
Estos días, las imágenes que llegan desde Ceuta me han hecho pensar mucho en la inmigración y en la manera en que hablamos de ella. Y cuanto más leo, cuanto más escucho y cuanto más intento comprender un fenómeno en el que se mezclan tantas circunstancias e intereses, menos capaz me siento de reducirlo a una de esas frases rotundas con las que últimamente pretendemos explicarlo todo. Quizá porque no todo cabe en una consigna ni puede entenderse desde una sola mirada.
Detrás de cada persona que cruza una frontera hay una historia que desconocemos. Hay quien huye, quien busca una oportunidad, quien persigue una vida que imagina mejor al otro lado. Hay familias, jóvenes y menores; hay miedo, necesidad y expectativas que quizá nunca lleguen a cumplirse. Pero al otro lado de esa frontera también hay personas: una ciudad que continúa despertándose cada mañana, gente que abre sus negocios, lleva a sus hijos al colegio, trabaja y tiene derecho a vivir con normalidad.
Son personas que pueden sentir preocupación, cansancio o incluso miedo ante una situación que las desborda. Reconocerlo no debería convertirlas automáticamente en insolidarias, xenófobas o racistas, del mismo modo que esa preocupación tampoco debería servir de excusa para alimentar el rechazo hacia quienes llegan. Quizá nos hemos acostumbrado demasiado a obligarnos a elegir, como si reconocer la humanidad de unos exigiera ignorar las inquietudes de los otros.
Yo me resisto a escoger entre ambas cosas. Podemos conmovernos ante la historia de alguien que ha dejado atrás su casa y, al mismo tiempo, preguntarnos honestamente cuántas personas puede recibir un territorio, de qué manera y con qué medios. Podemos defender la dignidad de quien llega y exigir a quienes gobiernan que organicen, regulen y gestionen. La compasión no debería obligarnos a renunciar a las preguntas, ni el miedo autorizarnos a dejar de ver personas.
Y quizá sea precisamente esto último lo que más me inquieta cuando hablamos de inmigración: dejar de ver personas. Detrás de las cifras que aparecen en las noticias hay vidas que rara vez conocemos, y pensando estos días en Ceuta recordé algo que me ocurrió este verano.
Durante las vacaciones en el sur de mi isla me sorprendí observando la cantidad de personas extranjeras que trabajan entre nosotros. Pero enseguida dejé de preguntarme cuántos eran y empecé a preguntarme por las historias que habría detrás de cada rostro, de cada acento, de cada vida que había terminado llegando hasta allí.
Una de esas historias me la contó una mujer cubana que trabajaba en la limpieza del lugar donde me alojaba. Llevaba dos años aquí y me dijo que no pensaba regresar a Cuba. Hablaba de una miseria que, según ella, volvía a recordar los peores años del llamado Período Especial, aquella terrible crisis que vivió el país tras la desaparición de la Unión Soviética. Quería traer a su madre y, mientras la escuchaba, intentaba imaginar qué significa abandonar el lugar donde has nacido, dejar atrás a tu familia y empezar de nuevo en otro sitio.
Hubo algo de aquella conversación que se me quedó especialmente grabado. Me dijo que nosotros no éramos conscientes de la suerte que teníamos, del acceso que tenemos prácticamente a todo, de las cosas que consideramos normales y que, precisamente por tenerlas siempre a nuestro alcance, hemos dejado de valorar. No lo dijo desde el reproche; era la mirada de alguien que había aprendido a medir la vida desde la carencia y la distancia.
Días después, mientras esperaba por fuera del médico a un familiar, en el hospital del Sur, escuché hablar a otra mujer que, casualmente, también era cubana. Le enseñaba a su sobrina imágenes de un parque acuático y comentaba, sorprendida, la cantidad de agua que había allí. Venía de un lugar donde el agua escasea y aquella conversación ajena, de apenas unos minutos, volvió a colocar delante de mí lo que me había dicho la primera mujer.
Dos mujeres cubanas, dos conversaciones completamente distintas y ninguna sabía de la existencia de la otra. Sin embargo, las dos consiguieron que durante unos instantes mirara mi propia vida desde fuera: abrir un grifo y que salga agua, ir al supermercado y encontrar los estantes llenos, acudir a un hospital, encender una luz o dar por sentado que mañana habrá comida, electricidad y medicamentos. Nos acostumbramos tan fácilmente a lo que tenemos que terminamos creyendo que siempre estuvo ahí y que siempre estará.
Fue entonces cuando pensé en algo tan evidente que, precisamente por serlo, a veces olvidamos: nadie emigra en plural. Se emigra de uno en uno. Cada persona lleva consigo una historia que desaparece cuando la convertimos en una cifra, pero tampoco se recibe en abstracto. Reciben los barrios, las escuelas, los servicios sanitarios, los servicios sociales y las personas que sostienen cada día esos espacios.
Cuando la llegada supera la capacidad de organizarla, el problema no desaparece por evitar nombrarlo. El vacío que deja una mala gestión termina llenándose de miedo y enfrentamiento, y entonces resulta todavía más difícil escuchar las historias individuales y encontrar respuestas que no se limiten a señalar culpables.
Quizá por eso Ceuta debería servirnos para algo más que para discutir durante unas semanas. Debería ayudarnos a preguntarnos qué clase de sociedad queremos ser. Una sociedad capaz de acoger necesita algo más que buenos sentimientos: necesita reglas, recursos, previsión y límites. Pero necesitar límites no obliga a construirlos desde la crueldad; se puede ordenar sin humillar, gestionar sin deshumanizar y proteger a quienes viven aquí sin convertir en enemigo a quien llega.
No sé cuál es la solución a un fenómeno tan complejo, y desconfío de quien asegura tenerla resumida en tres frases. Quizá por eso, antes de buscar respuestas sencillas, deberíamos hacer algo mucho más difícil: mirar sin convertir al que llega en una cifra ni al que recibe en un obstáculo. Porque las fronteras podrán separar territorios, pero no deberían impedirnos reconocer lo que hay a ambos lados: personas.
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