NUEVA SECCIÓN

Cuando tenía ocho años y medio, tal vez nueve, conocí por primera vez a César Manrique. Fue de una manera extraña: no se pronunció su nombre. Solo estaba mi padre observando aquella especie de lápida, una chapa metálica oxidada tallada y un cactus tan alto como ninguno que yo hubiera visto.

En ese momento no supe quién era. Intrigado, le pregunté a mi padre si se trataba de algún familiar, algún amigo. Al fin y al cabo, mi familia por parte de madre tiene origen en el municipio de Haría, al norte de Lanzarote.

A lo que él respondió:

—Él es la razón por la que yo estoy aquí.

Cementerio de Haría, Lanzarote. Fotografía: Santiago Ramos Niz.

Meses después supe quién era, y comenzó mi obsesión por aquel hombre de voz de pito, sus dibujos raros y, sobre todo, un mensaje extraño… casi de pesadilla.

Ese mensaje, años atrás, como todas las distopías, pasó de la ficción a la realidad. Y hoy lo recuerdo con voz clara, gélida, capaz de estremecer:

“Ante el exterminio suicida de nuestro planeta, la intervención de los artistas en defensa de la conservación del medio se convierte en una cuestión urgente, de máxima responsabilidad.”

Ese mensaje no puede quedar en un baúl de recuerdos. No podemos cantar alegremente mientras el mundo se derrite a nuestro alrededor.

Los y las artistas canarias tenemos la obligación de actuar.
Nos toca desamordazar, como pedía Pedro García Cabrera. Nos toca hablar, pintar, esculpir, crear, levantar cada palabra, cada gesto, cada imagen como una muralla frente al desastre.
No será fácil. Nada que valga la pena lo es.
Pero es nuestra responsabilidad: por no convertirnos en un futuro Benidorm, por no perder la lava que nos dio vida, por defender la Atlántida que los griegos renombraron y que todavía palpita bajo nuestros pies.

Porque esta tierra no es un decorado para el turismo: es un hogar vivo, frágil, hecho de lava y memoria, que se resquebraja bajo nuestros pies.

Y si el arte no sirve para alzar la voz, para defender lo que somos y lo que amamos, entonces no sirve para nada. No basta con admirar a Manrique. No basta con citarlo.
La pregunta es otra: ¿Qué estamos haciendo nosotros?

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