El secreto del camino de Santiago

Uno vuelve a donde fue feliz. Siempre he escuchado esa frase: bella, sencilla y cierta, o por lo menos así la siento. Y yo he decidido volver a hacer el Camino de Santiago: sacrificado, doloroso, incierto y, a la vez, profundamente bello. Una experiencia que debe vivirse como minimo una vez en la vida.

Haciendo recuerdo de aquella mágica estampa de Antonio Machado, hemos de recordar: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar; al andar se hace camino y nada más”. Pero, ¿qué tiene este Camino que lo hace tan adictivo? Pese a la lluvia, al dolor, al cansancio más extremo… ¿qué es lo que empuja a tantas personas, de tantos lugares distintos, a recorrerlo?

Quizá haya una respuesta tan simple como bella: la igualdad. En el Camino, todas las personas lo son. Unos más rápidos, otros más lentos; pero tarde o temprano, todos se encuentran. No importan títulos, ni orígenes, ni diferencias. Solo importa avanzar, compartir, ayudar y dejarse ayudar.

Y entonces me pregunto: ¿por qué no llevamos esa filosofía que el Camino enseña a nuestra vida diaria, a nuestro propio camino vital? ¿Por qué no caminar con más empatía, con más humildad, con más sentido de comunidad?

Tal vez la verdadera meta del Camino no sea Santiago, sino comprender que la convivencia que parece utópica es, en realidad, posible. Y que, en tiempos donde el odio parece estar a la vanguardia, elegir caminar juntos, respetarnos y reconocernos en el otro es, más que nunca, una necesidad.

Porque al final, como en el Camino, la vida también se hace andando… pero depende de nosotros decidir cómo queremos recorrerla.

Foto: Santiago Ramos en Galicia

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