
Ocho menos tres minutos, miércoles de febrero, don Pedro abre la mañana con su grupo de tutoría 2º Bachillerato B. Cambio de aula, regresan a la segunda planta, según mensaje de último instante.
Esa noche había tenido tiempo don Pedro de repensar la clase, el desarrollo de ese último encuentro con su alumnado antes de la intervención para la que, al fin, había recibido fecha: mañana a las 7:00, en ayunas, en la entrada principal del hospital universitario de la capital conejera. Más de dos meses de tensa espera le habían seguido al primer intento fallido, precedido de otros tres meses en cola.
El haber sido cancelada su operación la primera vez le había permitido vivir con rigor todo el protocolo preoperatorio; en la sala de preanestesia, con una vía periférica en su brazo izquierdo, le informaron de que el anestesista se había sumado a la huelga de facultativos; se cancelaba la nefrectomía hasta nueva llamada. Silencio.
Combinar tarea docente y tema hospitalario se había convertido en un tóxico maridaje, una pesada losa totalmente desconocida para don Pedro. Pese a todo, el tiempo obró milagros, le había permitido organizar y desarrollar el grueso del segundo trimestre, cubrir hasta 14 criterios de evaluación de un total de 19, aunque tuvo que renunciar a su entrañable historia compartida, la que venía acompañándole desde muchos cursos atrás; historia que iniciaba don Pedro cada curso en el mes de enero, idéntico comienzo para todos los grupos a los que impartiera clase; exigente herramienta que le requería mucho tiempo, dedicación, organización meticulosa para ir salvando imprevistos.
Había cerrado las calificaciones, propuesto las medidas de refuerzo y/o recuperación, completado informes detallados para la persona que fuese nombrada para ocuparse de su alumnado en su ausencia.
Se notaba diferente a la primera fecha de la operación, más nervioso, consciente de que en esta ocasión no habría interrupción alguna. Se debatía entre la necesidad de mejorar su salud y la impotencia de no haber realizado todo lo pensado para con el alumnado de 2º Bachillerato, aunque en realidad no existía debate, más bien la crítica abierta más que justificada al servicio canario de la salud por su pésimo proceder en este caso concreto, caso denunciado a los medios de comunicación por la esposa de don Pedro.
Segunda planta, al fondo a la izquierda, junto a los baños, la nueva aula para el grupo, espacio con historia donde don Pedro había compartido con otro alumnado cursos atrás, cuando esa zona del instituto era exclusiva de 2º Bachillerato. Hacia allá se encaminaba don Pedro, pensado en el esquema ideado para cerrar el tema 4, el de la palabra, su forma, su significado. Puerta cerrada, silencio; extrañeza. Gira el pomo: una copiosa lluvia de globos inunda la clase, juntos el alumnado de 2º Bachillerato B y C; sobre la pizarra, el deseo manifiesto que clamaban a coro la mayoría: Te queremos, Pedro; recupérate pronto, todo va a salir muy bien.
Abrumado, desarmado don Pedro, le salió al rescate la compañera de Filosofía, quien se había incorporado a la clase con los rezagados de 2ºC para despedir a don Pedro, sumar energías positivas. De un lado, de otro llegaban los buenos deseos, sonrisas generosas, apretones de manos, abrazos sentidos, arrebatados a la verdad... nuevos coros, renovadas oleadas de pura emoción.
Todo el grupo humano envuelve con su cariño a don Pedro, la profesora de Filosofía recoge la escena en varias fotografías. A punto de irrumpir el llanto, a punto de dar rienda suelta a las emociones, a punto de fundirse con el instante, a punto de ser don Pedro en carne y alma, sin etiquetas, pero el peso del futuro inmediato lo mantenía firme, necesitaba toda esa energía para afrontar en horas la incuestionable realidad. Más fotos con este, con estas, con aquellos, con tus “preferidos”, con tus “favoritas”. Dos guitarras aparecen en el aula, dos chicos poco a poco les van arrancando sentidas notas a las que se suman las voces de los más cercanos. Don Pedro aquí, allá... observa, siente, se deja querer. No hay tregua, se respira verdad en cada rincón de la clase.
La percepción del tiempo se le había trastocado a don Pedro, más humana, más íntima, más elemental, más auténtica, tanto que el timbre al término de la clase le sorprendió en medio de un pasillo formado por el alumnado, custodiando su salida del aula, al abrigo de aquel cúmulo de gestos de cariño imborrables.
El miércoles lo cerraba don Pedro con la reunión del departamento, mañana completa, de ocho a dos. Algunos de los compañeros sí le habían manifestado su apoyo, su cariño desde la primera fecha fallida, siempre fuera de los encuentros oficiales; otros se habían cubierto de silencio, indiferencia, quizás desconocimiento, a don Pedro no le preocupaban los motivos.
Con su maletín gris repleto de buenos deseos, el dulce sabor de los abrazos, el calor de las tiernas miradas, de las sonrisas genuinas, de los recuerdos fraguados esa misma mañana en fotos, en una postal con un enorme corazón en el que figuraban los nombres de cada chico, cada alumna... con ese maletín gris regresó a casa don Pedro preparado, convencido de que la energía de muchas personas buenas velaría por él, lo asistiría en la intervención quirúrgica.
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