo humano poderoso (y femenino) que sostiene emocionalmente a Manuela en aquella casona inmensa.

Eusebia, por su parte, vive con su nieto, un joven muy maduro para su edad y un enamorado de la cultura retro, circunstancia que le acerca mucho a su abuela en cuestiones musicales y cinematográficas. Daniel María les da vida en este texto con la frescura y espontaneidad necesarias para que formen la pareja perfecta en la que se abrazan dos generaciones y una misma visión de la vida, tolerante, abierta y entregada absolutamente a la adoración de su santidad Liz Taylor.

Nos cuenta el autor en las Notas al final del libro que esta historia está inspirada en otra real: la de Lorenza y Carmen. Dos ejemplos de valentía y entrega en la madurez a la aventura de vivir el amor lésbico con absoluta libertad. Te ennoblece el gesto, Dani.

Pero es que, además, la novela está entretejida con tanto arte, con tanta literatura (Pepe Hierro, Calderón) con tanto cine (Diane Keaton, Bette Davis), con tanta música (Mercury, Patti Smith) y con tanta fuerza reivindicativa de la realidad LGTBQ+, que el premio de Literatura Diversa 2025 no es casualidad. El Jardín del invierno es un metraje literario, un recital apoteósico a todo lo que necesitamos las personas para ser libres: amor, respeto, dignidad, igualdad y un vinilo de la albsolutísima Cher.

©Rosa Galdona

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