
El tema del amor romántico ha sido favorito en la historia de la literatura, como todas y todos sabemos. Se trata de una terrible historia, la del amor verdadero, aparentemente deseable y que puede convertirse en trampa. Voy a hablar de la estafa que es para muchas mujeres el amor romántico (de ahora en adelante lo llamaré solo amor para facilitar la lectura).
Es por causa de las trampas que el amor es un tema difícil de abordar en la vida real, desde una perspectiva liberadora para las mujeres. Intentaré explicar por qué el amor puede aparecer rodeado de trampas o, incluso, ser él mismo una trampa para la realización de las mujeres como sujetos y para conservar su entidad como personas.
El amor, como motivo de la unión de dos personas desde el punto de vista legal, es decir, como fundamento del matrimonio, es una premisa histórica bastante reciente. Podemos ubicarla alrededor del Romanticismo, finales del S-XVIII y principios del XIX. Con anterioridad, las razones que se barajaban para el contrato de convivencia, el contrato matrimonial, eran diversas: económicas, sociales, en algunos casos, incluso políticas. Los sentimientos que se esperaba de los cónyuges eran de mutuo respeto, consideración y afecto. Se trataba de una relación bastante mediada por las razones[1], razones económicas, laborales, de cooperación práctica, etc., y, por todo esto, la implicación vital de las mujeres no tenía el aspecto nuclear y negativo que va a adquirir con la aparición del tipo de amor del que estamos hablando.
Vamos a hacer una breve introducción histórica. Como han estudiado las Ciencias Humanas y Sociales, en la Antigüedad la mujer era objeto de intercambio, decidido entre los varones de las familias. Se trataba del pacto sexual del que habla la filosofía de género[2], que complementa al pacto social que explica el origen de la sociedad; el pacto sexual consiste en un contrato inter-pares, acerca del intercambio de la mujer, considerada como un objeto[3]. El pacto social fue utilizado por Rousseau como explicación del origen de la sociedad y el pacto sexual lo utiliza Carol Pateman para explicar el origen de la sumisión de la mujer al hombre en el matrimonio. Este tipo de acuerdos cerrados entre hombres, basados en intereses económicos, familiares, sociales, políticos, etc., que implicaba el intercambio de sus mujeres, se prolongará en el tiempo durante el Renacimiento e incluso hasta finales del siglo XVII.
Con la llegada del Romanticismo, desde principios del siglo XVIII, surge el movimiento Sturn und Drung, que podemos traducir como tempestad e ímpetu, que defiende la preeminencia del sentimiento y la pasión sobre la razón y la templanza. Se inaugura así el hecho de considerar el amor como requisito para regular las relaciones de convivencia. Hasta este momento, el papel de la esposa era administrar y controlar la economía y la vida doméstica. Como se ha explicado ya en numerosas ocasiones, lo propio de la mujer era ser “ama de casa”, su ámbito natural era el privado y doméstico mientras que el del hombre era el espacio público.
Desde Aristóteles se aceptó como suficientemente probado que la mujer debía asimilarse a la naturaleza y tener hijos, mientras que lo propio del hombre era administrar la vida social, económica y pública, y crear cultura. Esta división de papeles ha atravesado la historia del patriarcado desde la Antigüedad hasta el siglo XX.
La novedad que introduce el amor romántico no va a cambiar el rol social de las mujeres, pero sí va a transformar profundamente su posición, su status, en el ámbito privado y doméstico. Hasta este momento un ama de casa, en su terreno, podía sentirse segura y en su lugar, dueña de su espacio. Podía aspirar al prestigio y al respeto si cumplía bien su cometido. Es verdad que el horizonte era estrecho y los límites de actuación cerrados al ámbito familiar, pero sabía a qué atenerse y disponía de un espacio propio. Su espacio.
Desde principios del siglo XIX, en que el amor empieza a ser un requisito para el contrato matrimonial, el tema se vuelve mucho más ambiguo y complicado para las mujeres. El marco de actuación es el mismo, el hogar, pero ya no basta con que cumpla con eficacia su cometido de ama de casa, de administradora doméstica y cuidadora de la prole. Ahora, además tiene que enamorar al marido, mantenerse atractiva y deseable sexualmente. No se modifican las tareas del rol anterior, sino que a aquéllas se le suman otras nuevas, relacionadas con la belleza, la seducción, y el sentimiento. Hasta el punto de que el amor se convierte en su verdadera profesión y casi en una religión. La mujer es la responsable del buen funcionamiento de la pareja. Así pues, si la relación amorosa no funciona es que ella ha fracasado. Con el auge de la imaginación y el sentimiento, el amor empieza a considerarse como un bien sagrado y se exagera su importancia hasta extremos incalculables.
La mujer mitificada
Según los románticos, el amor es fuente de conocimiento y de enlace del hombre con el Universo y la Naturaleza, e incluso puente entre el hombre y el Absoluto o el Infinito. La mujer, como mediadora, tiene el papel de facilitar ese encuentro entre el hombre y la Naturaleza, de la que ella forma parte y en la que se encuentra encerrada al ser pura inmanencia. En la relación amorosa la mujer es considerada como la musa, como algo sagrado que inspira la pasión creadora que se transformará en obra de arte. Es decir, que la mujer es el instrumento por el cual el verdadero sujeto de la historia, el hombre, consigue alcanzar sus objetivos. Las metáforas que describen a las mujeres participan de esa identificación con la naturaleza irracional, por ejemplo: rosa, lirio, azucena, rubí, estrella, cisne, gacela, paloma, etc. La mujer es considerada también como el medio para despertar el entusiasmo en el sujeto masculino del Romanticismo, un sujeto masculino destinado a realizar grandes hazañas, entendidas como una misión sagrada: ella es quien le inspira y él es quien actúa.
En una novela del romanticismo alemán, Lucinda, de Schlegel[4], podemos leer: “La religión a la cual he vuelto es la más antigua, la más infantil, la más sencilla. Venero el fuego como el símbolo más excelente de la divinidad; y ¿dónde hay uno más bello que el que la naturaleza encerró profundamente en el delicado pecho de las mujeres?”[5]. Es decir, que el fuego de la pasión amorosa es la divinidad y se encuentra, por naturaleza, en el corazón femenino.
Es importante la precisión de que no hay ninguna participación voluntaria, ningún mérito personal en la facultad de amar de las mujeres, sino que es un don natural. La diferencia fundamental radica en la definición del hombre como un ser racional, dotado de voluntad y capacidad de elección, y la de la mujer como un ser emocional, sin capacidad para la elección libre y racional de sus actos[6].
En otro fragmento de esta misma obra dice: “La feminidad de tu alma consiste simplemente en que vivir y amar significan lo mismo para ella”[7]. Es decir, que lo femenino es por esencia capacidad de amar, con las virtudes que le corresponden: entrega, abnegación, sumisión, sacrificio, etc.; así cómo: belleza, delicadeza, gracia, elegancia, etc., que inspirarán la capacidad creativa del sujeto masculino, que recibe esa entrega como un atributo que le corresponde por naturaleza
Algunas consecuencias de la mitificación ¿A dónde nos lleva esta mitificación de la mujer como musa o semidiosa del amor?, ¿qué trampa se esconde detrás de tanta delicadeza poética? Voy a analizar a continuación dos consecuencias, igualmente graves, que impiden el libre desarrollo de las mujeres como seres autónomos e inteligentes: la primera consecuencia es la obligación de estar siempre perfecta, atractiva, deseable y joven; la segunda es la de cumplir indefectiblemente con el papel de esposa y madre abnegada y entregada totalmente a su familia.
Quiero resaltar que, aunque desde mediados del siglo XX las mujeres se han ido incorporando al trabajo fuera de casa y han tenido acceso a la educación y a los estudios superiores, sin embargo, las creencias y los valores de la sociedad no han cambiado más que superficialmente. Por ello, los hombres, en general, siguen teniendo sentimientos de propiedad respecto de sus mujeres y por eso, son tan frecuentes los episodios de malos tratos. Y por eso las mujeres se avergüenzan de su situación y no se atreven a salir de ella. Es decir, que estas consecuencias y estas trampas, todavía hoy están en activo: Por una parte, nos encontramos con que la mujer tiene la obligación de despertar el entusiasmo y la pasión del sujeto masculino, así cómo ser capaz de mantener el interés erótico indefinidamente. Es decir, ser objetos de deseo permanentemente o no ser, nada. Esta obligación conlleva la tarea de tener un cuerpo y una cara perfectos, según las costumbres de cada época, y permanecer joven a toda costa. Evidentemente es un absurdo que una mujer pueda permanecer durante muchos años siendo joven, delgada y con el aspecto de una Barbie, porque el tiempo pasa y nos vamos haciendo viejos, como cantó Pablo Milanés. Y porque la fisonomía de cualquier cuerpo evoluciona con la edad, la de cualquiera. Pero la presión cotidiana, publicitaria y social, no atienden a razones y así lo demandan.
Por esto las pobres mujeres se ven envueltas en una situación de estrés y ansiedad permanente, de lucha contra su propia naturaleza y su propio cuerpo. Con el paso del tiempo ya no son tan atractivas como exige el modelo publicitario, lo que significa que están fallando como mujeres y cada vez serán menos estimadas y menos visibles. Empieza entonces una carrera desenfrenada contra reloj, de planes de rejuvenecimiento, de adelgazamiento, de estiramiento, de teñido del cabello, de masajes reafirmantes, de cremas, dietas, píldoras, cirugías varias y todo tipo de agresiones contra sí mismas, para gustar a otro y poder aceptarse a sí mismas. Con escaso éxito, porque el tiempo sigue pasando y a pesar de todos los planes habidos y por haber, nos hacemos viejas, y no podemos seguir intentando ser Barbie. Es entonces cuando las mujeres caen en la cuenta de que se han llevado la peor parte en el reparto de roles. Ser objetos de adoración es más inseguro y peligroso que ser sujeto adorador.
Por otra parte, el papel de esposa y madre, que las mujeres tienen adjudicado “por naturaleza”, las obliga a ser perfectas empleadas del hogar además de cultivar las virtudes propias de su cometido: comprensión, dulzura, ternura, entrega, olvido de sí misma, modestia, etc. No importa que la mujer tenga una profesión cualquiera, su “verdadera” vocación, como mujer, es ser esposa y madre, perfecta ama de casa, su responsabilidad es que todo esté a punto. Tiene que controlar que todas las tareas estén hechas y que todos los miembros de la familia se sientan bien. No es difícil imaginar el estrés que supone ser objeto erótico y ama de casa y madre y profesional y no quejarse nunca, porque el cansancio es de las sensaciones reservadas para el hombre, que es el que realiza el trabajo “importante”. Entendemos entonces el título del libro de Carmen Rico Godoy Como ser mujer y no morir en el intento.
Para terminar esta breve reflexión sobre los inconvenientes o las trampas del amor en nuestra cultura patriarcal, que, como constatamos cotidianamente, sigue estando en vigor y sigue siendo la píldora envenenada o la manzana de Blanca Nieves para tener a las mujeres atadas y bien atadas, quiero aclarar cual es mi punto de vista respecto del sentimiento amoroso. No quiero que piensen, ni mucho menso, que estoy en contra del amor.
Si somos capaces de ponerlo en su sitio, de darle la importancia que se merece, entonces, el amor es uno de los sentimientos más importantes de la vida, que ayuda a que cada uno de los sujetos implicados crezca y se sienta libre en la expresión de dicho sentimiento. Si es una relación igualitaria, establecida entre iguales y en igualdad de condiciones, no sólo no hay problema, sino que puede ser maravilloso. Si llegáramos a construir una sociedad igualitaria en el que todas las personas tengan los mismos derechos y deberes, entonces el matrimonio podría ser una relación creativa, satisfactoria y muy buena para vivir.
En la sociedad actual, patriarcal y desigual, el amor no ha dejado de ser el centro nuclear de la vida de las mujeres, éstas siguen secuestradas y no pueden desarrollar con libertad su propia vida e identidad, siendo sujetos dependientes y carentes de autonomía personal. Mientras no cambien las estructuras sociopolíticas y económicas patriarcales, que ponen el amor en el centro de la vida de las mujeres, todo girará para ellas alrededor de la relación amorosa, y entonces se sentirán vacías, tristes y sin salida, cada vez que acabe una relación amorosa. El final de una relación no tiene por qué ser una tragedia. Es verdad que produce dolor, pero es transitorio y la vida no se para ahí.
No debemos vivir el amor como una profesión o como un examen de nuestra valía. El amor no es un destino para la mujer. Y no debemos tener tanto miedo a vivir solas (como comenta Carmen Alborj[8]), porque la realidad es que se puede vivir muy bien sin tener una pareja y vivir sin pareja no significa estar sola. Si el amor es un sentimiento que ocupa un lugar entre los otros temas de nuestra vida, pero no se convierte en el centro de ella, entonces podrá ser un sentimiento creativo y, a veces, transitorio, sin crearnos ningún trauma y no se convertirá, en ningún caso, en el espejo de nuestra identidad.
[1]Ver Morant, Isabel, Discursos de la vida buena. Matrimonio, mujer y sexualidad en la literatura humanista, Madrid, Cátedra, 2002.
[2]Ver Pateman, Carol, El contrato sexual, Barcelona, Antrhopos, 1995. Y también: Amorós, Celia, Hacia una crítica de la razón patriarcal, Barcelona, Antrhopos,1985.
[3]Sobre la teoría del pacto social es imprescindible la lectura de Rousseau, J. J., El contrato social, Madrid, Alianza, 1980. Así como: Hobbes, T., Leviatán, Barcelona, Círculo de lectores, 1995
[4] Schlegel, F., Lucinda, Valencia, Natán, 1987.
[5] Op., cit., p.
[6] La filosofía kantiana determina la esencia del ser racional en su capacidad para tomar decisiones: en la automomía de la voluntad. Cualidad que, según Kant, la mujer no posee.
[7] Schlegel, F., op., cit., p.
[8] Alborj, C., Solas, Barcelona, Círculo de lectores, 2002.
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