Un día abrí los ojos: he venido.

Por ello quiero saludar sin insistencia

A tantas cosas más que amables:

Los amigos de color celeste,

Los días de color variable,

La libertad del color de mis ojos.

Luis Cernuda

Retomo esta sección, amigos, para compartir con ustedes la semblanza de un escritor especialmente singular en nuestras islas. Para conocer a Alberto Omar Walls podemos asomarnos a multitud de ventanas digitales en las que se habla prolíficamente de su obra, de su trayectoria, de sus raíces y de cada una de sus ramificaciones creativas (que no son pocas). La biblioteca de Canarias, actualizada a noviembre de 2025, nos lo presenta así:

Escritor, articulista, profesor y actor de cine y teatro. Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de La Laguna, se especializó en gestión cultural en Madrid y en políticas culturales en Barcelona. Pertenece a la generación de novelistas canarios denominada Nueva Narrativa Canaria o Generación de los 70. Sus inicios se sitúan en las artes escénicas. Autor polifacético, ha cultivado la novela, el cuento, la poesía, el teatro y los artículos periodísticos. Ha sido, además, editor literario, prologuista y comisario de exposiciones, y ha publicado en revistas y periódicos artículos y ensayos relacionados con la literatura, las políticas culturales y la condición humana[1].

Pero nosotras queremos algo diferente, menos normativo o enciclopédico, si se quiere entender así. Por eso hemos hablado con él. Para que el lector lea de primera mano al autor. Preguntamos a Alberto Omar Walls (gracias, Alberto, por tu paciencia conmigo y tu generosidad):

― Cuéntanos algo de tus comienzos. ¿Cómo era tu entorno más cercano? Tu familia, tus amigos… ¿Cómo surgen y se desarrollan en ese entorno tus inquietudes intelectuales y, posteriormente, tus relaciones en ese mundillo de la intelectualidad canaria de los 70, 80, 90?

― Pertenezco a la Generación del 70, y nunca me preocupó la palabra boom.  Por que saliéramos durante meses y meses en páginas literarias, se nos hicieran multitud de reseñas y entrevistas, se nos incluyeran guapetones y tremendamente jóvenes en revistas y antologías o estudios enciclopédicos, la cosa no pasaba entonces mucho más allá de que queríamos subirnos en el carro de la creación literaria en una época en que el estado de cultura estaba muy depauperado.  Hay que aceptar que el inicio de los años setenta del siglo XX es el mejor punto de referencia para cualquier reflexión posible sobre el narrar en las islas, en un territorio que se había dado a conocer, sobre todo, por el uso de la poesía.  Hemos de retomar del hilo de la memoria aquellos primeros años setenta, cuando se hablaba de «Guad» y su autor Alfonso García Ramos.  La Caja General de Ahorros de Tenerife retomó el premio «Benito Pérez Armas» de novela y desde ahí, en pocos años, y como una colonia de mejillones, comenzó a formarse la apiñada nomenclatura de novelas y sus autores.  Alfonso García Ramos, Juan Cruz Ruiz, Alberto Omar Walls, Rafael Arozarena, Isaac de Vega, Juan Manual García Ramos, Luis León Barreto, Fernando Delgado, J.J. de Armas Marcelo, Emilio Sánchez Ortiz, Luis Ortega, Félix-Francisco Casanova, Elfidio Alonso, Víctor Ramírez, Luis Alemany, Esperanza Cifuentes, Orlando Hernández, Juan Pedro Castañeda, José Luis Morales, Miguel Royo Iranzo, Pedro Perdomo Azopardo, Leopoldo O'Shanahan, Alfonso O'Shanahan, Domingo Luis Hemández, Roberto Cabrera, José Manuel de Pablos, sin olvidar a «Pórfido Santos Jhon», Gilberto Alemán, Daniel Duque, y una cuantiosa pléyade de más jóvenes cultivadores del relato corto y el cuento, dedicación que muchas veces acaba por hallar otra expresión en la novela.

― Háblanos de tu proceso de creación literaria.

― Desde siempre estuve empeñado en incorporar otros elementos que no fuera solo la narrativa, pues estaba imbuido no sólo del surrealismo y el dadaísmo, sino también de los escritores españoles anteriores a la generación realista. Aprovechaba que en los años cincuenta y sesenta, en las historietas, los colorines o el comic, convergían popularmente todos los lenguajes: desde la literatura al cine, pasando por todas las narrativas y, por supuesto, las artes plásticas… Además del humor y un irrespetuoso distanciamiento por incorporar formatos ajenos a la literatura, como yo sabía que ocurría antes con las vanguardias europeas o con los novelistas de 1914 en España.

Buscaba el placer de lo visual y la experimentación, creando un Lector activo. La interacción de la intuición con el intelecto, la imagen con el concepto, la imaginación con la razón… Buscaba crearme un Lector activo a mi medida, para que leyera y entendiera con plenitud el mundo que yo le mostraba, que no era otro que el que yo veía y reelaboraba. Mi estética pretendía romper las normas establecidas de los géneros en los años cincuenta, propiciando sinergias entre lo visual y la narrativa, pero eso no se hubiese entendido jamás de los jamases en Canarias cuarenta y cinco años atrás. Hoy día se le llama a esta conjunción novela gráfica, porque le dieron nombre los americanos, y por fin la creación, el producto y su comercialización fueron aceptados.

  Digo que estaba obstinado, pero los materiales técnicos con que contaba en esos momentos eran escasos, y además buscaba también incorporar lo acústico, ¡qué locura creativa!, y fue imposible... Opté por atacar lo conocido, lo normativo:

1º- en determinados textos rompía las estructuras de la escritura, para atacar la lógica semántica, mas procurando que el sentido profundo de lo que quería comunicar se mantuviera [ejemplos claros los tengo en Papiroplexia y en El tiempo lento de Cecilia e Hipólito].

2º- usaba lo visual obligando a producir relaciones entre el texto y el dibujo. Porque creía que las imágenes facilitarían la posibilidad de activar la conciencia del Lector, a quien deseaba activar costase lo que fuera. Yo no quería un Lector masculino ni femenino, buscaba que se activara, ¡que despertara de su ensimismamiento! [debe comprenderse que también me hallaba influido por las lecturas de Louis Althusser].

3º- quería implicar al Lector propiciando la interacción de la intuición con el intelecto, la imagen con el concepto, la imaginación con la razón.

4º- más adelante fui dejando los experimentos más arriesgados de forzar al Lector a ser activo, como en la novela inédita Retorno, y mantuve la presencia del dibujo pero sin funcionalidad provocadora.

Pero veamos el proceso: Mi primera novela, La canción del morrocoyo [1972], empiezo a escribirla antes pero la termino en 1967-68. Mi hermano, el pintor Yamil Omar, me hace los dibujos de su interior, unos se publican en el libro y otros quedan inéditos. La portada de La canción del morrocoyo me la compuso el pintor Pedro González, responsable del Grupo Nuestro Arte de Tenerife, haciendo un collage a partir de una pintura del casi centenario Marc Chagall.

  Quería obligar al Lector a participar en una ceremonia de la vida en la que existan infinitos planos en acción, donde interactúen la intuición con el intelecto, las imágenes con los conceptos verbales, para dar lugar a una comunicación que entrara en sinergia con las emociones y los sentimientos y, al fin, apareciera la expresión individual. ¡Oh, desdicha fatal!, ¿por qué me complicaría tanto la vida de escritor neófito?

  Sé que planteaba asuntos muy serios y vitales, pero también en la forma de la expresión buscaba jugar y divertirme con el Lector. Por tanto, el humor, se transformaría desde el principio en un aliado de esas sinergias.

  Recuerdo algunas afirmaciones, para mí positivas, del crítico Jorge Rodríguez Padrón sobre esa primera novela, La canción del morrocoyo:

•        La tentación del juego.

•        Traspasa los límites de la novela tradicional [naturalista].

•        La novela como campo para encuentros insospechados.

•        La fabulación para la transformación poética.

•        Presencia de lo imaginativo.

•        Mundo donde la magia y lo insospechado, la imaginación, se convierten en…

•        No siendo un ente pasivo frente al lenguaje, sino actuando sobre él (y por consiguiente sobre el Lector).

  Aunque ha habido reediciones, desde la primera edición, algunos intentos gráficos quedaron inéditos, unos he podido recuperar y otros han desaparecido para siempre. Nunca se imprimieron. Por ejemplo, conservo aún estos dibujos de Yamil para la primera edición, pero no se incluyeron:

  Después de publicar La canción del morrocoyo seguí en la lucha por ese tipo de sinergias. Publiqué y dirigí mi pieza teatral Sé que no son pulgas ni gusanos, con los magníficos actores Pilar Rey y Antonio Abdo, también en la portada y en su interior con dibujos de Yamil Omar, pero aquí sí que se dio una sinergia perfecta.

Maravillosa experiencia, en la que me acompañaron los grandes actores y amigos Pilar Rey y Antonio Abdo, junto a otros miembros del Grupo Fragua de Teatro, especialmente el desaparecido poeta y pareja de entonces,  Agustín de León Elías [autor de dos veníos libros de poemas: Gota de polvo y Sembrando hombrecillos], quien en aquella puesta en escena se esmeró, sobre todo, en la magnífica escenografía.

 Siendo el teatro el Presente Ideal, con su público ahí delante o alrededor, y lo visual-icónico en el proceso de desvelar sus significados, fueron los dibujos incorporados al texto los que acabaron por darle un auténtico significado semántico a los personajes. Hasta tal punto fue así que en la representación los actores se veían imbuidos por esas formas espectrales vestidos con unas ásperas telas de sacos, que aparecían ya desde la portada del libro y en los dibujos interiores.

 Así visto el producto final, las sinergias se estaban dando en el proceso largo que iba desde la idea, la escritura, la plástica, la dramaturgia, la dirección, la actuación actoral y la retroalimentación frente al público…

 Volvió Yamil Omar a darle vida visual a tres de mis libros, los correspondientes a los tres de poesía, TAO, que hacían un conjunto de seis libros de poemas.     

  Fueron años de gran experimentación en todo… En lo poético… Lo escénico… Todo lo teatral se transformaba en un gran juego permanente sobre el escenario. ¡Estábamos borrachos de creatividad, en lo visual, en lo narrativo, en la vida misma… en el vivir diario a manos llenas! Quizá porque no sabíamos aún, como afirmó en sus magníficos versos Jaime Gil de Biedma, que “la vida iba en serio”.

  Vinieron luego otros montajes y experiencias teatrales: El Happening, El público, mi versión libre del Don Juan Tenorio, con orquesta en la escena y música de Javier Marrero (donde yo encarnaba el personaje de la vieja trotaconventos, Brígida), La excepción y la regla de Brecht, con cine sobre el escenario a lo Piscator…

Luego vinieron más novelas, porque el teatro, al no representarse, lo fui dejando aparcado. Y publiqué, sobre todo, además de relatos cortos, novelas. Hasta hoy: El tiempo lento de Cecilia e Hipólito, Como dos lunas llenas (con unos dibujos geniales del pintor Joan Castejón), El pequeño Carlos contra el Almirante, El corazón del bosque, El unicornio dorado, Arrégleme el alma, Soledad Amores, Inmenso olvido, La sombra y la tortuga, Sin comienzo ni final, Un genio maléfico, Narrador de sombras, Herida…

― Entre todas las artes a las que te acercas, la literatura parece la más destacada. Tu primera novela, La canción del morrocoyo, quedó finalista en el Premio Benito Pérez Armas en 1972 y ganó en Premio Benito Pérez Galdós al año siguiente. Se alza con mucha fuerza el telón en tu escritura. A partir de ese momento, los premios fueron muchos. ¿Te sientes reconocido de una manera satisfactoria a día de hoy?

― Éxito y fracaso son los dos extremos de una misma experiencia. Nunca se tiene éxito si no has sentido el fracaso. Es fácil quejarse de como en las islas se trata al artista, al escritor, porque es con bastante indiferencia. No se leen mucho sus libros. El autor tiene que hacer su propia propaganda por la Editorial, y aunque pertenece a una industria, no lo hace. Los amigos, en general, tampoco te leen y te están hablando siempre de novelistas venidos de fuera mimados por las librerías y editoriales. Escribir en las islas es una labor de corredor de fondo. A mí, en última instancia, lo que me interesa es que se lean los libros, pues para eso se escriben. Lo demás, aplausos y premios, lo dejo pasar… Y hay que seguir escribiendo y publicando, pase lo que pase.

― Has trabajado mucho en disciplinas muy dispares. De hecho, esa multidisciplinariedad ha construido al Alberto Omar Walls que conocemos.  ¿Te quedó alguna inquietud intelectual por satisfacer en tu polifacética trayectoria?

― Sí, seguir haciendo cine, tanto como actor o director. Trabajé como actor en varios cortos en Tenerife, aunque ya había trabajado en Madrid en los 60. Escribí, produje y codirigí Piel de cactus en 35 mm, un largometraje que salió muy caro pues aún no se había comercializado lo digital. La película no fue entendida porque seguía utilizando los mismos elementos que me interesaban en la literatura. Ahora se habla de la física y mecánica cuánticas, pero antes no. Todos los elementos que se daban eran posibles, los sueños tanto como las realidades. Como ahora lo hago con las novelas.

― Sabemos que te encanta el teatro, ¿hay alguna obra, clásica o moderna, que siga siendo para ti un deseo pendiente de realizar, ya sea cono actor o como director?

― He dirigido a varios, Bertolt Brecht, Fernando Arrabal, Carlos Muñiz, Darío Fo, Pedrero… Hay varias, me gustaría dirigir de García Lorca “Bodas de sangre”, de Shakespeare “Sueño de una noche de verano”, de Brecht “La ópera de perra gorda”…

― ¿Has escrito siempre lo que has querido, sin cortapisas de terceros? ¿Qué tiene la escritura para ti de necesidad, de juego, de experimento, de comunicación?

― La escritura es sustancialmente juego. Bien entendido tanto como diversión como búsqueda de nuevas formas artísticas de relacionarte. Pero no deja de ser un juego serio porque luego serás leído y es posible que tu mensaje llegue, si es que te leen ahora o dentro de cien años… Escribir implica una responsabilidad con el futuro, y la humanidad, y has de tener claro cuál ha de ser tu mensaje.

― ¿Crees que es posible definirse a uno mismo con un solo vocablo? ¿Qué sonido serías, qué imagen, qué palabra?

― Amor.

― Elige al poeta que no dejarás de leer nunca.

― A Luis Cernuda, entre otros luises.

― Dime qué película te parece la mejor de la Historia.

― Imposible escoger una sola, porque hay muchas. En humor, me gusta el cine mudo de Stan Laurel y Oliver Hardy. Pero hay que reconocer que el cine tiene películas muy buenas, pero si me pides que escoja una sola, mejor es hacerlo con cualquiera de las de un director como Luis García Berlanga, por ejemplo Los jueves milagro o El Verdugo o Bienvenido Mister Marshall. En fin, Berlanga da para mucho. Es un director de asuntos colectivos y mueve a muchos actores y temas.

― Nombra un dramaturgo que para ti sea de culto.

― Tengo varios, amiga Rosa, con uno solo me cuesta mucho quedarme. Por ejemplo, Los físicos de  Friedrich Dürrenmatt, quien denunciaba la responsabilidad científica por el uso que los poderes políticos hacían de sus descubrimientos (en aquella época, por la bomba atómica), un tema muy actual. 

― Háblame de los sueños. Lo onírico pesa mucho en tu obra. Cuéntanos algo de esa importancia que tiene para ti lo relacionado con los sueños.

― Somos sueños… todo es un permanente sueño. Lo que creemos que es la realidad cotidiana, también es soñado. El humano no está despierto prácticamente nunca. En la película Piel de cactus el verdadero protagonismo es lo que se da en los sueños. Pues un 80% es sueños que pide hacerse realidad.

― Hablemos por último de cine. Si tu vida fuera una película, en qué localizaciones fuiste más feliz, qué compañeros de reparto recuerdas con más cariño, cuál fue la fotografía perfecta, qué guion estás aun escribiendo…

― He sido, como adulto, bastante feliz, en los momentos de creación, tanto en la literatura como en cualquiera de los asuntos donde tenía que entregarme artísticamente. Aún lo sigo siendo mientras escribo o interpreto un poema o un personaje. En la infancia, también, por supuesto. Además de que todos sabemos que la infancia tiene sus claros y sombras, por supuesto, porque a los niños se le exige mucho desde siempre. De mis compañeros de reparto de la película de mi vida, recuerdo con cariño a mis padres, Amparo Walls Hernández y Sulaimán Omar Zaruk, y a mi tía Micaela, hermana de mi madre, quien me contaba cuentos interminables sentada por los pies de la cama para ayudarme a dormir. Aunque ciega, su creatividad para inventar los cuentos era fantástica. También, a mis hermanos y amigos. Creo que vivir  tu propia película, y visionarla a menudo, te ayuda a comprender el mundo. Pues sí, señores. Hemos de concluir que Alberto Omar Walls es todo un personaje. Una persona enorme. El actor de su vida y el contemplador entusiasta del conjunto de vidas que somos todos. Decía Borges a este respecto que “quien contempla desapasionadamente, no contempla.” Alberto Omar es un apasionado y apasionante protagonista de la cultura canaria contemporánea como pocos. Larga vida a un hombre que marca página en nuestra historia insular.


[1] https://www.bibliotecadecanarias.org/escritores-as/alberto-omar-walls.

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