Navegando por la Red encontré que, la tradición procesional que prolifera en estos días, contiene una de las manifestaciones más extrañas y sorprendentes de la historia del cristianismo traída hasta nuestros días.  La que más curiosidad e inquietud provoca: los cofrades penitentes con capirote.   

Y fueron sus enormes y puntiagudos capirotes los que me llevaron a recordar una expresión muy repetida en mis años de infancia, que encierra una intención mitad insulto mitad burla: “Eres tonto de capirote”. 

Esta expresión, que se utiliza con el mismo sentido en todo el territorio español, viene a definir a una persona muy tonta, necia, incapaz o de poco entendimiento. 

Por aquellos años de mi primera infancia, y mientras la dictadura languidecía, era común dirigir expresiones ofensivas e hirientes a los educandos cuando reincidían en sus torpezas, o demostraban una incapacidad de comprensión que retrasaba el ritmo del conjunto.  Con una pedagogía educativa aun en pañales, se consideraba una medida correctiva y hasta constructiva ¡Qué barbaridades!  

En aquellos púberes años, yo no entendía la relación que podía existir entre la torpeza y el capirote. Lo que sí pude intuir, más por el tono despectivo y burlesco que por conceptos, es que contenía una ridiculización de la persona a la que iba dirigido el “elogio”. Y, más allá, pude sentir el escozor que las palabras ofensivas provocan. 

Presa de la curiosidad, me instaba a mí misma a conocer el sentido de tal expresión. Pero, sin elementos para su dilucidación, erróneamente llegué a pensar que debía guardar relación con los capirotes, los pájaros que mi padre y mi abuelo cazaban con su *jiñera.  Una actividad comúnmente realizada en el entorno rural y que, por aquellos días, distaba de ser considerada empresa delictiva. Se me ocurrió, en mi inocente parecer, que la razón de tal expresión se debía a que los mayores consideraban tontos a los capirotes porque se dejaban atrapar. ¡Menuda imaginación la mía!

Un poco de historia. 

Llegados a este punto, debo explicar que fue en otro momento de mi vida que averigüé la causa que daba pie a tal “infamia”.  Y, no. No era por considerar tontos a los confiados e inocentes pajarillos cuyas plumitas negras en la cabeza asemejaban más al solideo de un obispo que a un cucurucho nazareno. 

La historia es otra. Y proviene de la sentencia condenatoria impuesta por un Tribunal de la Inquisición instaurada en los tenebrosos tiempos de la Edad Media y hasta los albores de la Edad Moderna. 

La Inquisición española (1478-1834) fue instituida bajo la regencia de los Reyes Católicos con la intención de imponer la ortodoxia católica. Durante los primeros años supuso una férrea represión de todo bautizado, e intensificada contra el protestantismo que incluyó la persecución de la comunidad judía y sefardí, y cuyos tribunales activos estaban en Aragón.  Este período quedó abolido en 1834 durante el reinado de Isabel II. 

Sentencia: escarnio público. 

Durante esta etapa de la historia de España se persiguió, no solo al judío, sino además se vigilaba cualquier signo que evidenciara al no creyente o hereje. 

Entre los castigos que se aplicaban entraba la humillación pública. Al condenado se le colgaba un sambenito, escapulario de lana que cubría el pecho y la espalda para su señalamiento y vergüenza.  Estos lucían símbolos como cruces (si se arrepentían), o dragones, serpientes, demonios y llamas (signos del infierno). Además, se les imponía el mencionado capirote. Gorro cónico y puntiagudo cuyo sentido era acercarlo al cielo, hasta Dios, para su redención. Ataviados de esta guisa los hacían transitar por las calles durante los autos de fe. Después el sambenito se colgaba en el templo (de ahí el dicho “colgar el sambenito”), con el nombre del penitente como vergüenza perpetua alcanzando esta a toda su familia. 

Era durante la exposición pública que el populacho se cebaba con los condenados profiriéndoles insultos y burlas ejecutándose la humillación.

Sorprendentemente estos elementos se han mantenido en el tiempo y hoy la observamos como indumentaria alegórica de los cofrades en la Semana Santa. Su origen fue causa de sufrimiento y escarnio para aquellos que desobedecían las normas impuestas por la Iglesia Católica. 

Dicho esto, agradezcamos a Isabel II el cambio de rasante histórico. Y, aunque dicho así, pareciera que todo cambió de un día para otro, todos sabemos que los procesos de cambio de pensamiento en la historia se instauran muy lentamente en los pueblos. 

Cambio de paradigma y adopción de nuevos significados.

Así, lo que originariamente supuso un elemento de escarnio público, iniciado con los Reyes Católicos, sufrió un cambio de sentido siendo adoptado de forma voluntaria por los cofrades, previa catequesis (no hay que olvidar cual es el método usado para la transición), como acto de expiación de sus pecados, y, los significantes, pasaron a ser espiritualmente benévolos para los ya asegurados fieles.

El capirote elevaba su punta para alcanzar la bendición del cielo; el antifaz ofrecía anonimato y alejamiento de reconocimiento social del penitente. La penitencia íntima se consolidó en exposición pública como camino de expiación.  

Consolidados los cambios durante el siglo XVII en España, fue Sevilla pionera de esta tradición de cofrades penitentes voluntarios, extendida después a toda España.  

Tonto de capirote.

Y de esta manera cumplía el ortodoxo con su parte de la condena. 

*Artefacto en forma de jaula hecho de canutos de caña dispuestos en forma cuadrangular para cazar pájaros.  

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