
Fueron muchos los cursos que D. Pedro había vivido en aquel centro de tres plantas y edificaciones anexas de la capital conejera. Muchos también los recuerdos, las anécdotas que habían ido configurando su paisaje emocional. Se debatió, por un tiempo, entre el temor a lo novedoso, la incertidumbre y perder la seguridad de lo conocido. Durante aquel último curso dos hechos le habían marcado de manera singular, dos formas muy diferentes de afrontar el mismo asunto.
Desde que transitara por aquellos pasillos, como sustituto bisoño en un principio, una de las características que definía este instituto era esa, la que lo singularizaba, la detección de al menos un embarazo no deseado por año escolar. Formaba parte de una especie de tradición, maleficio, distinción... a saber qué. Aunque nadie se acostumbraba a ello, tampoco los pillaba desprevenidos a ningún miembro de la comunidad educativa.
Por supuesto se impartían charlas informativas para el alumnado y progenitores; se organizaba todo aquello que el claustro creía adecuado para abordar el tema, aunque en todos los cursos que D. Pedro había permanecido en el centro, sin excepción, se había producido como mínimo un embarazo, incluso el de aquella chica de 1ºESO que acudió al instituto, una vez convertida en madre, a presentar a su hija. Aquel curso de despedida una alumna de 4ºESO y otra de 2º Bachillerato, a ambas impartía clase D. Pedro, les tocó el turno.
Iris, 15 años, risueña, sociable, carácter firme, a veces explosiva, académicamente irregular desde el inicio, aunque D. Pedro había conseguido “enredarla” con la literatura, despertando su vena creativa, bastante peculiar. Unos días después del regreso de las vacaciones de Navidad, al término de la jornada lectiva Iris se demoraba más de lo habitual en recoger todo su material en clase; D. Pedro se acercó, nadie más quedaba en el aula.
D. Pedro, me gustaría preguntarle algo, me da cosa, pero como confío en usted, me interesa su opinión, comenzó a hablar Iris; si no le importa y si tiene un momentito.
Siempre hay un momento para las personas que acuden a uno, además me halaga que confíes en mí como persona; dime, espero servirte de ayuda.
Le contó Iris que una buena amiga suya había mantenido relaciones con su pareja actual de hace unos 6 meses, con tan mala suerte que había quedado embarazada. El chico se lo había dejado muy claro, él se desentendía, no voy a ser padre a mi edad y, perdona, tampoco tengo claro que sea mío. Lo sabe mi tutora, el profe de religión y otra amiga. La cuestión es si debe abortar o tener la criatura, aunque tampoco sabe cómo reaccionarán sus padres, son muy estrictos, muy creyentes... Tiene muchas dudas y debe tomar decisiones.
Bastante grueso era el problema como para desmontarle la socorrida historia de la amiga. Mira, Iris, si fuera mi hija no tendría la menor duda, se es madre o padre para toda la vida, además somos frutos, la gran mayoría, de un acto de amor; se requiere mucho cariño, mucha paciencia, mucho tiempo, madurez suficiente, recursos para afrontar los continuos gastos que se generan... No es un capricho momentáneo, ni jugar a ser mujer antes de tiempo. Seguro que los padres, pese a todo, apoyarán a tu amiga en lo que decida porque la responsabilidad última le corresponde a ella, pero me parece muy justo que se lo comunique a los padres cuanto antes, pienso que están en su derecho.
Su labor como docente nunca se había ceñido exclusivamente a transmitir conocimientos, también a guiar, ayudar a mejorar la comprensión, a tener criterio, argumentar ante temas importantes de la vida... por ello estimó oportuno pedirle autorización a Iris para plantear, organizar de inmediato un debate en clase sobre este tema como fondo, sin la menor mención al caso de la amiga.
Un reto tentador, aunque el asunto era más que conocido en el centro, el enfoque lo derivó D. Pedro a lo más próximo, lo más humano posible. Como siempre había que investigar, aportar argumentos fiables, convincentes para la defensa de la postura que cada cual hubiera adoptado. Enriquecedor escuchar las intervenciones de todos los compañeros. El hecho de recuperar referencias a alumnas del centro de enseñanza que ya habían pasado por este trance, permitió analizar con mayor lucidez, con mayor precisión y a la par con mayor intensidad emocional la cuestión.
La implicación requirió dos sesiones y parte de otra clase para el desarrollo completo del debate.
En marzo, principios, faltó unos días a clase Iris, lo justificaría más tarde como tema médico. Supo D. Pedro que los padre de Iris la habían acompañado a Las Palmas, donde le habían practicado el aborto. Nunca más se habló del tema después del “gracias” que le dijo Iris a D. Pedro el mismo día de su reincorporación al aula.
De lo de Adriana se enteró D. Pedro como tutor de aquel 2º Bachillerato. Fue su hermano menor quien le había entregado el justificante de ausencia. En él figuraba como causa “asunto médico”. La delgadez de la alumna, su carácter reservado, habían contribuido a mantener la realidad oculta bajo una faja que fue presionando cada vez un poquito más hasta que la criatura vino al mundo.
Como Alberto era un chico muy sociable, sincero, sin dobleces no tuvo reparos para responder a D. Pedro; su hermana se encontraba bien, todo había salido muy bien, su sobrina dormía toda la noche y a él le permitía descansar sin problemas. Asombrado, después de lo de Iris, no esperaba ninguna sorpresa más D. Pedro, no daba crédito a las palabras de Alberto. Imposible imaginar que en aquel cuerpo hubiese habido otra criatura esperando para salir al mundo.
Se atrevió D. Pedro a preguntarle a Rocío, la compañera con la que más tiempo pasaba Adriana. Ella tuvo conocimiento del embarazo poco antes de que se ausentara, se lo había comentado Adriana, que estaría dos semanas ausente por ese motivo. Por lo que Alberto iba repartiendo por los pasillos se supo que sus padres habían recibido muy felices a la nieta, al parecer estaban al corriente desde hacía tiempo, poco les importaba que no hubiese un yerno oficial. Adriana aprobaría el curso completo, se presentaría a la PAU y en función de la nota elegiría universidad para seguir sus estudios superiores; de la niña se ocuparían con todo el cariño del mundo los abuelos.
D. Pedro no tuvo ocasión de hablar del tema con Adriana más allá de la felicitación por la trayectoria mantenida en un curso tan especial.
Solo el cambio en el perfil general del alumnado en el centro de las tres plantas permitió cursos después modificar tradición tan singular.
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