A la sombra de Echeyde, mientras escucho La Ventana, el programa de radio de la cadena Ser que dirige Carles Francino, decido tomar notas del tema que trata: la fragilidad.

El momento del parto, en el instante en que tenemos al bebé recién nacido entre brazos, es cuando somos más conscientes de la fragilidad de la vida. A medida que vamos avanzando en la vida nos vamos olvidando de ello, hasta que nos volvemos a acordar.

Ser frágil no es una anomalía, sino una condición inherente de la vida. Con los años, algunos lo vamos comprendiendo más porque cada día que vivimos nos acerca, en silencio, a la certeza de la muerte, la fragilidad suprema. Saber que somos finitos, aunque intentemos no pensar en ello, nos hace frágiles.

Es una evidencia que el hecho de ser vulnerable implica la posibilidad de ser dañado. Pero también activa la delicadeza, la ternura, el amor, el cuidado, la atención hacia uno mismo y hacia los demás. Sin embargo, una parte de la sociedad insiste en entender la fragilidad solo desde el sufrimiento, como si fuera un defecto que deba corregirse o esconderse.

Nuestro día a día, especialmente en una sociedad hipertecnológica, nos hace olvidar la volatilidad sobre la que todo se asienta. Vivimos rodeados de dispositivos de seguridad, de cálculos, de previsiones, como si la técnica pudiera blindarnos del azar, hasta que aparece una riada, un temblor, un tsunami o un accidente. Basta un accidente fortuito para demostrar que la fragilidad es la condición humana en esencia.

La sociedad pivota obsesivamente en torno a la seguridad. Queremos eliminar el riesgo, anestesiar la incertidumbre. Y, sin embargo, es precisamente la fragilidad la que nos obliga a pensar cómo vivir. Cuando algo se quiebra, cuando enfermamos, cuando perdemos a alguien o cuando el trabajo se vuelve inestable, nos detenemos. Hay una pausa. Reorganizamos la vida, revisamos prioridades, reordenamos afectos. Aprendemos, a la fuerza, a mirar el mundo desde otro lugar.

Se nos ha enseñado a identificar fortaleza con virtud y fragilidad con debilidad. Pero esa oposición es falsa. La fortaleza sin fragilidad es dureza; la fragilidad sin cuidado es abandono. En realidad, la fragilidad es la base de todo vínculo humano. Amar es volverse frágil: confiar, convivir, ayudar, exponerse al otro. Y eso no es negativo, es la condición misma de la vida compartida.

El problema surge cuando el capitalismo globalizado secuestra este concepto y traslada un conflicto social al plano individual. Lo que antes era una cuestión política, como el trabajo precario, la explotación, la falta de derechos, ahora se convierte en un fallo personal. Si no llegas, si te cansas, si te rompes, parece que la culpa sea tuya. Aparece el sentimiento de culpa y vergüenza por reconocer públicamente tu propia fragilidad.

La idea de “autoayuda” encierra una trampa moral: te deja solo frente a problemas estructurales; cuando la propia esencia de la palabra “ayuda” implica mirar hacia el prójimo. La globalización se ha apropiado de la moral y condiciona al ser humano al desplazar la responsabilidad del ámbito político al personal. Así, la fragilidad se convierte en vergüenza y la precariedad en fracaso individual.

Los libros de autoayuda encarnan esta lógica: te dicen que todo depende de tu actitud o de tu esfuerzo. No es verdad. Si tu jefe te explota, no necesitas un manual para pensar en positivo; necesitas un sindicato, una organización colectiva que luche para obtener más derechos laborales. No hay que comprar un libro de autoayuda, hay que unirse y afiliarse a un sindicato para que cambie la situación y votar en las elecciones a quien esté por esta vía. No vale la abstención, no todos los políticos son iguales. No se trata de comprar un libro para 'sanar' el yo, sino de unirse para cambiar el nosotros.

Cuando la sociedad oculta la fragilidad y la transforma en exclusión, comete una dejación de funciones colectivas. Culpabilizar a ciertas vidas por su fragilidad es aceptar que algunas existencias valen menos. Es un gesto profundamente injusto. Las sociedades maduras, en cambio, reconocen la fragilidad. La acogen. Saben que no se trata de erradicarla, sino de organizarse en torno a ella: cuidar, sostener, acompañar. 

Vivimos, muchas veces, hechizados por el futuro inmediato, convencidos de que nada va a pasar, de que todo seguirá igual. Pero la vulnerabilidad rompe ese hechizo. Nos recuerda que nada está garantizado. Y quizás ahí, en esa conciencia, empiece una forma más lúcida, más solidaria y más humana de estar en el mundo y de cambiarlo.

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