Hemos construido un mundo que nos empuja a movernos sin parar. Nos dijeron que progresar era salir, crecer, conquistar, facturar, volar lejos… y nos lo creímos. La sociedad industrial primero, el capitalismo después y un modelo profundamente patriarcal de éxito terminaron de rematar la jugada: producir más, llegar más lejos, no parar nunca. Quedarse, en cambio, se volvió sospechoso. Casi un fracaso.

Y en ese viaje constante hemos ido dejando atrás algo esencial: la raíz. Porque moverse no es malo. Lo que es peligroso es no tener a dónde volver.

Frente a este modelo voraz, hay pueblos que están haciendo justo lo contrario. Por ejemplo, la comunidad nativa shuar de Palora, en la provincia de Morona Santiago, en pleno cantón amazónico ecuatoriano, ha entendido algo que aquí parece que se nos ha olvidado: el equilibrio. Han apostado por un ecoturismo sostenible que no depreda su entorno, que no prostituye su cultura, que no vende su alma por cuatro fotos en Instagram. Y, al mismo tiempo, animan a sus jóvenes a salir, a conocer el mundo, a abrir la mente… pero con una idea clara tatuada en el pecho: volver.

Y aquí entra un matiz clave de nuestro tiempo: ya no estamos en el siglo pasado. Hoy internet llega prácticamente a todas partes, incluso a pueblos remotos de la selva amazónica ecuatoriana como Palora. Hoy cualquier persona puede formarse desde su lugar de origen: estudiar una carrera universitaria, un máster, un doctorado, sin abandonar su comunidad. Puede trabajar en remoto, generar ingresos, crear, investigar… incluso escribir y publicar libros desde su aldea sin necesidad de exiliarse para “ser alguien”.

Es decir: ya no hay excusa estructural para desvincularse de la raíz. Ahora la decisión es cultural. Y el derecho a la descentralización de las oportunidades y de la cultura ha de ser universal.

Volver para cuidar.
Volver para preservar.
Volver para sostener lo que les sostiene.

Y ahí está la clave que a nosotros se nos ha escapado entre vuelos low cost y contratos temporales: no se trata de no moverse, sino de no perderse.

Admiro profundamente esa forma de entender la vida. Esa inteligencia silenciosa que no necesita discursos grandilocuentes porque se practica cada día. Esa manera de resistir sin hacer ruido, de crecer sin destruir, de avanzar sin olvidarse de quiénes son.

Y ahora viene la parte incómoda:

En Canarias llevamos años jugando a lo contrario. Celebramos que nuestros jóvenes se vayan porque “aquí no hay nada”, mientras abrimos la puerta a un modelo económico que exprime la tierra, encarece la vida y convierte nuestras islas en un decorado de paso. Nos movemos mucho, sí… pero cada vez pertenecemos menos.

Y además hemos normalizado algo que deberíamos empezar a desmontar desde ya: decirle a nuestros artistas que, para triunfar, tienen que irse. Como si el talento necesitara cambiar de código postal para ser válido.

No. Justo al revés. Deberíamos dejar de empujarles fuera y empezar a tejer redes dentro. Crear estructuras culturales sólidas, apoyarnos entre nosotros, consumir arte local, generar oportunidades reales aquí para que quien crea, quien escribe, quien pinta o quien canta pueda vivir de su talento sin tener que marcharse.

Porque cuando un artista se va, no solo se va una persona: se va una voz, una mirada, una forma de contar quiénes somos.

Y lo más duro es que, hoy en día, ya no es necesario marcharse para prosperar. Podríamos estar construyendo desde aquí, creando desde aquí, viviendo desde aquí… si cambiáramos la mentalidad.

Si de verdad queremos preservar Canarias, no basta con discursos identitarios ni con romanticismos de postal. Hace falta un cambio profundo. Hace falta volver a darle valor a quedarse. A construir aquí. A cuidar lo nuestro como hacen los shuar: con orgullo, con conciencia y con una visión a largo plazo.

Porque si no hay raíz, no hay futuro. Y si seguimos confundiendo progreso con huida, acabaremos siendo extranjeros en nuestra propia tierra.


Lecturas recomendadas

En tiempos donde todo empuja a salir corriendo, estos libros invitan justo a lo contrario: a detenerse, a pensar el lugar que habitamos y a preguntarnos si el progreso merece la pena cuando nos arranca de nuestra raíz.

 1)  La España vacía, de Sergio del Molino. Editorial: Alfaguara.
Un retrato lúcido del abandono rural en España y de lo que perdemos cuando dejamos atrás el territorio y la identidad que nos sostiene.

2)  Volver a casa, de Yaa Gyasi. Editorial: Salamandra.
Una historia sobre herencia, identidad y pertenencia que atraviesa generaciones, recordándonos que siempre hay un hilo invisible que nos ata al origen.

3)  El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince. Editorial: Seix Barral.
Un homenaje íntimo a la memoria, a la familia y a las raíces emocionales que nos construyen y nos acompañan toda la vida.

4)  Tierra de mujeres, de María Sánchez. Editorial: Seix Barral.
Una reivindicación del mundo rural, del arraigo y de la sabiduría de quienes viven conectados a la tierra sin necesidad de marcharse.

5)  Vida mía, de Dacia Maraini. Editorial: Altamarea.
Un recorrido personal y literario sobre identidad, decisiones y el lugar que ocupamos en el mundo cuando elegimos vivir con conciencia.


Y ahora viene lo que estabas esperando, la receta del mes:

Bizcochón de papaya de temporada

Ingredientes
– 4 huevos
– 150 g de azúcar
– 100 ml de aceite de girasol o suave
– 200 g de harina
– 1 sobre de levadura
– 200 g de papaya madura (triturada o en trocitos pequeños)
– Ralladura de limón o lima
– Un chorrito de leche (opcional)

Preparación

  1. Precalienta el horno a 180ºC.
  2. Bate los huevos con el azúcar hasta que la mezcla blanquee.
  3. Añade el aceite y sigue batiendo.
  4. Incorpora la harina tamizada con la levadura.
  5. Añade la ralladura y la papaya.
  6. Mezcla con suavidad.
  7. Vierte en molde engrasado.
  8. Hornea 35-40 minutos.

En abril, cuando la primavera se abre paso en Tenerife, la papaya madura bajo el sol de nuestras islas, dulce, jugosa y cercana. Este bizcochón de papaya no es solo un dulce: es una forma de volver a lo nuestro, a lo que crece aquí sin necesidad de mirar fuera.


Si te ha gustado este artículo, puedes leer mi artículo anterior:https://www.actecanarias.es/es/node/2316

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