El diccionario de la Real Academia Española define el nudo gordiano como una dificultad extremadamente compleja, aparentemente imposible de resolver, que a veces exige una solución tajante. La expresión nace de una vieja historia de la Antigüedad: en la ciudad de Gordio había un nudo tan intrincado que nadie lograba desatarlo. Una profecía aseguraba que quien lo consiguiera conquistaría Asia. Cuando Alejandro Magno se encontró ante él, no perdió el tiempo en maniobras inútiles. Sacó su espada y lo cortó. Fin del problema.

La humanidad vive hoy ante su propio nudo gordiano. Tras la pandemia de COVID, algo se quebró en el clima emocional del mundo. Basta observar lo que nos rodea: tensión en las empresas, enfrentamientos constantes en las Cortes Generales, crispación política global, discusiones feroces en redes sociales, relaciones personales cada vez más frágiles. El ambiente parece cargado de hostilidad. Falta paciencia. Falta escucha. Falta empatía. Nos estamos deshumanizando a una velocidad inquietante.

Da la sensación de que el mundo entero camina con los nervios a flor de piel, como si todos lleváramos dentro una tormenta permanente. Las palabras se utilizan como armas. El prójimo se convierte en enemigo. Y el dolor ajeno, cuando no se ignora, se ridiculiza. Ese es, a mi juicio, el auténtico nudo gordiano de nuestra época. Porque cuando una sociedad pierde la capacidad de ponerse en el lugar del otro, comienza a deteriorarse por dentro. Se rompe el tejido invisible que sostiene la convivencia.

Ahora bien, si el problema está claro, la pregunta es inevitable: ¿dónde está la espada?

La respuesta no es espectacular ni inmediata. No brilla como el acero de Alejandro Magno, pero tiene más poder del que imaginamos. Esa espada se llama educación para la empatía. Educación para pensar. Educación para debatir sin destruir. Educación para comprender que detrás de cada persona hay una historia que desconocemos. Y aquí la cultura juega un papel decisivo: leer una novela nos obliga a vivir otras vidas. El teatro nos pone frente al espejo de nuestras contradicciones. El cine nos enseña mundos que no son el nuestro. La poesía abre grietas por donde vuelve a respirar el alma.

Cada libro leído es un pequeño acto de resistencia contra la brutalidad. Cada obra de arte es una defensa de lo humano.

Por eso resulta tan preocupante cuando la cultura se considera un lujo prescindible. En realidad, es justo lo contrario: es una herramienta de supervivencia de lo humano.

Si queremos cortar el nudo gordiano de este clima hostil global, no bastan leyes ni discursos inflamados. Hace falta algo más profundo: formar ciudadanos capaces de mirar al otro sin desprecio. Personas que aún sepan conmoverse. Puede parecer una tarea lenta. Lo es. Pero también es la única que realmente transforma una sociedad.

Y tal vez, algún día, alguien empuñe de verdad esa espada silenciosa y corte de una vez este nudo que nos está asfixiando.

Mis recomendaciones literarias sobre educar para la empatía:

1. Matar a un ruiseñor — Harper Lee

Una de las novelas más importantes del siglo XX. A través de los ojos de Scout, una niña del sur de Estados Unidos, asistimos al juicio de un hombre negro acusado injustamente. Su padre, Atticus Finch, se convierte en un símbolo de integridad moral. El libro es una lección magistral sobre justicia, prejuicios y la importancia de educar en la comprensión del otro desde la infancia.

2. El niño con el pijama de rayas — John Boyne

Una historia sencilla en apariencia pero devastadora. Bruno, hijo de un oficial nazi, entabla amistad con un niño judío al otro lado de una alambrada. La inocencia infantil revela el absurdo del odio construido por los adultos. Una lectura breve que deja una huella profunda sobre cómo nacen —y cómo se pueden desmontar— los prejuicios.

3. Los miserables — Victor Hugo

Un clásico gigantesco que es, en el fondo, una defensa radical de la compasión. La vida de Jean Valjean muestra cómo una persona puede transformarse cuando alguien decide tratarla con misericordia en lugar de castigo. Hugo nos recuerda que detrás de cada marginado hay una historia humana que merece ser entendida.

4. Wonder. La lección de August — R. J. Palacio

August es un niño con una malformación facial que entra por primera vez en un colegio ordinario. La novela alterna distintos puntos de vista y muestra cómo cada persona vive la misma realidad de forma distinta. Es uno de los libros contemporáneos más claros para hablar de empatía, amabilidad y respeto.

5. Ensayo sobre la ceguera — José Saramago

Una epidemia de ceguera blanca se extiende por una ciudad y la sociedad se desmorona. En medio del caos aparece una pregunta incómoda: ¿qué queda de nuestra humanidad cuando desaparecen las normas? Saramago utiliza una metáfora brutal para obligarnos a mirar de frente la fragilidad de la civilización y la necesidad de cuidarnos unos a otros.

Y después de hablar de libros que nos enseñan a ponernos en la piel del otro, llega el momento más dulce de esta columna. Porque la empatía también se cultiva en los gestos pequeños: sentarse a la mesa, compartir una conversación tranquila o preparar algo rico para quienes queremos.

Marzo en Tenerife nos regala fresas magníficas, de esas que huelen antes incluso de probarlas. Y aunque aquí el plátano es un compañero fiel durante todo el año, juntos hacen una combinación perfecta. Así que hoy cerramos este Calderón de la tarta con una receta sencilla, de las que salen bien incluso en un domingo con sueño.

Tarta fácil de fresas y yogur

Ingredientes

200 g de galletas tipo María

100 g de mantequilla

3 yogures naturales (o griego si prefieres más cremosidad)

2 huevos

80 g de azúcar

1 cucharada de maicena

Ralladura de un limón

1 cucharadita de vainilla (opcional)

250–300 g de fresas

1 plátano de Canarias

Preparación

1. Tritura las galletas hasta que parezcan arena y mézclalas con la mantequilla derretida.

2. Cubre con esa mezcla el fondo de un molde de unos 20–22 cm, presionando bien para formar la base.

3. Hornea la base 10 minutos a 180 °C.

4. En un bol mezcla los yogures, los huevos, el azúcar, la maicena, la ralladura de limón y la vainilla. Bate hasta obtener una crema homogénea.

5. Vierte la mezcla sobre la base de galleta.

6. Hornea unos 30–35 minutos a 180 °C hasta que cuaje.

7. Deja enfriar bien.

8. Coloca por encima las fresas cortadas y el plátano en rodajas.

Truco rápido

Si calientas dos cucharadas de mermelada de albaricoque con una cucharada de agua y la pincelas sobre la fruta, la tarta quedará brillante y preciosa.

Y listo. Una tarta sencilla, con fruta que sabe a marzo en la isla, perfecta para compartir. Porque a veces arreglar el mundo no empieza en los parlamentos, sino alrededor de una mesa.

Si te ha gustado este artículo, puedes leer mi artículo anterior:

https://www.actecanarias.es/es/node/2201

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