
Trabajos compartidos en las últimas tertulias celebradas en la Orden del Cachorro Canario de Las Palmas de Gran Canaria.
Elegancia que respira
¡Oh!, mujer de esencia inigualable,
claridad que al alba guía.
Tu presencia es brisa lúcida
que en la sombra enciende vida.
Eres faro en la penumbra,
voz serena que ilumina,
como página que alumbra
la razón y la caricia.
Culta en verbo y en silencio,
ingeniosa en la ironía,
tu palabra es firme templo
donde el pensamiento habita.
Auténtica como el río
que no finge su corriente,
profundidad en tu latido,
mar sin fondo y sin relieve.
Tu mente, cristal abierto,
cielo claro al mediodía,
ordena el mundo disperso
con paciencia y armonía.
Y tu elegancia sin ruido,
es la gracia que respiras,
no se impone con su brío,
simplemente se desliza.
¡Oh mujer de luz tranquila!,
arquitecta de tu estirpe,
eres llama que todo lo enciende
y sin embargo, persistes.
Que esta oda te nombre viva
con asombro y con justicia:
imagen única, encendida,
razón honda y poesía.
© Aurelio V. Lorenzo Casimiro
Amor y silencio
Se abrazan
el invierno ha caído rendido.
No hablan.
Suave es la presión de sus cuerpos
dos respiraciones vibran de acuerdo.
Él roza sus labios
recuerda que estuvo perdido.
Ella cierra los ojos
deja que el pulso encuentre casa.
No hay pasado, ni cuentas pendientes,
ni relojes vigilando.
Hay una corriente tibia
que atraviesa espaldas, costillas
convierte el ruido del mundo
en un murmullo lejano,
que eterno y palpitante afirma:
sólo vivo para amarte.
Sus manos se rodean
reconocen cada poro, cada aire.
Y en ese instante mínimo
el abrazo dura lo que un latido marca
cuando decide quedarse.
“Estamos. Vivamos este marzo. Allá la luna. / Nuestro árbol cerca. Tú y yo. Aire y vela.”
© TiNo j. PrieTo AGuiLaR
La sospecha de la máscara correcta
El carnaval no pidió permiso: entró tocando bocina al más puro estilo Pepe Caña Dulce y lanzando papel picado como si fuera una invasión alegre. De pronto, la plaza se convirtió en pista de baile, la Asociación de vecinos en camarín asustado por tanto brilli-brilli. Nadie era quien decía ser: el carnicero apareció con alas, la maestra recatada con una minifalda, y crean que hasta el silencio se disfrazó de tambor.
Las noches duraron más de lo habitual, o eso pareció, porque el sueño se postergó para escuchar una canción más; y otra, y otra. Se bailó con desconocidos que juraban ser primos lejanos, se reían con chistes malísimos que a las tres de la mañana eran obras maestras, y se brindó con cava por cosas que al amanecer nadie recordaba. Cada máscara escondía una historia.
Hubo tropiezos gloriosos, coreografías improvisadas y promesas gritadas al cielo con voz ronca y corazones livianos. Lo que estuvo magistral fue: El Pregón, la Gala de Las Reinas, las Murga, las Comparsas, las Drag Queens, la Gran Cabalgata y El Entierro de la Sardina. Por unos días, el mundo fue un lugar menos serio y mucho más humano, donde equivocarse era parte del espectáculo y la felicidad andaba suelta, sin correa.
Cuando todo terminó, quedaron confetis en los bolsillos y una alegría difícil de barrer. Porque el carnaval, aunque se vaya, siempre deja algo: la sospecha de que la vida puede ser un poco
más divertida si uno se anima a ponerse la máscara correcta.
© Aurelio V. Lorenzo Casimiro
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