
El Grito del Silencio
Enfrentando el dolor con rabia en mis arterias,
asumiendo el caos que domina mi cabeza.
Paralizando mi cuerpo directo al inframundo.
Odiando a la persona que se mira al espejo,
el corazón pudriéndose por dentro.
El nudo de la garganta me va matando lentamente poco a poco,
reclamando de rodillas que esta pesadilla acabe pronto.
Viendo en mis sueños la esquela del final de mi triste historia en el cementerio.
Con un disparo directo en la sien,
cortándome las venas para borrar los recuerdos del ayer.
Mi vida acabará en un ataúd sin nombre.
El Vínculo: La Mano que no Suelta
Y aun con el veneno en las venas,
alguien me sostuvo la mano sin soltarla.
No dijo nada, pero en su silencio,
mi cuerpo cansado tembló distinto.
El dolor no se fue,
pero por un segundo,
el cuchillo fue hoja,
la muerte, suspiro, y yo,
solo un humano roto que aún merecía ser visto.
No estoy curado, pero ya no estoy solo.
Colaboración especial con mi compañera de profesión Miren.
Reflexión de 10 minutos con Ray: La Sanidad del Alma
Como sanitario, mi día a día transcurre entre protocolos, constantes vitales y diagnósticos. Pero como escritor, mi mirada se detiene en lo que no aparece en la historia clínica: la rabia en las arterias y el caos en la cabeza.
A menudo, recibimos pacientes que llegan con el ‘corazón pudriéndose por dentro’. Personas que no buscan una pastilla, sino el final de una pesadilla que las tiene de rodillas. Es ese dolor visceral que nos hace odiar el reflejo en el espejo y desear borrar los recuerdos del ayer a cualquier precio.
He escrito estas líneas porque en el hospital aprendí que la medicina más potente no es química, sino humana. Es ese momento en el que, aunque el paciente tenga el ‘veneno en las venas’, decides sostenerle la mano sin soltarla. En ese silencio, donde no sobran las palabras, ocurre el milagro de la humanización: el cuchillo del dolor se vuelve hoja, la idea de la muerte se transforma en un suspiro y esa persona deja de ser un número para ser un ‘humano que merece ser visto’.
Ser sanitario es entender que no siempre podemos curar, pero nunca debemos dejar que el otro esté solo. La verdadera prosperidad y la fe de volver a empezar nacen de esa mano que no suelta, de ese vínculo que enciende una luz en la oscuridad del despertar.
Si hoy sientes que tu historia acaba en un ataúd sin nombre, recuerda: la valentía de tu mente es el poder de la verdad. Busca esa mano. No estás solo.
~Tu historia no tiene por qué terminar hoy. Sostén la mano de quien te la ofrece y permite que la luz vuelva a entrar.~
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