
«¿Me siento inseguro aunque me prometan más seguridad?», pensaba bajo la sombra de Echeyde, mientras escuchaba al periodista Carles Francino y al filósofo José Carlos Ruiz en el podcast de la SER, "Más Platón y menos WhatsApp". Planteaban un tema inquietante: vivimos en una época en la que la seguridad se ha convertido en una forma de controlarnos.

Años atrás, se suponía que los gobernantes tenían que actuar con ética, con unos límites morales. Eso parece estar cambiando. Cada vez hay más políticos a los que solo les importa lo práctico, lo que supuestamente funciona, sin pararse a pensar si es correcto o no. El caso de Donald Trump es un ejemplo que muchos políticos, en su fuero interno, quieren copiar. Asegura, sin vergüenza, que su único límite es su propia moral. Es decir, ninguna institución democrática puede ponerle freno.
La gestión política está clonando la empresarial: cada vez más pragmática y menos ética. Es más una cuestión de «lo que puedo hacer» en lugar de «lo que debo hacer». Cuando el discurso político utiliza la moral como un adorno, los gobiernos no se limitan a legislar o mandar, sino a administrar la incertidumbre; gestionan una zona intangible entre lo que nos da miedo y la seguridad que nos venden. Lo importante pasa a ser la economía, el poder militar, la influencia... mientras que la moral pasa a ser una cuestión estética, se vuelve irrelevante. Entonces, ¿vivimos realmente con unos valores éticos compartidos o bajo una estética de la ética?
El llamado, en su momento, cuarto poder, el periodismo, solía ser el guardián ético de la política. Ya no. Hoy muchos medios no cuestionan lo que dicen los gobiernos, sino que lo repiten sin más. Pocos dudan del relato oficial, la mayoría lo reproducen. Por ejemplo, cuando se habla de la guerra, ya no se dice que mueren personas o que las matan. Ahora hay «daños colaterales» o «bajas». Las palabras suavizan una realidad terrible para que no nos impacte tanto.
Luego están las redes sociales y los falsos medios de comunicación financiados por multinacionales de ideología desconocida o por la ultra derecha, donde cada cual cuenta la historia que le interesa, sin contrastar. El resultado es una información cocinada por el propio poder, no solo el político, para que la población tenga miedo y reaccione de una manera determinada. Un miedo que se convierte en una herramienta política eficaz porque cuando tienes miedo, te callas y aceptas cosas que normalmente no aceptarías. Se alimentan nuestras alarmas para generar beneficios políticos, económicos y mediáticos. El temor alimenta la demanda de protección, y la promesa de protección fortalece al poder. Y ahí es donde la seguridad se convierte en un negocio político y económico. La ley mordaza, por ejemplo.
Los miedos actuales, a diferencia de épocas anteriores, son cambiantes y difusos. Hoy los temores son múltiples: crisis económicas, terrorismo, inseguridad, guerras híbridas, desinformación o incluso amenazas tecnológicas. Esta variedad hace que sea mucho más difícil identificarlos y enfrentarlos. Frente a esta proliferación de alarmas, la seguridad no puede entenderse únicamente como un problema policial o militar, es un fenómeno social y cultural también. De ahí que recurramos a nuestras primeras estructuras de seguridad: la familia y la comunidad (amigos, barrio). Espacios donde aprendemos a confiar, a sentirnos parte de algo, a cuidar y ser cuidados. Quizás por eso, el poder nos dice que seamos independientes a pesar de que, por naturaleza, necesitamos a los demás. Un individuo completamente aislado no es más libre, sino más solitario y más fácilmente manipulable.
Entonces, si la seguridad se basa en el miedo, si a los políticos les da igual la ética y si los medios no nos cuentan la verdad, ¿qué podemos hacer?
Necesitamos tres cosas:
Solo así evitaremos que nos controlen a través de el miedo.
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