Vivimos en una época en la que debatir ideas parece haber pasado de moda y ha cedido el paso a la gestión de impulsos inmediatos, aunque sean contradictorios, y a la manipulación de emociones primarias como el miedo, la identidad de grupo o el resentimiento. Estábamos acostumbrados a una política que apelaba a las emociones, pero la era digital la ha convertido en un sistema permanente de captación de seguidores y de manipulación de las reacciones.

El objetivo ya no es convencer, sino reaccionar. Ahora se trabaja con perfiles, no con ciudadanos; se utilizan bots en lugar de argumentos, tuits en lugar de debates ideológicos y eslóganes en vez de propuestas. Este cambio en la percepción del ciudadano lo convierte en un conjunto de clics e historiales de búsquedas que son fácilmente analizados y manipulados, y nuestra elección, incluso la de consumo cultural, queda subordinada a los algoritmos.

La coherencia ideológica deja de tener importancia cuando se amplifica artificialmente la opinión pública por redes de bots (ordenadores manipulados) y medias verdades diseñadas para generar miedo y hostilidad hacia quien es diferente o la polarización entre iguales.

A largo plazo, este modelo debilita la democracia y favorece formas de autoridad que se legitiman por su capacidad de canalizar el malestar, no por resolver problemas. Por eso necesitamos personas capaces de distinguir entre información y propaganda, entre argumento y eslogan, entre una opinión propia y una emoción inducida. Y, para conseguirlo, fortalecer la educación pública resulta imprescindible. Es necesario proporcionar las herramientas intelectuales necesarias para que la ciudadanía sepa pensar, elegir y decidir, para evitar ser un simple perfil de usuario y que la democracia sea una sucesión de clics.

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