
Mi alma llora sin consuelo por las guerras que asolan el mundo. La violencia, el dolor y la muerte se han enseñoreado de los pueblos y naciones y lo más triste de todo es la indiferencia de gran parte de las personas que, no solo no condenan la guerra sino que celebran esta situación y aclaman a los asesinos.
He de confesar que una gran parte de personas que yo consideraba de bien y, que a muchos de ellos los tenía por amigos, se han unido al bando del horror, con vanas excusas, falsos ideales y creencias. A todos ellos mi más sincero repudio. Hago mías las palabras de Jesús “a los tibios los vomito”.
Un amigo me aconseja que sea más tolerante, pero no, no puedo. Hay ciertas acciones que no se pueden tolerar, o te haces cómplice.
Karl Popper es quizá el que más defiende la tolerancia y, sin embargo, dice que el límite está en la violencia.
Se le atribuye a Dostoievski la frase “la tolerancia llegará a tal nivel que las personas inteligentes tendrán prohibido pensar para no ofender a los imbéciles”, si acaso no la dijera él, es igual de válida, no importar quién fuese su autor.
Muchas de las personas que defienden la guerra se excusan en que Irán es una dictadura, pero no me vale porque la mayoría de ellos no han condenado ni condenan a la dictadura franquista, por ejemplo.
¿Y Gaza? Podría enumerar muchos puntos donde se mata sin piedad a decenas de miles de niños y no por ello condenan la guerra.
¡No a la guerra siempre! Donde hay guerra y muerte ha fracasado el ser humano. ¿Culpables? Los que las hacen y los que las toleran.
¡NO A LA GUERRA!
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