Me paro aquí, 

en medio de mi sendero. 
En este bello mirador natural 

al que estoy subido. 
Observo la naturaleza. 
Los árboles, firmes y pacientes. 
Las aves que vuelan libres, 

trazando belleza en el aire, 
armonizando con los seres humanos, 
ofreciendo lo mejor 

de su esencia de vida.
Pero… es difícil decidir. 
Porque la alegría del sendero 

se oscurece 
al contemplar, bajo mis pies,  

la ciudad. 
Una ciudad que se sustenta 

precisamente de lo que ofrece 

la tierra.  

Del agua, del sol, del fruto, de la madera.
Y aun así, el ser humano 

ha creído que puede mantenerse 

sobre sí mismo. 
Pues solo impera el poder del dinero, 
de la ambición,  de un  poder existente 

a costa de la miseria.
Sigo mirando y a lo lejos, en el horizonte 

se divisa, más allá de la ciudad, 
un hermoso sol que va colocándose 

poco a poco sobre el cielo. 
Está amaneciendo. 
Es la esperanza que vuelve a mi vida. 
A la ciudad que se sustenta 

de su color y de su energía. 
Quizá el amanecer nos recuerde 
que también podemos  nacer de nuevo.

Que todavía estamos a tiempo 

de aprender del sendero,
de las aves, de los árboles:
de dar sin destruir, 

de vivir sin devorar.

Me quedo un rato más aquí arriba.
Entre el barranco y el amanecer.
Entre lo que duele y lo que cura

para después seguir caminando

por los senderos de la vida.

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