Es miércoles, las familias se reúnen frente al televisor de un sólo canal en blanco y negro. Nadie pestañea mientras las candidatas aparecen convertidas en obras de arte vivientes, entre plumas, cristales de colores, lentejuelas… Estatuas gigantes en derroche de belleza, esplendor y originalidad, grandiosas sin igual en el mundo. En medio de este espectáculo, los animadores no desmerecen con actuaciones de gente no profesional pero que en su ingenio y humor naturales superan a los mejores cómicos. La suerte está echada, el tribunal designado al efecto elige reina, el Carnaval renace un año más. Pero lo que va a ocurrir dos días más tarde supera todo lo imaginable.

La Rambla de Pulido, sin tranvía, es tal vez uno de los lugares destacados del recorrido tradicional que partiendo desde la Avenida de Venezuela en el Barrio de La Salud continua como un río iluminado que llega hasta la Avenida de Anaga. Va a ocurrir un fenómeno único, brillante, popular, indescriptible que va a transformar la ciudad de Santa Cruz de Tenerife en el lugar más mágico del mundo. Las aceras de la calle abarrotadas de gente, muchos con sillas y todos sin excepción con los ojos espectantes al primer movimiento sospechoso del inicio de la Gran Cabalgata. Y entonces, todo da comienzo, al principio falsas alarmas ante un público desesperado, luego algún policía en moto con luces hasta que por fin empiezan a desfilar los primeros personajes y grupos siempre sorprendiendo en una sucesión de actuaciones marcadas por el surrealismo que caracteriza a Canarias. Murgas, comparsas, rondallas, carrozas y disfraces se turnan en una expresión de arte y creatividad haciendo difícil de creer que esté ocurriendo de verdad. Santa Cruz se transforma ese día en un lugar diferente, como si su gente hubiera sido hechizada por un mago poderoso, pura magia y fantasía protagonizada por gente normal que se convierte a partir de ese momento en actores de una película. Algunos personajes merecen un comentario como los típicos hombres vestidos de mujer, nada afeminados ni gays sino todo lo contrario, siendo esa su gracia pues sólo con su imagen y sin necesidad de hablar provocan la risa casi inmediata, pero si uno se atreve a decirles algo la respuesta supera a la del mejor humorista. Personajes clásicos como Charlot, siempre acompañados de aplausos continuos a su paso al que siguen un elenco de personajes famosos diversos como Harpo Marx, Fidel Castro, Peggy, Cantinflas, Doña Croqueta, Michael Jackson, o los nazis, sin olvidar a la lecherita. Otros personajes espontáneos con disfraces originales y creativos surgidos de cualquier idea, incluso disparatada, desbordan de ilusión y alegría el desfile. Las murgas, encabezadas por la veterana Ni fu- Ni fa, marchan con un ritmo de tambor y platillo típico que las diferencia, luego las comparsas, las más reconocibles mundialmente como expresión carnavalera cuyo ritmo hace vibrar como nadie al público que se contagia tan fácilmente que ya todos quieren bailar y participar y las rondallas que, además de incorporar la lírica a la Fiesta hacen un desfile único en el mundo cruzándose en diagonal en grupos de cinco o seis componentes, algo digno de ver. La Unión Artística de El Cabo, representando a uno de lo barrios populares de la ciudad conserva hoy incluso esta marcha tocando siempre la misma canción de siempre, el pasacalles “Cosacos de Kazan”. Las carrozas, cada una con su candidata a reina son ovacionadas a su paso entre espontáneos que con su gracia adornan el gran espectáculo y para acabar, a la cola, los  coches engalanados, lo más popular y divertido para muchos, chatarras convertidas para la ocasión en mini-carrozas en la máxima expresión la espontaneidad popular donde el alcohol y el vacilón alcanzan su máximo exponente,  hoy están prohibidos, un componente menos de este carnaval único. Más se extraña uno de los componentes más típicos y queridos del carnaval de entonces hoy desaparecido, la máscara. Una persona cualquiera incluso tímida o con poco humor podía transformarse a través de la magia de la máscara en la más atrevida y descarada y divertida, demostrando así que en carnaval, todo es posible. Sí, un nuevo carnaval nacía ese viernes donde todos corríamos a disfrazarnos, locos y hechizados por la magia del mejor carnaval que puede existir, el Carnaval de Santa Cruz de Tenerife.

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